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El evangelio según la urna


Hay una escena que se repite en cada campaña electoral colombiana y que ya dejó de sorprender: el candidato sube al púlpito, el pastor lo bendice y la congregación aplaude. No estamos en un mitin político, aunque lo parezca. Estamos en un culto. Y, sin embargo, allí mismo empieza la campaña.

Durante las elecciones recientes volvió a aparecer con fuerza lo que algunos politólogos llaman el voto evangélico organizado: iglesias que funcionan como redes de movilización electoral, pastores que orientan a sus fieles sobre por quién votar y candidatos que recorren templos con la misma devoción con la que antes recorrían plazas públicas.

Para cualquier estratega político, el modelo es irresistible: comunidades disciplinadas, reuniones semanales, liderazgo vertical y miles de votantes potenciales reunidos bajo el mismo techo.

Pero la historia de este fenómeno no empezó con las campañas de hoy.

Hay que retroceder varias décadas, hasta los años turbulentos de la Guerra Fría latinoamericana.

En aquel tiempo surgió dentro del catolicismo un movimiento incómodo para el poder: la Teología de la Liberación, una corriente que afirmaba que el evangelio no podía ser neutral frente a la pobreza, la desigualdad y las dictaduras. Para muchos sectores conservadores —y para Washington— aquello sonaba peligrosamente cercano a la política.

La respuesta no fue un decreto ni una conspiración cinematográfica. Fue algo más sutil y eficaz: la expansión de redes evangélicas provenientes de Estados Unidos que promovían un cristianismo distinto.

Un cristianismo centrado en la salvación individual, en la prosperidad personal y en la obediencia a la autoridad.

Mientras la Teología de la Liberación hablaba de cambiar estructuras injustas, el nuevo discurso religioso hablaba de cambiar corazones.

El resultado fue una transformación profunda del mapa religioso latinoamericano. Millones de fieles abandonaron el catolicismo y encontraron en las iglesias evangélicas una espiritualidad más cercana, más emocional y más organizada.

Décadas después, ese mismo movimiento religioso ha descubierto algo más terrenal: el poder político del voto congregacional.

Hoy, parte de esas iglesias moviliza a sus fieles alrededor de una agenda moral que gira en torno al aborto, la diversidad sexual o la llamada “ideología de género”. El lenguaje es espiritual, pero la estrategia es política.

El adversario ya no es simplemente otro candidato.

Es el enemigo de la familia. El enemigo de la fe. El enemigo de Dios.

En ese clima, la democracia empieza a parecerse menos a un debate ciudadano y más a una batalla de cruzados.

La paradoja es evidente. El cristianismo nació como una predicación incómoda para los poderosos, una invitación a defender a los pobres y a decir la verdad frente al poder. 

Hoy, en ciertos púlpitos, ese mensaje ha sido reemplazado por consignas de campaña y por guerras culturales importadas.

Colombia es un Estado laico, lo que significa que todas las religiones pueden existir libremente.

Pero también significa que ninguna debería convertirse en un partido político con himnos religiosos.

Cuando el pastor indica por quién votar, la fe deja de ser una experiencia espiritual.

Se convierte en disciplina electoral.

Y cuando eso ocurre, el evangelio deja de hablar de salvar almas.

Empieza a hablar de ganar curules.