En el año de 1965, recién recibido mi grado de bachiller, salí para un pequeño pueblo del suroeste de Luisiana en los Estados Unidos llamado Nueva Iberia. Allí me encontré con muchas cosas, entre ellas estas tres: una, que aún había personas que no hablaban inglés sino el creole de los tiempos lejanos en que esa región era un dominio francés; otra, que por primera vez en la historia del colegio al que asistí un joven negro era admitido como alumno; y, tres, aprendí las reglas del fútbol americano y a jugarlo en su versión menos agreste, lo que llaman “touch football”. Estas tres cosas me llevaron a entender estas otras: la diversidad de la sociedad norteamericana que no se reduce a los famosos “wasp” (blanco, anglosajón, protestante); el racismo como parte de la cultura más oscura de ese país; y, la importancia del football como el deporte más popular de los gringos.
En cuanto al deporte me volví un fan del fútbol americano, pasión que durmió por muchos años y que despertó cuando a partir de 1979 empecé a viajar regularmente a USA por razones de negocios o de turismo. Desde ese entonces, hace 46 años, cada vez que he podido he visto por televisión los Super Bowls (no me animo a llamarlos Súper Tazones) y sus espectáculos del medio tiempo. Me han tocado muy buenos espectáculos, otros no tan buenos y algunos con hechos más allá de la actuación. Dentro de estos últimos, con hechos por fuera del espectáculo que los hicieron famosos, vale mencionar estos cinco:
2004 — Janet Jackson / Justin Timberlake: el “accidente de vestuario” que mostró por menos de un segundo el seno de la Jackson y cambió para siempre la TV en vivo.
2013 — Beyoncé: el estadio se apagó y nació el mito de que su show tumbó la luz.
2016 — Beyoncé / Coldplay / Bruno Mars: la estética Black Panther convirtió el medio tiempo en debate político nacional.
2009 — Bruce Springsteen: un deslizamiento contra la cámara inauguró la era del meme inmediato.
2021 — The Weeknd: el halftime quedó como postal cultural de la pandemia, pues el estadio estaba medio vacío y la mayoría de los espectadores eran de cartón.
Pero de todos los muchos espectáculos que he visto, incluido el de Shakira y Jennifer López, con Bad Bunny y Jay Balvin como artistas invitados, el del domingo pasado es el más memorable, por muchas razones: una, por el momento en que se da cuando el servicio de inmigración estadounidense está persiguiendo a los latinos, ilegales o no, para deportarlos; dos, por los intentos de los supremacistas blancos de establecer un régimen por encima de la Constitución de USA, para desconocer los derechos políticos de los afros, latinos, musulmanes, asiáticos, etc.; tres, por los intentos de hacer de la Doctrina Monroe la política exterior norteamericana; cuatro, por la importancia de mostrar que hay sentimiento más fuerte que el odio como lo es el amor; y, quinto, por qué la vida puede ser una fiesta y no un régimen de terror en el peor sentido Nazi.
Entonces este Super Bowl LX no fue otro más. En esta ocasión además de jugar un colombiano, Christian González, que lo hizo muy, pero muy bien, los latinos mandamos la parada y mostramos al mundo gran parte de nuestra cultura a través de Bad Bunny, que puede gustarnos o no, pero que el domingo tuvo el coraje de decir aquí estamos y aquí nos quedamos.
Nota bene: El espectáculo de Bad Bunny lo vieron cerca de 135 millones de espectadores, cubriendo 195 países, convirtiéndose en el half time show más visto de la historia. Nada mal para un artista latinoamericano.
Nota bene 2: La derecha estadounidense montó un show alternativo, el All-American Halftime Show, con Kid Rock y otros artistas country que por fuera de USA no los conoce nadie. Resultado: unos 6 millones de espectadores, es decir, apenas el 4,5 % de la audiencia del oficial. Traducido al lenguaje electoral gringo: victoria por landslide del Conejo Malo.