Una manera muy gráfica de clasificar a los humanos


Por estas semanas, en las Cenas con historia que organizamos con Anamarta, estoy hablando de dos episodios muy interesantes de la historia colonial de Cartagena de Indias: la expulsión de Buziraco, una deidad convertida en demonio, y el sitio al convento de las clarisas, edificación transformada hoy en el Hotel Santa Clara.

Investigando sobre ambos acontecimientos ocurridos en esta ciudad donde confluyeron los tres grandes grupos étnicos que forjaron nuestra colombianidad —indígenas, blancos y negros; más adelante, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, se unirían los árabes, mal llamados entonces “turcos”— me encontré con formas extraordinariamente gráficas de designar a los seres humanos resultantes de esas mezclas.

Los primeros cruces entre indígena y blanco, negro y blanco, e indígena y negro fueron relativamente fáciles de categorizar: mestizo, mulato y zambo. Hasta ahí todo parecía claro. El problema para quienes querían establecer con precisión el grado de la mezcla fue que las mezclas no se detuvieron: se multiplicaron.

El mestizo se mezcló con mulatos, zambos, blancos, negros e indígenas; el mulato con mestizos, zambos, blancos, negros e indígenas; y el zambo con mestizos, mulatos, blancos, negros e indígenas. América terminó convirtiéndose en un inmenso laboratorio humano imposible de ordenar.

En la colonia francesa de Saint-Domingue, la actual Haití, intentaron seguir la huella y el “nivel” de sangre blanca en ese torrente de mezclas para determinar la forma de tratar y otorgar privilegios a cada individuo. El resultado fue una pesadilla burocrática con más de cien categorías, entre las cuales sobresalían mulâtre, quarteron, métis, mamelouk, griffe, sacatra y marabou, seguidas de interminables subdivisiones según el “porcentaje” imaginado de ascendencia africana o europea.

En las colonias españolas se intentó algo similar, aunque sin la precisión obsesiva de los gabachos (término con el que los españoles denominaban entonces a los franceses). Además de mestizo, mulato y zambo, aparecieron categorías como castizo, morisco, lobo y chino.

Cada una era interesante en sí misma, pero la de castizo fue especialmente importante porque representaba un paso hacia la “españolización” del mestizaje original. La secuencia, en tres etapas, era la siguiente:

Español + india = mestizo
Español + mestiza = castizo
Español + castiza = español

En otras palabras, después de tres generaciones el sistema colonial consideraba que la “mancha” indígena prácticamente desaparecía. Con las mezclas entre blancos y negros no existía un proceso equivalente.

El límite de estos intentos de categorización racial llegó rápidamente a la lengua española con expresiones tan gráficas como “tente en el aire”, “no te entiendo” y “salta atrás”.

Las dos primeras —“tente en el aire” y “no te entiendo”— se aplicaban a personas para las cuales ya no existía una clasificación racial clara. “Salta atrás”, por su parte, se usaba para quienes, según la lógica colonial, habían retrocedido en el proceso de blanqueamiento por la reaparición visible de ascendencia africana. La expresión podía aplicarse, por ejemplo, a hijos nacidos de combinaciones como: mestizo + mulata o castizo + negra, mezclas donde reaparecían rasgos africanos considerados evidentes. 

Como puede verse, los intentos por diferenciar a los seres humanos según su origen étnico fueron numerosos y profundos en unas sociedades que intentaron, sin lograrlo del todo, crear castas en nuestro continente.

Algunas de aquellas categorías y expresiones han llegado hasta nosotros, a veces disfrazadas de humor cotidiano o de frases aparentemente inocentes: “mejorar la raza”, cuando alguien se casa con una persona rubia o de ojos claros; “pelo malo”, referido al cabello crespo de origen afro en contraste con el “pelo bueno”, liso; o “adelantar color”, para describir un supuesto proceso familiar de blanqueamiento.

En el siglo XVIII surgió en el Caribe un término que, de alguna manera, empezó a poner fin a esa proliferación de etiquetas: pardos. La palabra terminó funcionando como una forma más amplia y menos estigmatizante de referirse a las personas libres de color.

En Cartagena de Indias, donde la población afrodescendiente y mestiza era enorme, “pardo” se volvió una categoría cotidiana y políticamente útil. Permitía integrar a sectores de personas libres y de color sin incorporarlos plenamente a la élite blanca.

Y quizá ahí, en ese fracaso por clasificar con exactitud la mezcla humana, esté una de las grandes lecciones del Caribe y de América Latina: que la realidad terminó siendo mucho más compleja, rica y desordenada que las casillas raciales inventadas por la Colonia. Porque al final, detrás de expresiones como “tente en el aire”, “no te entiendo” o “salta atrás”, lo que asoma no es solo el racismo de la época, sino también la confesión involuntaria de un sistema incapaz de entender la diversidad humana que había creado.