Mi Conexión Caribe


A raíz de la segunda edición (o primera reimpresión) de Las bocas del silencio, me he preguntado mucho de dónde viene mi conexión con el Caribe, en general, y con Cartagena de Indias, en particular. Esa conexión es lo único que explica por qué, a mi llegada a Cartagena a mediados del 2018, se alborotó mi afán por escribir historias, afán que nunca tuve en la Bogotá natal durante los años que viví allí desde mi llegada a estudiar Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana, a comienzos de 1966.

Mi encuentro con el Caribe ocurrió cuando era muy niño. En algún momento de 1950 llegamos a Cartagena mi padre, el capitán de fragata Juan Antonio Pizarro García; mi madre, Margoth Leongómez Matamoros; mi hermano Eduardo y yo. Es posible que Eduardo haya llegado de brazos —nació en diciembre del 49— y yo caminando, con un año y unos meses —nací en octubre del 48—. En Cartagena se nos unieron dos Pizarro Leongómez más: Carlos, en el 51, y Hernando, en el 52. Por el Caribe transitamos hasta julio del 53, cuando papá, ya capitán de navío, fue nombrado comandante de la Armada Nacional, con lo que volvimos a mi Bogotá natal.

Esos tres años y medio en La Heroica debieron dejarme una honda huella: un acento costeño que se perdió entre Bogotá, Washington y Cali; mis primeras letras en mi primer colegio, el Montessori del Pie de la Popa; las brazadas iniciales en el mar de Bocagrande, donde debí oír ese grito de “¡Sarda’!” para espantar bañistas; y los primeros sabores de posta negra, empaná con huevo, carimañolas y bollolimpio. No debieron faltar los relatos de las mujeres encargadas de la cocina y de cuidarnos, para empezar a conocer esa característica tan caribe: echar los cuentos con gracia y malicia. Es posible que haya sido en esa época cuando viví una escena similar a la que aparece en la novela:

“Al llegar a la casa, la bisabuela, con su oído de bruja, oyó nuestra aventura, lo que la molestó de una forma que no entendí. Furiosa, despachó a mis dos amigos, a pesar de ser sus preferidos entre todos mis compinches, y a mí me llevó al patio, donde me sentó en el suelo caliente mientras ella se abanicaba sentada en su mecedora preferida.”

Esa escena, con el suelo caliente como castigo, no habría sido posible en la fría Santa Fe de Bogotá.

Al Caribe no volví sino diez años después, a comienzos de los sesenta, cuando con mi mamá y mis hermanos viajamos a Santa Marta, desde la Cali donde residíamos, a visitar a mi papá, que ejercía como gerente de la Flota Mercante Grancolombiana en ese otro puerto del Caribe. Allí, además de encontrar uno más de los múltiples amores platónicos que me acompañaron desde los cinco hasta los veintiún años, tuve mi segundo encuentro con ese desorden urbano de tantas ciudades y pueblos caribes; el desenfado para hablar y el tono alto con que se conversa en la costa, seguramente para poder oírse en medio del oleaje o de las fuertes brisas que hacen más amable el diario discurrir:

“El día señalado de mi venganza me cogió en Babia, sin una idea clara de cómo iba a ejecutarla. A pesar del intenso frío del amanecer santafereño, el pensar que los malditos Ribera y Fernández pudieran salir incólumes de su proceder infame para conmigo me hizo sudar como si estuviera a pleno sol en un mediodía caribe, en una época sin brisas.”

En los ochenta empecé a venir regularmente a Cartagena por razones de trabajo o de descanso, pero solo fue hace siete años y medio, cuando con Anamarta nos radicamos aquí, que la conexión caribe revivió por completo. Fruto de esa conexión recorrí sus calles y murallas, memorizando sus nombres y conociendo su historia; me hice preguntas sobre cómo pasó de ser un pequeño poblado a uno de los puertos más importantes del mundo y sobre el porqué de su decadencia; conocí más su comida, su música y su gente, que comparten sabores, ritmos y alegrías.

Espero repetir en la vida real lo que le pasa al abuelo en la novela, que queda prendado de la ciudad no más traspasar Bocachica:

“… una vez adentro, mientras vivió, el abuelo nunca volvió a dejar esa casa de la calle de la Aguada, en Getsemaní.”