Colombia no tiene que elegir entre energías limpias y gas


Hay un falso dilema que se les está vendiendo a los colombianos, sobre todo en estos días de tensiones electorales: elegir entre transición energética y gas, como si fueran excluyentes.

Mientras la agenda política nos pone a apostar entre una u otra, la realidad del sistema eléctrico va por otro lado. No estamos frente a una elección sino ante un sistema complejo donde distintas tecnologías cumplen funciones distintas y necesarias.

Hoy, por ejemplo, cerca del 65% - 70% de la energía que consumimos proviene de fuentes hidráulicas. Eso ha sido una ventaja histórica, pero también una vulnerabilidad. Cada vez que aparece un fenómeno como El Niño, los niveles de los embalses bajan y el sistema entra en tensión.

Ahí es donde el gas deja de ser un actor secundario y se vuelve crítico. Es la fuente que permite responder cuando el agua no alcanza, la que sostiene la confiabilidad del sistema en momentos de estrés.

Al mismo tiempo, Colombia ha venido avanzando en la incorporación de energías renovables no convencionales como la solar y la eólica. Pero estas, por su naturaleza, no generan de forma constante: dependen del sol, del viento, de condiciones que no siempre están bajo control. 

En 2025, por primera vez en la historia, produjimos más energía proveniente del sol que del carbón, y es un hito para celebrar la transición, pero pero no cambia una realidad clave: esa energía sigue siendo intermitente y necesita respaldo para garantizar continuidad en el suministro. Sin esa complementariedad, el avance en renovables no se traduce automáticamente en confiabilidad para el sistema.

Por eso, más que competir, estas fuentes se necesitan entre sí. Sin embargo, la conversación pública ha simplificado este panorama a tal punto que pareciera que el país tuviera que escoger entre unas u otras. Y ahí empieza el problema, porque simplificar un sistema complejo nos lleva a tomar malas decisiones. En realidad, no existe ese supuesto dilema entre energías “limpias” y “sucias”. El gas no es la contraparte de las renovables: es, en muchos casos, lo que permite que funcionen sin poner en riesgo la confiabilidad. Plantearlo como una oposición no solo confunde, sino que desvía la discusión de donde debería estar.

Colombia hoy produce alrededor de 795 millones de pies cúbicos diarios de gas natural, pero consume más que eso. La diferencia se está cubriendo con importaciones, que ya representan cerca del 21% del consumo. Es decir, mientras el debate gira en torno a si el gas debe o no estar en la ecuación, la realidad es que ya lo necesitamos más de lo que producimos.

Durante el fenómeno de El Niño más reciente, cerca del 30% de la energía del país se generó con gas. Esa cifra, por sí sola, debería bastar para entender su papel en la confiabilidad del sistema.

El punto de fondo no es técnico sino comunicativo. Estamos explicando la transición energética como si fuera un reemplazo inmediato, como si una fuente tuviera que desaparecer para que otra exista. Eso no solo es impreciso, sino irresponsable.

No podemos perder de vista cómo funciona realmente el sistema, o si no le abriremos la puerta a decisiones que pueden afectar la confiabilidad y encarecer la energía. Peor aún, generaremos incentivos equivocados: industrias que migran a energéticos más contaminantes porque el gas pierde competitividad, retrocediendo silenciosamente en los objetivos de descarbonización.

La transición energética no es una carrera de sustitución. En todo caso, sería una maratón larguísima de coexistencia, y entender eso no es un detalle menor, es la diferencia entre una transición ordenada y una que genere incertidumbre, costos más altos y pérdida de confianza. No tenemos que elegir entre energías limpias y gas, más bien aprender a integrarlas. 

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