Hace un par de días terminé de leer la última novela de Padura, Morir en la arena, y encontré varios paralelos con la primera mía, Las bocas del silencio. Para muchos lectores, esto que digo será como comparar el Niágara , tan bien retratado por José María Heredia, el poeta nacional de Cuba, protagonista de La novela de mi vida del mismo Padura, con la caída de agua del riachuelo en el que nos bañábamos de pelados en la Dapa de nuestra niñez. En mi defensa digo que en ambas cae el agua y en ambas se relatan vidas reales, imaginadas o reales imaginadas.
Estos paralelos que veo, o me parece ver, se dan en dos épocas muy distantes entre sí. La novela de Padura transcurre entre finales del siglo XX y comienzos del XXI, mientras la mía lo hace entre la segunda mitad del siglo XVIII y comienzos del XIX. En común tienen el Caribe, que baña tanto a Cuba, donde se desarrolla casi toda la trama de Morir en la arena, como a Cartagena de Indias y a Haití, donde se desarrolla buena parte de Las bocas del silencio.
Los protagonistas pertenecen a mundos muy distintos, pero comparten la migración como forma de escape: en el caso cubano, de “la cosa”, donde todo es una mierda y no hay futuro; en el otro, de situaciones donde la mierda es el futuro.
El primer paralelo son las golpizas, fueteras, como les decíamos en mi niñez, que reciben Geni, de Fermín, y el abuelo, de Pedrón. Las del cubano se prolongaron en el tiempo hasta convertirse en un hecho cotidiano, mientras que el abuelo decidió cortar por lo sano y alejarse de esas “caricias” al cumplir los quince años, volándose de la casa paterna para nunca jamás volver. Geni también partió, ya viejo, pero volvió a Cuba, poniendo un océano entre lo ocurrido en Europa y él. El abuelo, que vivió algo parecido —aunque no igual—, partió de Europa hacia las Indias, poniendo el mismo océano entre lo que había hecho y su vida futura.
En ambos casos, ambas madres jugaron el papel de testigos pasivos de los maltratos de Fermín, en una novela, y de Pedrón, en la otra. La reacción frente a sus progenitoras fue distinta: el abuelo nunca pudo olvidar que, en algún momento, su madre había sonreído ante la violencia del padre; mientras que Geni nunca la confundió ni la asimiló con esa violencia. Ella, otra víctima, estaba de su lado.
Aunque el abuelo, que sepamos, nunca juró matar a su padre, otro personaje de Las bocas del silencio sí lo hizo: Duarte, el esclavo de los múltiples idiomas, quien pensaba no matarlo a martillazos sino “estrangularlo con estas manos”. Al contrario de Geni, no pudo. La vida, como en ambas novelas, se encarga de torcer algunas venganzas.
Hay otros paralelos: el que existe, por ejemplo, entre Aitana, la hija de Rodolfo en Morir en la arena, y la madre del narrador en Las bocas del silencio, ambas mujeres fuertes que se van a construir sus vidas en otro país ante la imposibilidad de hacerlo en el propio; o el que se da entre Pablo el Salvaje y Nicolás, el joven aprendiz de botánico, a quienes la vida, a punta de golpes, arrastró de nuevo, sin misericordia, al lugar del que trataron de salir: uno como científico atómico y el otro como curioso de la naturaleza.
Resulta impactante ver cómo, y aquí Morir en la arena y Las bocas del silencio operan apenas como testigos, los dramas humanos (migraciones, violencia, guerras) se repiten una y otra vez, bajo distintas formas, pero con la misma intensidad.