El viernes era un mundo


El viernes era un mundo; hoy es otro. El viernes cerraban los negociadores de Estados Unidos e Irán unas conversaciones que llevaron al ministro de Relaciones Exteriores de Omán a declarar lo siguiente:

«Se están llevando a cabo esfuerzos con determinación inquebrantable y espíritu constructivo, en un contexto de apertura sin precedentes por parte de los negociadores a ideas y soluciones novedosas e innovadoras».

Según lo anterior, las conversaciones iban muy bien encaminadas. Pero todo cambió en la madrugada del sábado, cuando los israelíes y los estadounidenses bombardearon diversos objetivos en Irán y dieron muerte al ayatola Alí Jamenei, el líder supremo del país persa. En ese momento se desató el caos de una guerra que, como todas, sabemos cuándo empieza, pero no cuándo ni cómo termina.

Hace cuatro años, Putin invadió Ucrania con la idea de que en una semana ese ataque, que no calificó de guerra sino de «operación especial», iba a terminar en Kiev con un desfile militar encabezado por él. Cuatro años y cientos de miles de muertos después, ese desfile no se ha producido. Y antes de Ucrania estuvieron Afganistán para los mismos rusos, y Vietnam, Irak y Afganistán para los gringos. Guerras innecesarias y estúpidas donde, al final, no hubo ningún cambio esencial: los comunistas vietnamitas echaron a los gringos de su país; los afganos a los rusos primero y a los gringos después; los iraquíes están a punto de hacerlo con los gringos del suyo; y, tarde o temprano, lo mismo harán los ucranianos con los rusos.

Entonces, ¿por qué ahora Irán? Creo que hay varias razones. Una es el objetivo de Netanyahu desde hace varias décadas, y este era el momento oportuno: aprovechar el ego inflado de Trump por su «gran» victoria militar en Venezuela, la debilidad del régimen de los ayatolas después de semanas de movilizaciones internas y el hecho de que las conversaciones entre Estados Unidos e Irán no se hubieran cerrado. De alguna manera, para el líder israelí era ahora o nunca. Dos: la salida de Trump a una situación cada día más complicada en el frente interno: una economía que no mejora, unos archivos Epstein que no desaparecen, un prestigio en caída libre y unas elecciones en las que los republicanos pueden perder el control del Congreso. Es decir, todos los ingredientes necesarios para desatar una guerra que, además, supuestamente solo duraría las horas o los días necesarios para que el régimen de Teherán sacara la bandera blanca y entregara sus armas a los ejércitos combinados de Estados Unidos e Israel.

El problema es que, si bien el régimen de Irán es más autoritario y sanguinario que el de Venezuela, el país asiático no se parece en nada al latinoamericano. Una cosa es que los ciudadanos iraníes quieran acabar con el ayatola y otra muy distinta que quienes lo hagan sean los israelíes y los estadounidenses. Una cosa es atacar a un país con un ejército que nunca ha combatido y otra hacerlo contra uno que lleva décadas preparándose para esta confrontación. Una cosa es enfrentar a un régimen corrupto como el venezolano, donde traicionar al líder puede ser una ventaja, y otra es enfrentar a un régimen, corrupto también, que sabe que, si pierde, lo pierde todo.

Este es un caso en el que, personalmente, quisiera que todas las partes perdieran: israelíes, estadounidenses e iraníes. Y que lo hicieran rápidamente, para que las pérdidas para el resto del mundo fueran mínimas. Desafortunadamente, no creo que esto se resuelva en días o semanas; me temo que se prolongará por meses y que, al final, todo seguirá igual, con más muertos, miles de millones de dólares tirados al caño y un mundo en manos de sátrapas que solo velan por sus propios intereses, sin importarles el resto de la humanidad, que somos miles de millones.

Hoy no sé quién va a ganar esta guerra; lo que sí sé es quiénes vamos a perder con ella: todos, incluidos los triunfadores. Perderemos en dinero, en estabilidad, en oportunidades, en vidas humanas. Perderemos en tranquilidad y en futuro. Sufriremos los impactos económicos de una guerra sin sentido, como todas las pinches guerras, y los impactos políticos y existenciales de un mundo que cada vez se aleja más de la sensatez y de la memoria histórica.

Y cuando todo termine, porque toda guerra termina, volveremos a preguntarnos cómo fue posible, otra vez, creer que esta vez sería distinto.