Durante todos los siglos de la navegación a vela y a vapor, antes de la llegada de los vuelos de avión, los principales puertos por los que ingresaba la gente al país fueron Cartagena de Indias y Santa Marta, situados ambos en la Costa Caribe y no en la mal llamada Costa Atlántica. Por ambos puertos ingresaron dos elementos clave de nuestra nacionalidad: la religión católica, de la mano de los conquistadores primero y luego de los colonizadores; y los esclavizados, bajo la férrea mano de los traficantes de seres humanos, primero portugueses y luego neerlandeses, ingleses, franceses, españoles y criollos.
Los esclavizados arribaban con sus lenguas y sus creencias religiosas que, al llegar, les eran arrancadas como antes su libertad. En su nuevo país, que no era suyo, se toparon con otro grupo humano al que le estaba ocurriendo algo parecido, solo que a ellos no los movieron del país que les estaban arrebatando: los indígenas. Además de las armas, los caballos y los perros, los españoles tenían dos elementos clave para culminar el despojo de los indios americanos y de los esclavizados africanos: la religión católica y el idioma castellano. Y los usaron con igual eficacia que las armas, los perros y los caballos.
No todos los indígenas, tampoco todos los africanos, aceptaron su nueva condición. Los más osados de ambos grupos étnicos siguieron adorando sus dioses y ocultando sus ritos a los nuevos amos, que los perseguían y castigaban con saña. Algunos encontraron en antiguos lugares de culto el espacio para mantener vivas sus creencias.
En Cartagena, ese sitio fue el cerro tutelar de la ciudad, el cerro de La Galera y su cima, La Popa de la Galera. En ese espacio, alejado entonces de una ciudad que aún no se consolidaba, se produjo una unión entre indígenas libres y africanos cimarrones para rendir culto a una deidad que los españoles llamaron “Buziraco”. Es muy posible que el nombre de la deidad o espíritu haya sido otro y que los españoles lo tradujeran mal. También ha cambiado, con el paso del tiempo, la interpretación sobre el origen de esta deidad: inicialmente se la consideró indígena y hoy suele vinculársela más con África. De hecho, algunos investigadores plantean que podría tratarse de una divinidad o espíritu africano posteriormente reinterpretado por los cronistas españoles. En cualquier caso, americano o africano, los ritos nocturnos y clandestinos dedicados a Buziraco en La Popa estaban acompañados de bailes, tambores y sexualidad; vale decir, de todo aquello que para la religión católica era signo inequívoco de idolatría y brujería.
Dentro de la lógica de la Iglesia romana, ese espíritu o deidad no podía ser sino una manifestación del mal. Así comenzó el proceso de transformar a Buziraco en un demonio. Y lo hizo siguiendo un método de demonización muy efectivo, utilizado anteriormente con otras deidades antiguas como el dios Pan, los sátiros o Baphomet. Este ciclo “deidad pagana-cabro-demonio” constituye una ruta clásica de la historia religiosa occidental.
Buziraco, ya convertido en demonio, tenía que ser expulsado de la cima del Cerro de La Popa. Para ello confluyeron dos hechos: un sueño ocurrido en Villa de Leyva y la llegada a Cartagena de Indias de una institución de negra memoria.
El sueño lo tuvo, a comienzos del siglo XVII, el fraile agustino Alonso de la Cruz Paredes en la nombrada Villa de Leyva. En él se le apareció la Virgen María y le pidió que viajara a Cartagena de Indias —o Cartagena del Poniente, como también se la conocía— para levantar en uno de sus cerros un santuario en su honor. El fraile viajó muy pronto al puerto y allí no dudó en escoger el Cerro de La Popa para construir el templo solicitado por la Virgen.
El problema era que el dueño del cerro era Buziraco, quien ya había completado el tránsito de deidad a demonio en la mente de los habitantes de Cartagena. Y como demonio local se le atribuían todos los males de la ciudad y de sus habitantes: los ataques de corsarios y piratas, las pestes, las inundaciones y cuanta desgracia pudiera imaginarse.
Fray Alonso, que era un hombre cumplidor de su palabra, quiso tomar al diablo por los cuernos y subió, no se sabe si solo o acompañado, al Cerro de La Popa para expulsar por las malas —con los demonios no valen las buenas— a Buziraco de lo que ya reclamaba la Santa Madre de Cristo.
Sobre la batalla existen, como en muchos otros asuntos cartageneros, dos versiones. En una, el fraile encuentra un ídolo de oro que representaba a Buziraco y, cargándolo sobre sus hombros, lo lleva hasta el borde del despeñadero que hay en uno de los extremos de la cima para arrojarlo al fondo del precipicio. En la otra, se enfrenta no con el ídolo sino con el propio Buziraco, a quien, después de un encarnizado combate, logra lanzar cuesta abajo por lo que hoy se conoce como “El salto del cabrón”.
Vencido el enemigo, los monjes agustinos construyeron en 1607 el monasterio de La Popa para su nueva soberana: la Virgen de la Candelaria, traída desde la isla de Tenerife para reemplazar a Buziraco y reinar sobre Cartagena desde las alturas, como ya lo había hecho su alter ego, la Virgen de Guadalupe, en México desde el cerro de Tepeyac, antiguo santuario de los mexicas.
La institución de negra memoria fue el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, instalado en Cartagena en 1610. Apenas cuatro años después, en su primer auto de fe, condenó a ocho años de trabajos forzados al mestizo Luis Andrea por dirigir, en calidad de chamán, ceremonias de adoración a Buziraco en las que participaban indígenas, esclavos y cimarrones.
Mientras tanto, Buziraco, como buen demonio, salió maltrecho, mas no muerto, de su caída. Y así, malherido y arrastrándose, tomó camino hacia el sur de la entonces Nueva Granada.
(Continuará)