El Hay Festival Cartagena es un goce ciudadano, como lo fue en su momento el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (FITB). Algo comparten ambos: quienes más gozaron el FITB fueron los bogotanos, los mismos que hoy parecen gozar con mayor intensidad el Hay.
Este año, como en todas las ediciones anteriores, al caminar por el Paseo de los Mártires me sentía como en la Carrera 15 del Antiguo Country de antaño, en uno de esos días soleados de diciembre en que Bogotá pierde algo de su andinidad y deja atisbar un leve caribe. Esto no es una crítica al evento, es un hecho: los cartageneros poco se involucran con el Hay y el Hay poco se involucra con los cartageneros. Creo que esto debe cambiar, pues los cartageneros pueden beneficiarse mucho del Festival—como, sin duda, lo hace la ciudad— y el Hay puede beneficiarse de una mayor participación de los nativos de esta urbe.
Para seguir con el paralelismo entre el FITB y esta versión del Hay, el domingo y el lunes Cartagena de Indias se vistió de páramo y nos mostró que puede competir con la capital a punta de lluvia. Para fortuna de quienes la habitamos, el martes después del mediodía la ciudad se despojó de un disfraz que no le sienta y se vistió de esa luminosidad caribe que obliga a preguntar: ¿quién prendió la luz?
A nivel de eventos, esta edición me dejó —en lo personal— muy contento. A todos los que asistí, seis en total, pude ingresar sin largas ni demoradas filas. Los conversatorios empezaron a tiempo y terminaron a la hora programada, con esa puntualidad inglesa que en Cartagena se ha empezado a volver costumbre, para fortuna de quienes llegamos a tiempo a las distintas actividades. Me encanta y disfruto el despelote del Caribe, pero no la impuntualidad ni la bulla en horas y sitios que demandan silencio, como los buenos restaurantes, donde uno va a comer bien y a conversar mejor, no a bailar ni a gritar.
Me tocaron muy buenos entrevistadores: Juan Gabriel Vásquez (por partida doble), Andrés Mompotes, Daniel Samper Pizano y Andrea Guerrero; y estupendos entrevistados: Diego Luna, Leonardo Padura, Javier Cercas, Mauricio Silva y Rafael Pérez Alviz.
También asistí a tres eventos distintos, todos conectados con la literatura: la estupenda exposición Macondo York en el Centro para la Cooperación Española, abierta al público durante todo este mes de febrero; la obra de teatro Antígona González, protagonizada por la actriz mexicana Marina de Tavira; y el concierto–conversatorio de cierre del domingo, a cargo de la orquesta Acorbanda, dirigida por el acordeonero y compositor Rodrigo Rodríguez, que puso a bailar porro a todo el público, incluyéndome.
El éxito —como bien sostuvo un premio Nobel— se mide por las sonrisas de quienes trabajan en un laboratorio o de quienes asisten a un conversatorio. Y en el caso de esta versión del Hay Cartagena 2026, las sonrisas fueron montones. Sonrisas que espero se repitan dentro de un año, cuando celebremos una nueva edición del Hay, que tendrá un bono especial, según anunció Daniel Samper Pizano: el tradicional cierre musical en el Teatro Adolfo Mejía será un homenaje al gran compositor vallenato Rafael Escalona. ¡La madre pa’l que se lo pierda!... y no sonría.
Nota bene: gracias a la Librería Remedios La Bella del Fondo de Cultura Económica y a Yarumo Libros, tuve la oportunidad —por fuera del Hay, es decir, en el off Hay— de conversar con el poeta y cronista dominicano Frank Báez sobre mi novela Las bocas del silencio. Para los interesados, quedaron algunos ejemplares del libro en los estantes de la librería, situada en el Claustro de La Merced, al lado del Teatro Adolfo Mejía.