Durante dos décadas creí que las normas resolvían todos los problemas del mundo. Me convertí en el adalid de la justicia formal, en la abogada que confiaba en que el texto legal bastaba para ordenar la vida en común. Con el tiempo y la refriega que impone la práctica, decanté esa certeza. Aprendí que el ser humano es irremediablemente fenomenológico, perfecto en su humanidad, es decir, con una alta capacidad de esquivar aquello que se le impone sin comprenderlo o sin compartirlo.
Esta semana fui invitada a una charla en una empresa y el trayecto hasta la sala de reuniones me devolvió al interrogante que subyace sin respuesta.
El servicio de transporte por plataforma me dejó quinientos metros antes de la entrada peatonal porque “así lo marcaba la aplicación”. Avancé bajo el sol del mediodía siguiendo el camino que dibujaban las cebras pintadas en el pavimento; le pregunté a un hombre uniformado por dónde se entraba: “cien metros más adelante”, indicó con precisión. Llegué y no era ahí. Otro hombre uniformado me señaló un nuevo punto; continué hasta dar con el acceso correcto para surtir el trámite de rigor: revisión, documento de identidad, computador expuesto hasta encontrarle el número de serie. Luego otro registro donde también me indicaron el sitio para esperar el transporte interno.
Más cebras, más señales. Me situé de novena en la fila. Hombres y mujeres con botas, chaleco, guantes y casco. Cuatro minutos de espera. Nadie se movió hasta que descendieron los ocupantes del bus que venía a recogernos, los cuales avanzaron por su derecha. Entramos. El conductor inició el recorrido en estricto cumplimiento de la señalización vertical y horizontal: cuadra, encuadre, pare, cebra, menos de 20 Km x hora. El vehículo tenía vidrios transparentes sin aire acondicionado. Todos conversaban sobre el trabajo. Nadie se quejó del calor. Mientras tanto en algunos tramos se distinguía la operación de la planta: reglada, medida, calculada, exacta.
A la salida el procedimiento se repitió en sentido inverso y fue ahí donde me asaltaron las preguntas que no había terminado de resolver en mi ejercicio profesional: ¿Por qué en ese espacio controlado la norma se cumple sin fisuras? Esos mismos ciudadanos que dentro respetan cada señal, cada fila, cada protocolo, ¿habitan la ciudad de la misma manera cuando salen por el portón? Qué los lleva a cumplir: ¿el riesgo de una sanción o el cuidado, no solo de la propia vida sino de la vida de todos los que dependen del funcionamiento correcto de esa operación?
Al internarme de nuevo en la ciudad, el descontrol volvió a abrazarme.
No creo que la respuesta esté en la calidad de la norma ni en la voluntad individual de quien la cumple o incumple. Está más bien en la estructura del riesgo compartido. Dentro de la planta, cada persona sabe que su desvío pone en peligro algo tangible y colectivo: la vida del compañero, la integridad de la operación, el resultado del turno. La norma no se percibe como una imposición externa sino como la traducción operativa de una interdependencia que todos pueden ver y nombrar. En la ciudad esa interdependencia también existe, pero permanece invisible. El peatón que cruza fuera de la cebra no ve en el instante del cruce, al conductor que frena de golpe ni al ciclista que se desvía para no atropellarlo. La ciudad diluye la consecuencia, y al hacerlo, diluye también la razón para cumplir.
Ahí radica uno de los desafíos centrales del derecho a la ciudad, entendido no como consigna sino como práctica cotidiana, haciendo visible en el espacio público la misma trama de interdependencia que una planta industrial vuelve evidente en cada metro cuadrado. No se trata de vigilar más ni de sancionar con mayor severidad sino de diseñar la ciudad para que el ciudadano vea en cada esquina que su cumplimiento cuida la vida de alguien más y que su desvío también tiene nombre y consecuencia.
Mientras la ciudad no logre traducir la gobernanza del riesgo compartido en su propio trazado y eduque en la corresponsabilidad, seguiremos cruzando fuera de la cebra, actuando con desconocimiento de la norma, confiados en que ésta por sí sola hará el trabajo cuando se requiere el elemento cohesionador previo de la conciencia de la interdependencia que tenemos con los otros y para con los otros.
***Imagen generada por IA
Elfa Luz Mejía Mercado
Laboratorio de Cultura Ciudadana