La confianza no es un concepto romántico ni una cortesía social; es la infraestructura invisible sobre la cual se edifica la civilización. Es el engrudo que permite que un contrato se firme, que un semáforo se respete y que un impuesto se pague. Sin embargo, en nuestro Caribe, esa infraestructura presenta grietas profundas que amenazan con hundir nuestro contrato social en la anomia.
La arquitectura de la confianza se cimenta en la infancia. Cuando un adulto empeña su palabra ante un niño y define coordenadas de tiempo, modo y lugar, (te recojo, te regalo, te llevo al parque), establece un contrato sagrado. No obstante, cuando esas promesas se diluyen por razones de fuerza mayor, prioridades laborales o negligencia, se siembra una semilla de escepticismo crónico. Este incumplimiento temprano cultiva un esquema mental de alto costo en la adultez, que termina por erosionar tres pilares fundamentales de la vida social que son la convivencia familiar, el desempeño laboral y la responsabilidad ciudadana, mutando eventualmente a un ciudadano que desconfía de su vecino, de su jefe y de su gobernante.
La reciente Encuesta Mundial de Valores (2024-2025) en su octava medición, muestra resultados preocupantes. Colombia es una nación de una resiliencia emocional admirable, pero fracturada en su confianza institucional. Esta brecha no es un dato menor; es el síntoma de una desconexión profunda, que separa la institucionalidad de la realidad cotidiana generando un divorcio perjudicial para la vida social. A esto se suma un dato importante y es que solo el 4% de los colombianos confía en un desconocido. En Cartagena, esto ha provocado un repliegue defensivo hacia el núcleo familiar y vecinal inmediato, dejando al "otro", al conciudadano, en el terreno de la duda. Esta desconfianza es un terreno fértil para la generación de conductas transgresoras que vemos a diario en nuestras calles.
El razonamiento de "si nadie paga el predial o nadie respeta la escuadra o el semáforo, yo tampoco" es más que una falta de educación ciudadana, es una respuesta con lógicas complejas que se fundan en percepciones de desconfianza que generan un círculo sistémico de destrucción de valores colectivos, que se refleja en que el ciudadano evade porque no confía; el Estado no recauda lo proyectado; los bienes y servicios públicos se agrietan, y este sistema de gestión termina validando la desconfianza inicial.
Para romper este esquema, debemos entender que la confianza es el catalizador que dispara la empatía, la solidaridad y la responsabilidad colectiva. No se debe tratar como una campaña aislada y momentánea; se ha de enfocar en una reconstrucción deliberada de los valores, desde la escuela, la familia, la universidad y la empresa.
Porque confiar es una cuestión de supervivencia social. Sin ella, la sociedad se precipita hacia una entropía donde nos autoconsumimos entre el recelo y la indiferencia. Es, quizás, la obra de infraestructura social más urgente que requiere nuestra sociedad. Confiar no es un acto de ingenuidad; por el contrario, es la decisión política más radical y necesaria para garantizar nuestra supervivencia como comunidad, que a su vez fortalece el capital valioso de nuestra identidad.
Elfa Luz Mejia Mercado
Laboratorio de Cultura Ciudadana de Cartagena- LAB3C