El Centro que se desvanece


Hacía mucho tiempo no iba al Centro de Cartagena. Ya no es un lugar obligado, como antes, y volver después de tanto tiempo fue reencontrarme con un vacío. Lo que antes era un territorio vibrante, habitado y diverso, hoy parece una escenografía restaurada para el turismo: una ciudad dentro de la ciudad que perdió su pulso cotidiano.

Ya casi no quedan vecinos. Las tiendas de barrio, los restaurantes de comida corriente y los pequeños comercios que sostenían la vida diaria han desaparecido. En su lugar se multiplican los hoteles boutique, las cafeterías de autor y los almacenes de diseñadores, instalados en edificios que antes albergaban instituciones públicas, colegios o universidades.

Tampoco encontré aglomeraciones de gente en la acera con sombra, porque en el Centro siempre hay una acera con sombra y otra con sol. Recuerdo que antes había tantos caminantes que, a veces, era necesario aprovechar que algún taxi se detenía a dejar pasajeros para bajarse momentáneamente a la calzada y adelantar a los peatones que iban delante. Hoy ese movimiento desapareció: el Centro parece detenido, como si se hubiese vaciado de su respiración más simple.

No solo se ha perdido el uso residencial. También se fueron muchas de las instituciones y oficinas que le daban vida. Las dependencias de la Alcaldía y de la Gobernación se trasladaron a otras zonas, al igual que la mayoría de las notarías, la Cámara de Comercio y la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos. Con ellas se fue un flujo constante de personas que acudían diariamente a trabajar, a realizar trámites o a hacer diligencias y que, sin proponérselo, contribuían a mantener el movimiento y la vitalidad del lugar.

También se fueron varias universidades, que construyeron modernas sedes en otros barrios. Así que eché de menos a los estudiantes; a las chazas que vendían chicles, mentas, cigarrillos y demás; a los vendedores de tinto; a esas pequeñas economías informales que daban vida a las esquinas y acompañaban el trajín diario del Centro. Ahora se ven palenqueras vestidas de colores que ya no venden fruta, ofrecen posar para una fotografía a cambio de dinero: una imagen convertida en símbolo del turismo, pero también en reflejo de cómo buena parte de la vida auténtica del Centro ha sido sustituida por su versión escenificada.

Pasé frente al antiguo Cuartel del Fijo, ahora silencioso. Recordé el bullicio de los abogados entrando a revisar sus procesos, antes de que la virtualidad judicial los liberara de ese desplazamiento diario. Con ellos se fueron también las papelerías, las fotocopiadoras y los comedores donde se almorzaba a las carreras.

El fenómeno no es nuevo ni exclusivo. Forma parte de un proceso global de gentrificación y turistificación. La revalorización del suelo urbano, impulsada por la inversión privada y la demanda turística, ha desplazado a residentes tradicionales y transformado los usos históricos del territorio. La mezcla de funciones urbanas, vivienda, comercio local, educación, servicios públicos, que daba carácter al Centro se diluye ante una oferta cada vez más homogénea y elitizada.  Sin una intervención pública decidida, orientada a garantizar la permanencia residencial y la diversidad funcional, el Centro Histórico corre el riesgo de convertirse en un museo sin habitantes. De poco sirve restaurar fachadas si detrás de ellas no hay vida.

Las ciudades no se conservan solo con piedra y pintura; se sostienen con presencia humana, con las rutinas que les dan sentido. Si los centros históricos se vacían de sus residentes y de su cotidianidad, lo que queda es apenas una postal, tan impecable como ajena.

Ligia E. Salazar Del Castillo

Aliada académica 

Laboratorio de Cultura Ciudadana- Lab3C.