Han pasado nueve años desde que dejé de habitar Cartagena y el retorno intermitente siempre trae consigo una revelación agridulce. Al caminar por el Centro Histórico, la sensación que me embarga no es la de un reencuentro sino la de una profunda y silenciosa alienación. Es inevitable pensar en El Extranjero de Albert Camus; de la misma manera en que Mersault experimentaba una desconexión absurda y apática frente a su propio cuerpo y su destino, el cartagenero que hoy regresa se descubre como un forastero dentro del armazón físico de lo que alguna vez fue su hogar. La ciudad ha dejado de ser un entorno vital para convertirse en un decorado ajeno.
Por consiguiente, el absurdo se manifiesta con crudeza cuando la planificación, el orden y el ritmo de la urbe ignoran por completo al sujeto que le da vida. Nos encontramos entonces ante una metrópoli hiper-turística que ha decidido, de manera sistemática, priorizar al visitante transitorio por encima del habitante originario. Las cifras recientes exponen esta realidad de manera contundente: en 2024 la llegada de pasajeros internacionales a Cartagena aumentó un 22%, alcanzando la cifra de 734.901 viajeros; sin embargo, este vertiginoso crecimiento no es sinónimo de bienestar general, toda vez que el mismo panorama evidencia retos críticos y persistentes, tales como la altísima tasa de informalidad y la dudosa calidad del empleo turístico. Así las cosas, el supuesto progreso se mide en la cantidad de foráneos que transitan o consumen, mientras que la población local queda relegada a servir de engranaje invisible o, en el peor de los casos, de estorbo para el paisaje.
El epítome de esta enajenación quedó dolorosamente retratado en el insólito episodio ocurrido hace apenas unas semanas en el Parque Centenario. Un grupo de mujeres de la Red Tejeril Cartagena, que se reunió pacíficamente para conmemorar el día internacional de la Mujer a través del tejido colectivo, fue abordado y desalojado por funcionarios de Espacio Público. La absurda y dolorosa conclusión pasa a ser que la cotidianidad ciudadana, las prácticas comunitarias y el simple acto de existir y compartir en el espacio público se consideran una interferencia visual para la lente turista.
Esta dinámica de exclusión vacía a la ciudad de su esencia y su memoria, pasando de ser el lugar de encuentro espontáneo, del debate y del tejido social comunitario, a ser un set de fotografía celosamente custodiado por la institucionalidad. En este escenario, la ciudad ya no nos pertenece; la habitamos prestada, siempre condicionados a no arruinar la postal. Al igual que el héroe absurdo de cara a un universo incomprensible, nos enfrentamos a una metrópoli que nos ha exiliado en nuestra propia tierra, exigiéndonos solicitar permiso, pedir perdón, pagar entrada o guardar silencio para permitirnos contemplar lo que, por derecho, sangre e historia siempre fue nuestro.
El Derecho a la Ciudad se fractura, se deshilvana, se desvanece.
Christian David Zuñiga Villarreal
Aliado Académico- Lab3C