Un cartacachaco en la FILBo 2026


Mientras viví en Bogotá siempre asistí a la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo) como un lector interesado en los libros en general y en la literatura en particular. Este año mi status como asistente cambió lo hice como autor novel de una novela, Las bocas del silencio, publicada por una editorial pequeña e independiente, Yarumo Libros. Desde ciertas perspectivas mi experiencia fue la misma que había experimentado casi una década atrás: comprar las boletas de ingreso, recorrer los stands mezclado con cientos de asistentes, ser una gota más en ríos de gentes, vale decir nada nuevo bajo el escaso sol bogotano. Las nuevas experiencias y valiosas experiencias las experimenté como protagonista de tres por fuera del recinto de Corferias donde se realice lo central de la FILBO y de dos en el interior de ese recinto.

Por primera vez comprendí que el universo de la FILBo no se restringe a lo que acontece en Corferias. La feria se amplía a muchos otros ámbitos donde el libro es rey: librerías, bibliotecas, universidades, etc. De alguna manera se cumple aquello de que el mundo es ancho y ajeno, para bien de los lectores. Esa amplitud me dio la ocasión de reunirme con nuevos públicos en dos de las bibliotecas distritales: la Carlos E. Restrepo el viernes 24 y la Virgilio Barco el martes 28, y con un público que en su mayoría había leído Las bocas del silencio en una deliciosa sesión el sábado 25 en la Librería Casa Tomada.

Recorrer la Carrera Décima de Bogotá desde la Calle 19 hasta las primeras calles del sur es una muy triste experiencia, sobre la que ahondaré en otro escrito. Afortunadamente después de ese recorrido arribamos a la Biblioteca Carlos E. Restrepo donde fuimos recibidos por un equipo de personas entusiastas que están realizando importantes trabajos con las comunidades de ese barrio icónico de la capital del país. Oímos una orquesta infantil de uno de los colegios del barrio tocando salsa con ganas y buen sonido, visitamos la huerta en la azotea de la edificación con una bella vista sobre los cerros orientales y el conjunto de la urbe y hablamos de la novela con un grupo de personas del barrio que participan en talleres de escritura creativa. La conversación fue moderada por Diana Rodríguez de Bibliored que manejó muy bien esta conversación y la siguiente en la Virgilio Barco. Del Restrepo salimos con el convencimiento de que Las bocas del silencio llega con su trama y sus personajes a todo tipo de públicos.

Al día siguiente la experiencia fue igual de grata así haya sido diametralmente distinta. La librería Casa Tomada, situada en una bella casa del barrio Palermo de la capital, tiene el Club Letras a la Mesa donde se presenta un libro acompañado de un menú especialmente preparado por Fabrizio Ciurlo para la ocasión (algo similar, pero distinto, a nuestras Cenas con historia). Lo más grato de esta gratísima reunión fue conversar de Las bocas del silencio con personas que ya habían leído la novela. Esto permitió explorar de una manera muy ágil y entretenida los muy diversos personajes e historias que aparecen en la novela, recabando temas como el erotismo, el humor y la comida que son transversales a toda la trama. La conducción de Ana María Aragón fue cercana e impecable. 

De Casa Tomada salimos para Corferias donde Anamarta participaba en un panel sobre el libro Los abuelos cuentan donde aparecen un cuento suyo y uno mío. Lamento decirlo, pero me perdí ese evento por un par de entrevistas que se habían concretado con dos emisoras: Radio Nacional y LEO Radio. De la primera no salí nada contento, mientras que si lo hice de la segunda gracias al entusiasmo de dos jóvenes entrevistadores. Sobre este tema vale la pena profundizar para futuras ferias, pues creo que estas entrevistas hay que prepararlas bien sabiendo de antemano que se quiere y como se quiere comunicar. Y no solo el entrevistado, en mi caso yo, debe estar preparado. Es importante preparar, en tres minutos, a los entrevistadores, pues las entrevistas en frío son un verdadero desastre para unos y para otros. 

Al día siguiente, domingo 26 de abril cuando se cumplieron 36 años de la muerte de mi hermano Carlos, tuve la oportunidad de conversar en un evento de la FILBo con el periodista holandés Roberto Friele, autor del libro Los Pizarro. Aunque en un principio había decidido no leer esta biografía familiar, cambié de determinación luego de leer la crónica del autor vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazabal. Me alegro mucho de haberlo hecho pues la historia de los Pizarro Leongomez contada por Friele está muy bien contada y rebasa a la familia para ser la historia del país de los últimos cien años. Fue una muy buena conversación en una sala con gran contaminación auditiva, como son todas las grandes salas de la FILBo cuando se suceden varios eventos al tiempo.

El evento más importante, para mí y para Las bocas del silencio, ocurrió el lunes 27 a las 5:30 de una tarde muy lluviosa como suele ocurrir en el altiplano. Varias cosas se juntaron para que la sesión resultara muy interesante y amena: el público asistente, en su mayoría conformado por caras amigas (algunas de las cuales ya me había acompañado en otras presentaciones); mi contraparte, Alejandra Jaramillo Morales, una muy buena escritora y lectora, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua; mi editora, Yarumo Libros, que junto con La Diligencia tuvieron libros para la venta; y, finalmente, la sala María Mercedes Carranza que es una isla a la que solo suben los interesados en el evento programado. ¡Gracias, FILBo!

El cierre de mi participación en la feria ocurrió gracias a Bibliored en una bella biblioteca, la Virgilio Barco, diseñada por el arquitecto bogotano Rogelio Salmona. Decir bella no es decir amigable. Entrar a la biblioteca en un día lluvioso es dar una vuelta de decenas de metros, cuando la entrada lógica está a unos pocos pasos. Entiendo el vueltón en un día de diciembre, pero no en un día de lluvias mil. En fin, la charla con los asistentes presentes y virtuales compensó con creces los pasos dados en la lluvia. El público, al igual que el de la Carlos E. Restrepo estuvo atento a esta nueva conversación con Diana Rodríguez. Al final de la sesión, como también había hecho en el Restrepo dejé un ejemplar de mi novela de regalo para la biblioteca y, sobre todo, para sus lectores que cuando la lean serán también míos. 

En fin, fueron cinco días en la FILBo y sus alrededores con múltiples eventos, hechos y experiencias que bien valieron la pena. Y con tres enseñanzas, que espero aplicar en próximas ferias: preparar, preparar y preparar.