Hemos reemplazado la conversación por la interpretación. Y así, mientras creemos estar más conectados que nunca, nos entendemos cada vez menos. Perdimos el tono de la voz, la mirada, la sonrisa que a veces salva una frase torpe.

La lenta extinción de «arrastrar el ala»


Hay especies que desaparecen sin que nadie convoque una cumbre para salvarlas. El galán que arrastraba el ala, por ejemplo, está en vías de extinción. No figura en los informes ambientales, pero bastaría darse una vuelta por ciertas aplicaciones de citas para sospechar que la especie anda de capa caída.

Supongo que la expresión nació de la observación atenta de la naturaleza. Evoca al ave que, en un despliegue de gallardía y plumaje, baja una de sus alas hasta rozar el suelo, mientras baila alrededor de su pretendida una especie de tango refinado. El animal se esmera, exhibe sus encantos y hace lo que puede. No tiene WhatsApp ni conexión ni la posibilidad de averiguar si ella está en línea. Y, sin embargo, se las arregla.

Hubo un tiempo en que la conquista exigía algo más que un WhatsApp vertiginoso y un paquete de datos. Había que sacar conversación, inventarse una gracia, vencer la timidez y exponerse a una humillación de las que no se borran bloqueando un contacto. El pretendiente podía pasar una semana preparando una frase ingeniosa y, llegado el momento, descubrir que se le habían extraviado las palabras.

Pero lo intentaba. Y ahí estaba la gracia.

No hablo de poner serenatas a las tres de la mañana, enviar esquelas perfumadas ni propiciar una diabetes con una lluvia de chocolates. Tampoco de esos caballeros que confundían la galantería con el derecho a perseguir a una mujer hasta la saciedad. Hablo del arte de acercarse, de la buena labia, de ese delicado ejercicio de mostrar interés sin comportarse como si el afecto ajeno viniera incluido en la factura del teléfono.

Hoy algunos creen que seducir consiste en mandar un «hola, perdida» a las once y cuarenta y siete de la noche, después de cuatro meses de silencio, y aguardar que el universo haga su trabajo. Otros administran el misterio con tanta disciplina que uno no sabe si están coqueteando o si perdieron el teléfono celular.

Y están los que envían un emoji de fuego y esperan que Cupido se encargue de la conversación. El pobre dios del amor debe de andar agotado, haciendo horas extras para compensar la pereza verbal de sus clientes.

El problema, sin embargo, no es el teléfono. Es lo que hemos terminado haciendo con él. Un mensaje sin respuesta se convierte en una afrenta; un «jajaja» puede someterse a un examen de la Inteligencia Artificial para determinar si contiene entusiasmo, cortesía o una despedida disfrazada. Hay quien relee una frase durante media hora, consulta a sus amigos y construye una teoría sentimental de proporciones conspirativas. Todo eso para descubrir, al final, que el otro estaba ocupado o, sencillamente, no tenía ganas de contestar.

Hemos reemplazado la conversación por la interpretación. Y así, mientras creemos estar más conectados que nunca, nos entendemos cada vez menos. Perdimos el tono de la voz, la mirada, la sonrisa que a veces salva una frase torpe. Detrás de la pantalla no siempre encontramos a la persona real, sino a ese personaje que nuestra ansiedad se ha encargado de fabricar.

También hay que decirlo: el miedo a dar el primer paso no es patrimonio exclusivo de los hombres, como tampoco lo es la habilidad para hacerse el interesante. Unos levantan a la mujer un pedestal tan alto que después no saben cómo hablarle, otras personas convierten la indiferencia en una estrategia de seducción. 

Todos terminan jugando una partida en la que nadie quiere mostrar sus cartas por temor a perder la ventaja. Y el amor, que ya tiene suficientes complicaciones, acaba pareciéndose a una negociación comercial.

Por supuesto, tampoco se trata añorar el siglo pasado. En aquellos tiempos había galanes empalagosos, promesas de humo y caballeros que confundían un vestido bonito con una invitación. 

Las costumbres cambian, las mujeres han conquistado libertades que no están dispuestas a negociar y nadie tiene por qué corresponder a un interés que no comparte. Un no es un no, antes y ahora. Arrastrar el ala nunca debería significar arrastrar la dignidad del otro.

Pero en medio de tantas transformaciones hemos ido dejando jirones de dulzura.El cortejo enseñaba a esperar, a cuidar las palabras, a exponerse al rechazo y a entender que el deseo ajeno no se consigue por insistencia ni se cobra como una deuda. 

La buena labia era un arte, el lenguaje popular, una cantera de metáforas; y conquistar suponía correr un riesgo: poner el pecho y aceptar que podían cerrarnos la puerta en las narices.

Quizá por eso me da cierta tristeza la lenta extinción de «arrastrar el ala». No porque añore un mundo de serenatas obligatorias ni porque crea que el amor de antes era mejor, sino porque sospecho que, en esta carrera por protegernos de cualquier desaire, estamos olvidando el placer de acercarnos sin tantas precauciones.

A lo mejor el viejo galán no tenía un método infalible. A lo mejor también metía la pata, decía tonterías y regresaba a casa con el corazón maltrecho. Pero al menos entendía que conquistar no era pulsar un botón ni coleccionar respuestas: era poner algo de uno mismo en el intento.

En estos tiempos de mensajes instantáneos y afectos bajo demanda, detenerse a mirar a alguien a los ojos, soltar un elogio con gracia y aceptar una negativa sin montar un drama puede ser una pequeña revolución.

Y si alguna vez te animas a arrastrar el ala, procura que sea con elegancia. No vaya a ser que, por andar pendiente del teléfono, termines pisándote las plumas.

LA IMAGEN QUE ILUSTRA EL ARTÍCULO FUE GENERADA POR IA.