Hay Festival.

El Hay Festival y la crisis silenciosa de la lectura


En un contexto global marcado por la paradoja de más escritores y menos lectores, los grandes festivales literarios se han convertido en vitrinas privilegiadas de la cultura escrita. El Hay Festival, nacido en Hay-on-Wye (Gales) y replicado en diversas ciudades del mundo —incluida Cartagena de Indias—, se presenta como un espacio de encuentro entre autores, ideas y públicos diversos. Sin embargo, una lectura crítica y objetiva obliga a preguntarse hasta qué punto este tipo de eventos responde realmente a la crisis contemporánea de la lectura o si, por el contrario, la maquilla bajo una lógica de consumo cultural elitizado.

El Hay Festival ha cumplido un papel importante en la internacionalización del debate intelectual. Su programación reúne escritores de prestigio, grandes premiados, académicos y pensadores influyentes, generando conversaciones relevantes sobre literatura, política y sociedad. En este sentido, el festival contribuye a mantener la palabra escrita en el diálogo público, algo valioso en una era sujeta por la fragmentación informativa.

El verdadero problema no es el mensaje del Hay Festival, sino a qué público se dirige y desde qué perspectiva lo hace. Diversos estudios confirman que el número de lectores ha caído de manera sostenida en el mundo contemporáneo. Por ejemplo, una investigación basada en la encuesta American Time Use Survey encontró que en 2023 solo 16 % de los estadounidenses leyó por placer en un día cualquiera, frente al 28 % registrado en 2003, lo que representa un descenso de casi el 40 % en veinte años. (Study Finds 20-Year Drop in Reading for Pleasure)

Esta tendencia se refleja también en la participación anual en lectura recreativa: en 2022, menos de la mitad de los adultos estadounidenses (48,5 %) reportaron haber leído al menos un libro por placer en los últimos 12 meses, cifra inferior al 52,7 % registrado cinco años antes. (US survey finds drop in reading participation | Books+Publishing)

Estos datos no son anecdóticos. Revelan que la crisis no se limita a la industria editorial, sino que afecta al acto mismo de leer como práctica cotidiana y sostenida, debilitando la comprensión profunda, el pensamiento crítico y la construcción simbólica del mundo. En ese escenario, festivales como el Hay corren el riesgo de funcionar como espacios de consagración cultural que dialogan, sobre todo, con públicos ya formados, dejando por fuera a quienes han perdido —o nunca construyeron— el hábito lector.

Uno de los principales riesgos de este modelo es la reproducción de autores invisibles. Aunque vivimos una explosión de escritores gracias a la publicación digital, la mayoría no logra llegar a un público amplio ni consolidar una carrera literaria sostenible. Publicar ya no garantiza ser leído. La escena literaria se multiplica, pero la atención se concentra en pocos nombres legitimados por el mercado, los medios y los circuitos culturales internacionales —los mismos que suelen ocupar los espacios centrales del festival.

A esto se suma una desigualdad cultural persistente. Aunque el Hay Festival ofrece algunas actividades gratuitas, gran parte de su programación continúa siendo simbólicamente excluyente. Las barreras de acceso —como el costo de las entradas, la localización de los eventos o la necesidad de capital cultural para “habitar” esos espacios— limitan severamente su alcance social. En sociedades con profundas brechas educativas, este enfoque puede reforzar la idea de que la literatura es un bien de prestigio, reservado para ciertos sectores, más que una práctica cotidiana para construir pensamiento, comunidad y ciudadanía.

La gravedad del problema se hace más evidente cuando se considera que incluso en países con altos niveles de escolaridad los hábitos de lectura están en retroceso. Estos patrones revelan algo más grave que un cambio de formato: la erosión del vínculo entre lectura y experiencia cultural profunda. Una ruptura que afecta tanto a la industria editorial como a la capacidad de una sociedad para pensarse e imaginarse a sí misma.

Reconocer el valor del Hay Festival en mantener viva la conversación intelectual no oculta el problema de su formato, que a menudo reproduce las mismas lógicas de la crisis de la lectura: prioriza al autor sobre el lector, sustituye la mediación pedagógica por la celebración mediática y concentra el capital cultural en espacios fragmentados.

La crítica, entonces, no apunta a la existencia del festival, sino a su alcance social y pedagógico. Si la lectura se ha convertido en una práctica contracultural frente a la velocidad digital, los eventos literarios necesitan asumir un rol más activo en la creación de comunidades lectoras, en la articulación con escuelas, bibliotecas públicas y territorios periféricos, y en la comprensión de que leer no es solo asistir a una charla, sino construir una relación sostenida con el lenguaje.

En estos tiempos el Hay Festival encarna las tensiones de nuestro tiempo: celebra la palabra escrita en un mundo que lee cada vez menos y que, al mismo tiempo, debe reinventar la manera de leer. Reconocer esta contradicción no implica deslegitimar el festival, sino exigirle más: más apertura, más inclusión, y —sobre todo— una apuesta decidida por transformar la lectura en una práctica viva, accesible y socialmente significativa, más allá del escenario y la vitrina.