Toda cifra es una forma de mirar. Y toda mirada es, en el fondo, una decisión sobre qué merece ser visto.
Antes de noviembre, cuando la Avenida Santander se viste para las cámaras, la fiesta ya está ocurriendo en otra parte. Sucede en Canapote, Las Palmeras, Blas de Lezo y en otros puntos de la ciudad, bajo un calor más que inclemente, en cuadras donde alguien presta la extensión eléctrica, en patios donde se cosen trajes, en cocinas que alimentan a la comparsa antes de que salga. Son los preludios de los preludios: La parte de la celebración que la ciudad vive antes de que la ciudad se exhiba.
Quien haya armado una carroza o preparado una comparsa sabe que esto no empieza en noviembre. Inicia cuando una familia acepta que el patio se convierta en taller y que durante semanas se viva entre alambres, papeles y engrudos, con el comedor invadido y la puerta abierta a los vecinos que llegan a ayudar sin que nadie los haya convocado. Doscientas cincuenta familias hicieron ese oficio en 2025; cuatrocientas setenta y nueve personas pasaron por la Escuela Festiva; treinta y nueve candidatas dedicaron más de ciento veinte horas a formarse; quinientos niños y niñas ensayaron para Ángeles Somos: Ninguna de esas horas ocurrió frente a una cámara profesional, aunque muy posiblemente se avisoran en las redes sociales de los participantes.
Esta es la fiesta que también conocemos en sus secretos y entresijos: El ensayo que se repite hasta que el tambor entra donde debe; la modista que corrige a la medianoche lo que se descosió en el ensayo; la señora que cocina empanadas para que la comparsa salga con la barriga medio llena; el muchacho que carga los parlantes porque el carro no entra en la calle. Trabajos largos, pacientes, casi siempre no remunerados, que la ciudad recibe convertidos en tres horas de desfile y que a veces agradece como si hubiera brotado solo.
Las cifras del año pasado hablan de esto desde los datos económicos. Los preludios movieron 4.708 millones de pesos y sostuvieron 1.156 empleos. Los eventos centrales movieron 328.321 millones. En números, lo que ocurre en los barrios equivale al 1,4 % de lo que ocurre en la vitrina central de los eventos. Pudiera leerse como una jerarquía usual en las escalas productivas; pero también puede analizarse como una oportunidad para complementar las mediciones económicas con instrumentos e indicadores sociales que visibilicen la profundidad cultural de lo que sucede en los espacios barriales donde se preparó lo que el escenario principal muestra.
Hay que resaltar que el derecho a la ciudad no se ejerce solamente el día del desfile. Se ejerce en las semanas en que un barrio decide que va a existir festivamente. La ciudad necesita contar lo que ve desde la tribuna, tanto como lo hace con sus preludios, sus patios y su gente, es decir, un espectáculo vivo que conserva en la memoria y perdura en los sueños que son proyectos comunes. De esta manera Cartagena aprende a celebrarse mirándose desde la cercanía de los afectos y desde la perspectiva de sus eventos masivos.
En este próximo noviembre entremos al patio, preguntemos en la cocina, conversemos con las modistas, los maquilladores, los intervinientes en los entramados de la logística de los preludios y los preparativos. Nuestras fiestas se cuentan en números, pero también en historias cotidianas.
Elfa Luz Mejía Mercado
Laboratorio de Cultura Ciudadana – Lab3C