Parece moderado, eficiente, incluso cordial. Pero detrás de esa máscara no hay vocación colectiva sino usufructo.

El cuidador de huesos


El cuidador de huesos está en todas partes. Cambia de rostro, de discurso y de bandera, pero conserva intacta su esencia: cuidar su parcela de poder como un perro vigila un hueso seco. No es un villano épico ni un genio del mal; es peor: un oportunista funcional. Se adapta al sistema con una obediencia viscosa. “A donde fueres, haz lo que vieres” es su única ideología. 

 

Parece moderado, eficiente, incluso cordial. Pero detrás de esa máscara no hay vocación colectiva sino usufructo. 

 

Defiende su empleo, su curul, su oficina o su cuota burocrática con el instinto de un animal territorial. Si se queja, no es por solidaridad sino por cálculo. Aspira al pequeño trono, al ascenso discreto, al reconocimiento que lo separe del montón.

 

No llega al poder por carácter ni por grandeza; llega reptando entre estrategias. Va de liana en liana, haciendo venias cuando toca, traicionando si es necesario. Con el tiempo perfecciona tanto el arte de ocultar sus ambiciones que termina pareciendo virtuoso. Flota como palo muerto y deja que la corriente lo lleve al puerto más seguro. Su falta de criterio es su ventaja.

 

No trabaja para realizarse sino para sobrevivir y acumular influencia. No le interesan demasiadas responsabilidades: bastante tiene con vigilar que nadie se acerque a sus huesos. Gruñe ante amenazas. Espera años fortaleciendo su reino oscuro.

 

Tiene una moral provisional y una religión provisional. Lo importante es permanecer visible y salir ileso. Si algo fracasa, siempre encuentra la forma de culpar a otros desde las sombras. Es el “hacedor”, aunque solo administre lo rutinario y lo mediocre. Detesta a quienes producen de verdad, porque evidencian su inutilidad estratégica.

 

Es el combustible de la corrupción. Es el funcionario que prevarica, el periodista cínico, el juez vendido, el defensor de causas nobles que en privado encarna aquello que denuncia. Su talento está en cubrir al mundo con una costra de hipocresía. Es el Ebenezer Scrooge: mezquino, incapaz de compartir el supuesto “elixir” que obtuvo tras su búsqueda de poder. Al final sus huesos están vacíos. Nada gana realmente. 

 

Erich Fromm advertía que el peligro de la humanidad no era sólo la existencia de lobos, sino entregar poder extraordinario a hombres ordinarios. El cuidador de huesos es exactamente eso: la mediocridad con permiso para mandar.

Imagen generada por IA.