Corrupción

La corrupción seduce


Criticamos la corrupción como si fuese un vicio ajeno, una enfermedad moral que siempre infecta a otros. La señalamos en políticos, empresarios, burócratas, jueces, y lo hacemos con la tranquilidad del que se sabe a salvo. Sin embargo, pocas veces nos detenemos en una verdad más incómoda: la corrupción no solo daña, también seduce. Tiene un atractivo propio, un placer clandestino que no cualquiera logra soportar sin degradarse. Quizás por eso es el peor de los males: porque pocos pueden resistirse a ella cuando se presenta sin castigo.

Platón lo formuló con una claridad inquietante en La República, a través del mito del anillo de Giges. El pastor que se vuelve invisible descubre que puede actuar sin consecuencias y no tarda en mentir, matar y usurpar el poder. El relato no es una fábula moralista, sino una radiografía de la condición humana: no es el poder lo que corrompe, sino la impunidad. El anillo inaugura el gran arquetipo de la corrupción: actuar sin que nos miren, sin testigos, sin memoria.

Desde entonces, la literatura no ha hecho más que repetir esa escena con otros disfraces. Fausto firma su pacto con Mefistófeles no por pura maldad, sino por hastío y ambición; Macbeth asesina empujado por la embriaguez del poder prometido. Ambos encarnan un rasgo esencial del corrupto: no se siente villano, se siente elegido. Cree que la norma es para otros, que su deseo tiene una legitimidad especial.

La corrupción rara vez se presenta como crimen; suele presentarse como excepción.

Dostoievski lo llevó al terreno de la conciencia con Raskólnikov: matar, robar, transgredir puede parecer justificable si uno se cree extraordinario. Oscar Wilde lo volvió imagen perfecta en El retrato de Dorian Gray: el rostro permanece intacto mientras el alma se pudre en secreto. La promesa de la corrupción es siempre la misma: impunidad exterior. Su precio, inevitable, es la corrosión interior.

Pero no toda corrupción es grandiosa ni trágica. Kafka mostró su versión más peligrosa: la corrupción burocrática, sin demonios ni pactos, donde nadie decide, pero todos consienten. En ese mundo viscoso, la culpa se diluye en trámites, sellos y órdenes impersonales. Hannah Arendt llamaría a esto la banalidad del mal. Aquí el corrupto no se siente culpable: se siente funcional. Este es el arquetipo más extendido y menos escandaloso, el que convierte la excepción en costumbre.

A ese paisaje se suma una figura profundamente nuestra: el pícaro. El que se rebusca, el vivo, el vivo que “sabe cómo funciona el mundo”. Desde el Lazarillo hasta el tramposo contemporáneo, este arquetipo vuelve simpática la transgresión. No roba, “resuelve”; no engaña, “se mueve bien”. El problema no es el ingenio, sino la pedagogía cultural que lo acompaña: cuando celebramos al pícaro, la corrupción deja de ser vergüenza y se vuelve astucia social.

La literatura coincide en algo esencial: la corrupción siempre ofrece una recompensa inmediata. Dinero, poder, ventaja, alivio, pertenencia. Resistirse, en cambio, exige carácter, pérdida y soledad. Por eso no todos soportan el “sucio placer” de la corrupción: porque una vez probado, exige repetición. No se trata solo de ganar algo, sino de sentir que se puede, de saberse por encima de la regla.

Baudelaire lo intuyó con precisión: el verdadero triunfo del mal no consiste en imponerse por la fuerza, sino en hacerse cómodo.

De ahí la hipocresía colectiva: condenamos la corrupción en abstracto mientras admiramos al que se sale con la suya; denunciamos al gran corrupto mientras practicamos pequeñas “excepciones” cotidianas. La corrupción no se reproduce solo en los palacios del poder, sino en esa zona gris donde la conciencia negocia consigo misma.

Por eso es el peor de los males. No porque destruya únicamente lo público, sino porque revela nuestra fragilidad moral. Nos enfrenta a una pregunta que preferimos evitar: ¿qué haríamos si nadie mirara?, ¿cuánto vale nuestra integridad cuando el atajo es fácil?, ¿qué estamos dispuestos a justificar cuando el beneficio nos toca?

Combatir la corrupción no empieza en leyes más duras ni en discursos más ruidosos —aunque sean necesarios—, sino en una lucidez incómoda: reconocer su atractivo. Mientras sigamos pensándola como una anomalía ajena, seguiremos denunciándola en voz alta y practicándola en silencio.

La corrupción no entra rompiendo la puerta. Entra ofreciendo una llave. Y casi siempre, alguien la acepta.