Prometer es prestar el futuro. Decirle a alguien: cuenta conmigo, aunque todavía no sepamos qué nos depara la vida.

La palabra empeñada


Hace unos días tuve una decepción. Un estudiante mío de Derecho se comprometió a realizar una diligencia relacionada con un derecho de petición. Era algo que, en realidad, habría podido hacer yo mismo, pero decidí confiar en él. Le entregué el dinero acordado y esperé. Después vino el silencio. No volvió a responder mensajes, no dio explicaciones ni cumplió con lo prometido. Se quedó con el dinero.

Me sentí estafado, desde luego, pero también decepcionado. No era solamente la plata. Era la confianza depositada en alguien que se está formando para ejercer una profesión en la que la palabra, la responsabilidad y la ética deberían tener algún significado.

Uno quisiera creer que estas cosas ocurren excepcionalmente, que pertenecen a esa zona oscura de la vida donde de vez en cuando tropezamos con un sinvergüenza. Pero no. La decepción puede estar cada semana en nuestra agenda. A veces llega disfrazada de favor, otras de negocio, amistad o amor. Uno abre la puerta creyendo que viene alguien a cumplir su palabra y termina descubriendo que traía una excusa, cuando no una mentira.

Antes, cuando un hombre daba su palabra, no hacía falta sacar una carpeta, llamar al abogado ni buscar un notario. Bastaba con mirarlo a los ojos. O, por lo menos, así nos contaron que era. Porque también en aquellos tiempos había embusteros, gente que prometía el cielo y no era capaz de poner un ladrillo.

Pero la palabra tenía un peso distinto. Comprometerse significaba poner algo propio en manos del otro: la reputación, el honor, esa pequeña parcela de dignidad que nos permite caminar por el mundo sin escondernos detrás de una excusa.

Prometer es prestar el futuro. Decirle a alguien: cuenta conmigo, aunque todavía no sepamos qué nos depara la vida.

El amor es, quizás, la forma más temeraria de ese crédito. Cuando alguien dice «te amaré para siempre», está hipotecando un tiempo que no le pertenece. No hay notario que pueda garantizar semejante cosa. Ni siquiera el corazón, que suele cambiar de parecer sin avisarle a nadie.

Y, sin embargo, necesitamos creer. Necesitamos que un padre le diga a su hijo «aquí estaré», que un hijo le prometa a su madre que no la dejará sola cuando envejezca. Necesitamos, incluso, hacernos promesas a nosotros mismos: dejar un vicio, terminar un libro, no convertirnos en aquello que alguna vez despreciamos.

Pero ¿qué ocurre cuando una promesa no se cumple? ¿Desaparece con ella todo lo que alguna vez significó?

Jorge Luis Borges se asomó a esa paradoja en The Unending Gift (el poema está al final del texto). Un pintor, Jorge Larco, le había prometido un cuadro, pero Borges supo que había muerto. La pintura no llegaría nunca. Entonces imaginó el lugar que habría ocupado en su casa y escribió: «Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará».

Hay que detenerse en ese espacio. Alguien había reservado un lugar para una promesa y ahora ese lugar estaba condenado a esperar lo imposible. Sin embargo, Borges descubre algo extraordinario: si el cuadro hubiese llegado, con el tiempo habría sido una cosa más, uno de esos objetos domésticos que terminamos mirando sin ver. Al no existir, en cambio, permanece ilimitado, capaz de cualquier forma y cualquier color. «Existe de algún modo», escribe. Vivirá con él hasta el final, como una música.

Al principio del poema, Borges había escrito: «Sólo los dioses pueden prometer, porque son inmortales». Pero al terminar, después de imaginar la vida interminable de aquel regalo ausente, concluye: «También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal».

Ahí está la belleza. El cuadro que Larco no entregó no se convirtió en una estafa ni en una decepción causada por la mala fe. La muerte interrumpió la promesa, pero no destruyó el afecto que la había originado. Borges pudo imaginar lo que nunca tuvo y conservarlo consigo hasta el final.

