El tío Alfonso, un adiós necesario


Esta semana no encontraba un tema que me obligara a escribir. Eso cambió de manera radical hace unos minutos, cuando recibí un texto doloroso de la mujer de mi tío Alfonso Leongómez, el hermano menor de mi mamá. Hoy Alfonso está hospitalizado en una clínica de Bogotá con un diagnóstico que no es bueno, lo que, como siempre ocurre en estos casos, alborotó no solo el cariño que desde siempre le tuve, sino los cientos de recuerdos que me acompañan en nuestra relación de 77 años.

Cuando nací, por allá en el año 48, Alfonso me llevaba diez años, diferencia que en esa época era mucha, pero que se fue reduciendo con el paso del tiempo. No solo porque yo maduré muy rápido, sino porque Alfonso siempre mantuvo la frescura juvenil de quienes crecieron en la época del rock and roll de los años 50: un ritmo y unas letras más juveniles que las del rock posterior, más oscuro en los años 60 y mucho más en los 70 y 80. Los años 50, cuando Alfonso se hizo adolescente, si bien empezaron con la guerra de Corea y terminaron con la Revolución cubana, marcaron la consolidación de las clases medias en Estados Unidos y en Europa occidental, así como su inicio y crecimiento en América Latina y Asia. Una clase media a la que, sin duda, pertenecíamos, así mi madre afirmara a veces que por nuestras venas corría azul de metileno.

No recuerdo mucho las épocas en que Alfonso vivió con nosotros en Washington, adonde fuimos a parar cuando Rojas Pinilla nombró a mi papá agregado naval de la embajada de Colombia en Estados Unidos, pero desde siempre sentí que mi mamá, que era la mayor de los Leongómez Matamoros, consideraba que su papel frente a su hermano menor era cuidarlo y consentirlo. Por eso, cuando llegamos a vivir a Cali después de la estadía en Washington, Alfonso vivió un tiempo —tampoco recuerdo qué tan largo— con nosotros.

De nuevo en Bogotá, luego de la caída de Gurropín en 1957, me encontré con un Alfonso que ya era un hombre independiente. Recuerdo bien que trabajó en la desaparecida Flota Mercante Grancolombiana, donde fue colega de uno de los grandes de la televisión colombiana, Fernando González, el genial «Pacheco». También que tuvo dos novias muy lindas: Gloria Gómez y Maruja Restrepo. La primera, hermana de los “tucos”, unos pelados gaminosos un tanto mayores que nosotros, con quienes aprendimos a fumar; la segunda, su primera esposa y madre de mis primas Claudia, Pili y Patricia. Maruja tenía una hermana, monita y muy linda, llamada también Patricia, de la que nos enamoramos los tres Pizarro mayores y todos nuestros amigos.

Terminada la comandancia de la Armada de mi padre, volvimos a Cali. Allá llegaron muchas veces Maruja y Alfonso, cargados con raquetas de tenis —que ambos jugaban muy bien—, para aprovechar que mi padre era socio de un club que hizo las delicias de muchos niños y jóvenes como nosotros: el San Fernando, el del famoso porro de Lucho Bermúdez. Alfonso se quejó por décadas de que los Pizarro Leongómez siempre los recibíamos con esta pregunta: «¿Cómo están?», seguida de «¿Cuándo se van?». Si recuerdo bien, la pregunta era para saber cuánto tiempo gozaríamos de su presencia (y también cuándo desocuparían el cuarto que mi madre les asignaba durante su estadía).

En el año de 1966, siendo bachiller del Colegio San Juan Berchmans de Cali, partí para Bogotá a estudiar Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana. Durante el primer año viví en la casa de otro hermano de mi madre, Germán Leongómez, con quien tuve una relación muy cercana, de la que escribiré algo más adelante. Por su lado, Maruja y Alfonso me acogieron muy bien (sin preguntar nunca «¿Hasta cuándo te quedas?»), haciéndome partícipe de unas veladas deliciosas que organizaban en su apartamento —en el edificio de la 74, que había construido mi abuela materna con un maestro albañil— o en la casa de alguna pareja amiga. Recuerdo que se bebía y comía rico, se contaban chistes, se cantaba y, en ocasiones, se bailaba. Aunque todos eran bastante mayores que yo, siempre me trataron como un par y no como el sobrino mamón de su amigo Alfonso.

Por esa época tuve una experiencia con el tío que entonces valoré de una manera y hoy de otra muy distinta. Algún día, Alfonso, que estaba buscando puesto, me llamó para que lo ayudara a elaborar su hoja de vida, cosa que hice con el mayor gusto, a pesar de que en términos laborales mi experiencia se reducía a un trabajo de mensajero por diez días en la floristería de otra hermana de mamá, Susy, y a otro de vendedor en la época decembrina en el almacén de Alonso Restrepo en Cali (no el Paraguas Rojo de otro Alonso Restrepo, a quien conocí y admiré, en Bogotá). Alfonso empezó a darme los nombres, cargos y años que había ocupado en sus 28 o 29 años de vida. Cuando íbamos en el puesto número siete u ocho —y contando—, le dije: «Pará…, vamos a tener que eliminar cinco o seis de estos trabajos, pues demuestran una gran inestabilidad laboral». Y, efectivamente, tenía razón: entonces, como siguió ocurriendo por muchas décadas, lo que más valoraban los empleadores era la estabilidad y la lealtad. Hoy, cuando vuelvo a esa anécdota, me doy cuenta de que Alfonso se adelantó a esta época, en la que hubiera sido, sin duda, muy exitoso, dados sus muchos talentos, que hoy, junto con la diversidad de experiencias, se valoran mucho más que la estabilidad.

Con los años, Alfonso encontró en Cony la compañera perfecta para acompañarse en estos últimos años y, en su apartamento en Fusagasugá, el sitio ideal para disfrutarlos, a pesar de los males que lo aquejaban. Ido Alfonso, me quedaré sin la memoria lúcida de una parte muy importante de mi familia, que él vivió y recordaba con una claridad envidiable. Hoy me despido del pariente, del amigo y del confidente con quien siempre encontramos motivos de alegría, sin hacerle caso a los diez años de edad que nos separaban.

Nota bene: Alfonso falleció unos pocos días después de escrito lo anterior; para él, el descanso eterno y mi eterna gratitud.