Reficar y el valor de lo que no se ve


En Colombia tenemos una muy mala costumbre: solo nos acordamos de que las cosas existen cuando fallan. Cada vez que hay un parpadeo técnico en Mamonal, la opinión pública se vuelca a buscar culpables, olvidando que lo que tenemos allí no es una instalación industrial más, sino el seguro de vida de nuestra economía.

Hay tres realidades sobre Reficar que no podemos darnos el lujo de ignorar.

La primera es que, mientras el mundo observa con nerviosismo la inestabilidad en el Estrecho de Ormuz y las tensiones en Irán, por donde pasa casi la quinta parte del petróleo mundial, Colombia permanece estable. La robustez de Reficar es tal que su sistema de inventarios y logística está diseñado precisamente para absorber cualquier ruido operativo. Lo que debemos saber es que, a pesar de los incidentes técnicos que son normales en una megaobra de esta escala, el suministro nunca ha flaqueado. Esa es la verdadera medida de su éxito.

La segunda es que la transición energética no va a ocurrir en un vacío. Reficar es, hoy por hoy, el laboratorio más importante que tiene el país para este fin. No se puede hablar de hidrógeno o de combustibles sostenibles si no tenemos la infraestructura base y el flujo de caja que genera una operación eficiente. Según los últimos reportes internacionales de la IEA, la innovación energética real ocurre donde ya existe el conocimiento industrial. Cartagena es el puente; sin una refinería sólida, la transición en Colombia sería solo un deseo, no una posibilidad técnica.

Por último, está la madurez de un activo que ya superó sus propias tormentas. Hoy, la Refinería de Cartagena está resignificada, muy lejos de los estigmas del pasado. Los fallos judiciales internacionales le dieron la razón a la compañía con laudos multimillonarios. No solo recuperaron recursos para el país, sino que cerraron un capítulo de dudas sobre su integridad. Esa claridad jurídica y ética es, quizás, la mayor garantía para los colombianos: hoy operamos un activo limpio, prestigioso y validado por los más altos tribunales del mundo.

Cuando ocurre un evento eléctrico en la refinería, como el que ocurrió en estos días, debemos entender que estamos hablando de un megaproyecto de más de 35 unidades de proceso interconectadas; una joya de la ingeniería donde los desafíos técnicos son gajes del oficio en este nivel de escala. Una falla de este tipo no puede hacernos tambalear como sociedad ni dar pie a juicios simplistas. Estas cosas pasan en los grandes complejos del mundo; lo verdaderamente importante no es el parpadeo, sino la capacidad instalada para resolverlo sin que el país se detenga. 

Es hora de elevar el debate. Entender que la Refinería de Cartagena mueve a Colombia. Blindar a la Refinería de Cartagena del ruido mediático y respetar la excelencia técnica de quienes la operan es una cuestión de interés nacional que trasciende cualquier coyuntura.