En el MAM Cartagena, abril no es solo un mes en el calendario; es como el muelle donde muchas de nuestras historias más brillantes arriban a un mismo puerto. Es el reencuentro de unos amigos que navegaron hacia el mismo destino, algunos como una cofradía y otros como naves solitarias, pero todos con su brújula alineada desde y hacia Cartagena.
Sus pasos firmes y la trascendencia de sus obras los han inmortalizado, trazando un mapa de identidad que hoy custodiamos con celo. Al recorrer nuestras salas, uno puede sentir que la modernidad no fue un estilo, sino la libertad de crear juntos.
En este puerto de afectos, las ausencias se vuelven presencia. Recordamos el Monumento a la Bandera de Luis Felipe Jaspe; aquel hito urbano que se erigió justo donde alguna vez estuvo el antiguo muelle y donde anclaban las galeras. Hoy ese monumento ya no existe físicamente, pero habita en nuestra memoria como el primer puerto de libertad, el mismo que hoy custodiamos desde nuestro recinto.
Esta red de complicidades se extiende con la audacia de Cecilia Porras, la "doncella silenciosa" de Héctor Rojas Herazo. Cecilia hoy vive más que nunca en el Museo gracias a la gestión de los Amigos del MAMC, materializada en ese cuadro de Enrique Grau que la trajo de vuelta a casa. Pero su espíritu también late en una de las piezas más legendarias de nuestra colección: la puerta del payaso.
Gabriel García Márquez narró con maestría la historia de esa puerta que Cecilia pintó con brocha gorda y barniz de albañil en una cantina de Getsemaní. Gabo la buscó por años en pensiones, salones de belleza y hasta funerarias, convencido de que en Cartagena las cosas tienen vida propia y solo cambian de lugar. Durante décadas, el Nobel lamentó su ausencia diciendo que al Museo le faltaba ese cuadro; hoy, esa puerta rescatada en nuestra imaginación es el testimonio de que para esta Cofradía, la vida, la fiesta y el arte eran un solo incendio.
La mística de este lugar permite encuentros que desafían el tiempo: como el de Ramiro de la Espriella, quien ha entrado a habitar el Museo de forma definitiva en ese "medio cuadro" pintado por Cecilia Porras donde Gabo desapareció por un olvido, dejándole el espacio a su gran cómplice. Es la misma luz que la "Trinidad de 1920" —Grau, Obregón y Nereo López— capturó para la posteridad; si los pintores inventaron el puerto-arte, la cámara de Nereo fue el diario de a bordo que le dio rostro a nuestra memoria.
Hoy celebramos la lealtad de quienes compartieron marejadas de tertulia y parrandas; esas bitácoras compartidas donde se intercambiaban discursos y se celebraban la amistad y la vida. En este abril de centenarios, con Delia Zapata y Cepeda Samudio en el horizonte, el Museo los espera para habitar esta red de afectos donde lo único prohibido es el olvido.