Mi experiencia con aquel estudiante es distinta. No hubo una muerte que interrumpiera el cumplimiento ni una circunstancia que volviera imposible la diligencia. Hubo una confianza depositada, un dinero entregado y alguien que desapareció sin dar respuesta. La diferencia importa: una promesa puede fracasar y conservar su belleza; el engaño, en cambio, destruye la confianza de quien creyó en ella.

El problema comienza cuando la palabra pierde su valor y prometer se convierte en una manera de salir del paso.

La política es un buen ejemplo. En campaña, los candidatos reparten futuros como si fueran volantes: acabarán con la pobreza, resolverán la inseguridad, transformarán el país. Después llegan al poder y descubren —algunos, porque otros ya lo sabían— que gobernar es más difícil que prometer.

La promesa incumplida se disfraza entonces de pragmatismo, de cambio de circunstancias, de dificultades heredadas. Siempre hay una explicación disponible. Lo que escasea es la vergüenza.

Cuando la palabra pública se devalúa, la desconfianza termina por meterse en todas partes. Ya nadie cree en el político, pero tampoco en el vecino, en el amigo, en el amante. Nos llenamos de contratos, comprobantes y capturas de pantalla. Queremos tenerlo todo por escrito porque hemos aprendido a desconfiar hasta de la memoria.

No estoy diciendo que los contratos sobren. Hay obligaciones que necesitan leyes, firmas y sanciones. El problema es creer que las garantías jurídicas pueden sustituir por completo la decencia. Un contrato puede obligar a pagar una deuda; difícilmente puede obligar a alguien a no ser un miserable.

La promesa pertenece a otro territorio: el de la conciencia, ese lugar donde no siempre llega la justicia y donde, sin embargo, deberíamos ser capaces de reconocer nuestras faltas.

Tal vez por eso nos duela tanto que alguien incumpla lo prometido. No perdemos solamente aquello que esperábamos recibir. Perdemos también una parte de la confianza con la que habíamos decidido vivir. A veces queda un espacio reservado para lo que nunca llegó. Otras veces no queda siquiera eso: apenas el recuerdo de alguien que nos vendió un futuro que nunca pensó entregarnos.

Al final, la palabra empeñada es una forma de crédito. No aparece en los extractos bancarios ni se mide en monedas, pero sostiene buena parte de nuestras relaciones. Quien cumple alimenta la confianza; quien promete por conveniencia termina gastándola.

No podemos exigirle eternidad a todo lo que sentimos. La vida cambia, los afectos se transforman y hay circunstancias que ningún juramento consigue vencer. Pero una cosa es que el futuro desmienta una promesa hecha de buena fe y otra muy distinta es prometer sabiendo que no se piensa cumplir.

Ahí está la diferencia entre equivocarse y engañar.

Quizá la verdadera inmortalidad de una promesa no consista en verla cumplida, sino en descubrir que aquello que la hizo nacer todavía conserva algún valor. Borges tuvo que renunciar al cuadro, pero no a la posibilidad de imaginarlo. Otros, en cambio, nos dejan una silla vacía, una puerta cerrada y la sospecha de que nunca hubo un regalo detrás de tantas palabras.

Y uno termina preguntándose qué es más triste: perder aquello que nos prometieron o descubrir que, para quien lo prometió, nunca existió.

 

The Unending Gift

Un pintor nos prometió un cuadro.
Ahora, en New England, sé que ha muerto. Sentí, como otras
veces, la tristeza de comprender que somos como un sueño.
Pensé en el hombre y en el cuadro perdidos.
(Sólo los dioses pueden prometer, porque son inmortales.)
Pensé en un lugar prefijado que la tela no ocupará.
Pensé después: si estuviera ahí, sería con el tiempo una cosa más,
una cosa, una de las vanidades o hábitos de la casa;
ahora es ilimitada, incesante, capaz de cualquier forma y
cualquier color y no atada a ninguno.
Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música y
estará conmigo hasta el fin. Gracias, Jorge Larco.
(También los hombres pueden prometer, porque en la promesa
hay algo inmortal.)

Jorge Luis Borges

 

LA ILUSTRACIÓN DEL ARTÍCULO FUE REALIZADA CON I.A.