Luna ensangrentada
No me mires con esa cara,
Que tú prostituyes a la virgen,
Aunque la lleves colgada en el pecho
Con tu relicario mojoso.
No me mires con esa cara,
Que la virgen llora
Cada vez que sales de la habitación de la niña
Con cara de mamasantón,
Diciendo que la arropabas,
Pero sabías que habías metido la mano debajo de la luna ensangrentada,
No me mires con esa cara,
Que yo no he sido quien se ha vomitado en el altar de la virgen,
A pesar de que te encomendabas a ella cada vez que te adentrabas en el monte a cortar leña.
Por favor, no me mires con esa cara,
Que la manigua no guarda secretos,
Y ahora todo el cielo sabe lo que has hecho.
Y la virgen con todas sus advocaciones están gritando,
Y se despojaron de sus mantos
Y me revelaron que eras tú quien bajaba los calzoncitos de la niña,
Y por eso están llorando,
Y el río se ha crecido…
porque es tan grande y ancho el dolor
que no hallan a dónde más meterlo.
Y están llorando las santas,
Y están putas de rabia,
Y con toda razón,
Si arremetiste contra el jardín
Y te llevaste toda la inocencia.
¡Tenía once, cabrón!
Y tú le ya habías caminado el abismo
Con 59 años de ventaja.
Ahora no sé qué vamos a hacer,
Porque también despertaste al leviatán
De las aguas de mi entrepierna,
Y ahora el río se volvió trémulo.
Y el cielo se oscureció,
Y las serpientes enloquecieron,
Y se salieron de sus guaridas.
El hedor llegó hasta sus nidos,
E hiciste que los abandonaran.
Y ahora también vienen a cobrar justicia.
Tu estela purulenta te ha delatado,
Porque tu alma ya estaba podrida desde tiempos inmemoriales.
Deja ya de besar el escapulario y deja de mirarme así,
porque yo no sé si los rezos te sirvan.
Nunca te diste cuenta
De que tus repeticiones iban vacías
Desde antes que las profirieras.
Deja de mirar al cielo,
Ya no tiene caso,
Porque antes de herir a la niña
Debiste mirar dentro de ti.
Pero preferiste insuflarla con toda tu inmundicia.
No me mires así,
Que yo no administro la justicia que hay bajo este cielo
Ni la que está por encima de él.
Debiste pensarlo antes de lastimar a la madre de todas las madres…
¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Nos has herido a todas,
Y no vengas a preguntarme nada,
Que no sé si esta vez ella quiera ponerse en la brecha por ti.
Ya está agotada,
De tanto abuso…
De tanta lascivia.
Por eso fue que mandaron a buscarme a la ciudad
Con la estrella fugaz que pasó aquella noche por la casa de mi tía.
A quien también le hicieron lo mismo,
Igual que a mí
Igual que a mis amigas
Tú, aún no sabías quien era,
Pero me habían mandado a buscarte,
para quitarte la máscara,
Porque el cielo sabe cómo comunicarse conmigo,
Allá en esas alturas que ves inhóspitas
saben que yo soy la anterior y la posterior a todas las mujeres de esta tierra,
Y saben que no me iba a quedar callada,
Porque nunca me he callado,
Porque para eso me esculpió Dios con sus propias manos.
¿Qué has hecho?
¿Qué has hecho? cobarde,
ahora los ángeles están cayendo.
Acabas de destrozar el cielo…
Has puesto el cuchillo en tu propio cuello…
¿Qué?
Espera.
La piedad me susurra algo al oído.
¡Que te calles de una vez!
Que tu repetición vana llena de culpa no me deja escuchar el mensaje.
No…
No…
¿qué le hicieron?
No…
Ay no…
Ahora me estás doliendo.
Ven y te abrazo.
También te hicieron lo mismo.
Qué voy a hacer ahora.
No me mandaron para acusarte.
Me mandaron a perdonarte,
Porque te hicieron lo mismo cuando a penas eras un niño
Y les hicieron lo mismo a los que te lo hicieron…
Ay no.
Cómo puedo cargar con tanto.
Me duele la espalda,
Me duele la vida.
Por favor, no me mires así.
No te voy a hacer daño.
No voy a juzgarte.
Por favor, vete y no peques más.
Nota de la autora:
Parí este poema como un grito que poco a poco se fue convirtiendo en sollozo y luego fue aprendiendo respirar.
Lo escribí después de acompañar y denunciar un abuso perpetrado contra una niña de 11 años en una lejana vereda del Caquetá, a donde se llega luego de horas de montar a caballo y donde yo hacía trabajo comunitario.
No me gusta la tibieza, y me gusta nombrar lo innombrable. Porque sí, porque puedo y porque me da la gana.
Y al nombrar ese horror sin eufemismos ni maquillaje, se abrió en mí un gran portón antiguo que, al atravesar cargada con mis propias memorias, las de mi familia, las de amigas y otras mujeres, entendí con mi cuerpo que el tiempo por sí sólo no borra el daño. Sino que el arte que se manifiesta a través de mi carne es quien lo ordena para que no gobierne desde la sombra. Hablar me ayuda a organizar el pensamiento… y escribir a transmutarlo.
En este poema, la espiritualidad no es estética, sino tribunal. El símbolo de la virgen no es una estampita amansada que nos hace los mandados, sino que es la madre colectiva, que está puta de rabia, que llora enfurecida porque se sabe ultrajada y prostituida bajo la mirada cómplice de la sociedad.
La manigua es testigo aparentemente silencioso: la naturaleza no encubre nada, la selva… esa gran anciana, lo sabe todo. Y el río crecido que se vuelve trémulo representa la imagen del dolor que ya no cabe y se desborda por la boca, se mete en la sangre y sacude el cuerpo.
El cuerpo… nuestro cuerpo… ese territorio donde el crimen deja su impronta y que a veces obligamos a callar porque damos por sentado que el silencio nos protege, nos salva… nos resguarda.
La voz poética empieza en la denuncia frontal: desenmascara la doble moral del 'mamasantón', señala la profanación, exige justicia. Después la rabia se torna cósmica: las serpientes, el hedor, los ángeles cayendo; el mundo entero entra en debacle y responde furioso porque una niña fue violentada. Y luego sucede el giro más incómodo —y más humano—: irrumpe la piedad. No para absolver el crimen, ni para justificarlo… sino para revelar un patrón: el victimario también fue víctima. Este poema no entrega impunidad; alumbra: la violencia se hereda también como anatema, y romperlo va más allá de lo humano.
El cierre no obedece a un final feliz, sino que se convierte en un mandato ético: vete y no peques más. Así. Con la mano temblando y el corazón en la boca. Esa la compasión manifiesta.
Gracias al Dios del cielo, ahora lloro de vez en cuando… sobre todo mientras pico cebollas, y debo confesarlo: es por pura negligencia, porque por olvidos recurrentes a veces dejo que mi cuchillo pierda filo.
Ya lloré todo lo que tenía que llorar. Y ahora, con estas manos firmes que no tiemblan y con mi voz que no se quiebra solamente me dedico a crear.