Somos profundamente ignorantes en materia de prevención de desastres. No lo digo con sarcasmo ni con alarmismo vacío, sino con la certeza de quien ha visto cómo, una y otra vez, la estructura social —información, recursos, organización— se derrumba porque no la fortalecemos cuando aún hay tiempo.
Nos educaron para reaccionar, no para anticipar. Para contar víctimas después, no para evitar que existan. El sismo de magnitud 7.4 Mw en San José del Palmar, Chocó, el 10 de agosto de 2026, lo confirma, hasta este momento en que escribo estas líneas: 176 fallecidos, 2.509 heridos y 195 desaparecidos en 357 municipios. No fue un golpe inesperado de la naturaleza, fue también el reflejo de nuestra fragilidad colectiva.
Ante la emergencia, actuamos como actores sin guion: algunos improvisan con intuición, otros responden gracias a su formación, pocos planifican de verdad.
Pero ese relato de héroes individuales es engañoso. Le sirve solo al rating de los noticieros. Los desastres son colectivos: golpean barrios, redes, estructuras enteras. El verdadero fracaso no es la falta de valentía en el momento crítico, sino la ausencia de empatía y previsión antes de que todo se vuelva urgente. ¿De qué sirve la improvisación cuando más de 1.115 viviendas quedaron destruidas, 6.862 averiadas y 48 edificios colapsaron? La valentía no reconstruye escuelas ni hospitales: 768 centros educativos y 77 de salud quedaron afectados.
Hoy se habla de una “prueba espiritual”, una oportunidad para reencontrarnos con lo esencial. Yo discrepo: no es solo espiritual, es una medida brutal de cuánto nos importan los demás. La espiritualidad puede consolar, pero la empatía organiza. La diferencia es práctica: la espiritualidad despierta compasión, la empatía la convierte en acción —planes de emergencia, redes vecinales, protocolos accesibles, inventarios de recursos— que sostienen la vida cuando la normalidad se quiebra.
En este sismo, la solidaridad espontánea apareció: vecinos compartiendo agua, médicos improvisando brigadas, jóvenes organizando donaciones. Pero lo que falta es sistematizar ese cuidado: transformar la reacción en estructura, la improvisación en política pública.
La prevención no es una lista de compras ni un discurso inspirador. Es política pública, inversión en educación, mantenimiento de infraestructura, entrenamiento comunitario. Es exigir transparencia a las autoridades, formar a quienes habitan zonas vulnerables, crear canales claros de comunicación en crisis. Es también reconocer que la desigualdad multiplica los daños: no todos tienen los mismos medios para responder, y eso convierte la catástrofe en condena social.
Basta ver cómo Valle del Cauca registró 65 muertos y 1.589 heridos, Risaralda 90 fallecidos, Caldas 259 heridos y 135 viviendas destruidas, Chocó 715 viviendas destruidas.
La geografía del dolor coincide con la geografía de la desigualdad.
Sin embargo, hay esperanza cuando dejamos de romantizar la emergencia. Los 159 rescatistas movilizados, las aeronaves MEDEVAC, los equipos USAR del Ejército y la Cruz Roja con plantas eléctricas y toneladas de equipos muestran que la capacidad de respuesta existe. Lo que falta es continuidad: que esas capacidades no dependan de la urgencia, sino de la planificación. Que las 4.638 frazadas, 2.037 carpas y 43 unidades de vivienda temporal no sean solo paliativos, sino parte de un sistema que se activa antes de que la tragedia nos obligue a improvisar.
Si queremos superar esta “prueba” con dignidad, debemos aceptar dos verdades incómodas: primero, que la prevención exige un trabajo menos vistoso que la respuesta heroica. Segundo, que la empatía es una disciplina, no solo una emoción. Practicarla significa educar, planear y reclamar. Significa, en lo cotidiano, preguntar por el vecino anciano, organizar simulacros en el barrio, participar en mesas comunitarias y sostener a quienes más lo necesitan antes de que la emergencia nos obligue a reaccionar.
La pregunta es sencilla: ¿queremos ser una sociedad que aprende a protegerse colectivamente o seguiremos confiando en el azar y en gestos aislados? La respuesta revelará nuestro verdadero grado de humanidad.
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