Anoche, sin haber perdido ningún partido, salimos del Mundial 2026. Caímos en la tanda de penaltis: Suiza metió cuatro y nuestra selección, tres. En algo avanzamos frente a Rusia 2018: en ese Mundial también salimos por penaltis, en el último partido contra la Inglaterra de Kane, pero no lo hicimos invictos, pues habíamos perdido el primer encuentro contra Japón.
Hay peores maneras de salir de un Mundial de fútbol, pero ninguna más triste: no nos fuimos porque nos ganaron, sino porque no ganamos. Nos fuimos por temor al gol. En el fútbol existe un temor al gol que es una virtud: el que siente un equipo para evitar que le marquen. Pero existe otro, exactamente igual de poderoso, que es un defecto: el temor a hacerlos. Colombia sufrió del primero de manera ejemplar y del segundo de manera fatal.
En un equipo de fútbol, el temor al gol es muy importante en dos sectores del campo: en el medio y en la parte central de la defensa. Ese temor debe mover al arquero, a los defensas y a los mediocampistas, tanto a los de contención como a los creativos. Es más, en el fútbol moderno, con delanteros concebidos también como primera línea defensiva, es importante que ese temor invada incluso a los responsables de hacer los goles cuando deben evitar los del contrario.
En el caso de Colombia, ese temor funcionó de maravilla durante el Mundial: un solo gol recibido en cinco partidos. Y nos lo convirtió la selección más débil que enfrentamos, Uzbekistán, en el primer partido. Creo que solo España nos ha superado en este campo, al no haber recibido hasta esta fase un solo gol.
Nuestro problema, entonces, no fue la defensa. Un solo gol recibido en cinco partidos, y ninguno en los últimos cuatro, habla de un arquero seguro y de un esquema defensivo sólido.
Tampoco fue el medio campo, el lugar donde en el fútbol, como en todos los deportes de equipo, se generan las oportunidades para anotar. Nuestro medio campo produjo, en todos los partidos, más ocasiones que nuestros rivales. En el último encuentro, Colombia remató 15 veces, más del doble que Suiza, que lo hizo en 7 ocasiones. Y contra Ghana, las cifras fueron aún más dicientes: 20 remates de Colombia frente a 8 de los africanos; de ellos, 8 fueron al arco para Colombia y ninguno para Ghana.
Nuestro problema no estuvo, por tanto, en el centro del campo, donde se crearon muchas más oportunidades que las de nuestros rivales.
Solo queda un sector del campo donde fallamos: adelante, frente al arco contrario. Allí, precisamente, donde no es posible padecer ese síndrome de temor al gol. Y lo tuvimos en casi todos los encuentros de este Mundial, con excepción del primero, en el que convertimos tres goles, dos de ellos de antología: el de Muñoz y el del Cucho.
En los últimos cuatro partidos hicimos apenas dos goles: uno contra la República Democrática del Congo y otro contra Ghana. En el partido más importante de la fase de grupos, contra Portugal, y en el que nos podía llevar a cuartos, contra Suiza: cero pollitos.
Lo más contradictorio es que, fuera de la selección, en sus clubes, ninguno de nuestros delanteros sufre de este síndrome mortal. Córdoba es goleador en Rusia, Suárez lo es en Portugal, el Cucho Hernández es el delantero centro del Betis y Lucho Díaz tuvo una temporada llena de goles con el Bayern Múnich.
¿Qué ocurre cuando nuestros delanteros —estos y casi todos los de selecciones anteriores— se ponen la camiseta de Colombia? Por razones difíciles de entender, y que no hemos logrado corregir, los invade el temor al gol. Ayer, Suárez y Campaz se vieron solos, con el arco a disposición, e hicieron lo que no harían nunca en sus equipos: tiraron no al arco, sino al infinito.
Cuando miro objetivamente los números de la Selección Colombia y pienso en los partidos que jugó, debo reconocer que, al lado de la tristeza que me da su eliminación, siento un gran orgullo por lo que logró. Es un equipo serio, que juega un fútbol alegre y mejor que el de la mayoría de las selecciones del mundo. Estaba para más, si solo hubiera eliminado ese terrible temor que también lo contagió en el momento de los penales: el temor al gol.