Un saludo para quien no saluda

Un saludo para quien no saluda


Saludar es reconocer al otro.

En esencia, saludar es saludable. Hay en ese gesto una antigua intención de bienestar, algo de plegaria: desear que el otro siga estando bien, que la vida lo conserve entero, que no le falte la salud ni la fortuna.

La palabra española saludar procede del latín salutare, que significaba saludar, rendir respetos y, en su sentido más antiguo, desear salud a alguien. Los romanos decían salve al encontrarse con alguien. 

La expresión conservaba esa antigua relación entre el saludo y el deseo de que el otro estuviera sano, a salvo. Nosotros, siglos después, seguimos repitiendo el gesto, aunque hayamos olvidado lo que contiene.

El saludo, antes de convertirse en una convención de la urbanidad que algunos cumplen con desgano y otros desprecian, fue una manera de conjurar la fragilidad de la existencia. Decirle al otro que su presencia importa, que nos alegra que siga vivo.

Por eso nos desconcierta quien no saluda. No porque el mundo tenga que detenerse ante nuestra presencia, sino porque en ese gesto exiguo hay algo más que cortesía: una forma elemental de humanidad.

Mi amiga Diana Sofía Moreno suele recordar, a propósito de esto, un adagio popular: «Hay gente que parece que hubiera dormido con uno». Y cuánta ironía hay en esas palabras.

Aquí entramos en el terreno de la antropología del cuerpo. Antes de que existieran las fórmulas verbales, los seres humanos necesitaban comunicar algo esencial al encontrarse: te reconozco y no represento una amenaza para ti.

El saludo puede expresarse mediante una inclinación de cabeza, una sonrisa, un abrazo, un cruce de miradas, un movimiento de la mano o el contacto entre las manos.

Supongo que el apretón de manos es el gesto más antiguos documentado. Suele interpretarse como señal de confianza, acuerdo e intención pacífica. Mostrar la mano vacía era una manera de indicar que no se llevaba un arma. Saludar implica algo sencillo, pero al mismo tiempo profundo: aceptar la existencia del otro. Reconocerlo. Sacarlo de la condición de paisaje. Decirle, aunque sea durante un segundo: «Sé que estás ahí».

La omisión del saludo, cuando es deliberada, resuena como un estruendo silencioso. Constituye un bochorno particularmente áspero, el hermano mayor de las descortesías.

La «ignoración» sucede, sobre todo, en las mañanas, cuando la gente coincide en ascensores, oficinas, locales comerciales, pasillos, conjuntos residenciales y tiendas. Alguien entra, mira de reojo, identifica a los presentes y, aun así, decide no decir ni jota. Ni un «buenos días», ni un gesto de reconocimiento, ni siquiera una inclinación de cabeza. Nada.

No hablo de quien no saluda porque está distraído, ensimismado o sencillamente no tiene disposición para hacerlo. Hablo de quien reconoce la presencia del otro y, aun así, decide ignorarla. Algunos, llevados por un momento de apocamiento, consiguen emitir un saludo escueto entre dientes, como un gruñido deforme cercano al «buenos días». Un saludo obligado, de esos que parecen salir con dolor de muelas.

La negación deliberada del saludo es un silencio escogido, como cuchillo afilado durante días. Se trata del más elocuente vacío que se produce cuando dos personas se cruzan y una de ellas decide mirar hacia otra parte.

Ahí sí no hay mucho que hacer, salvo que el otro asuma también su silencio como riposta, como trompada devuelta: pagar con la misma moneda. Ese, y no otro, es el hueso por el cual dos hombres pueden matarse en la disputa por un mango crecido entre dos patios.

No me refiero al silencio abierto de dos enemigos declarados. Hablo de uno más áspero: el de quienes son compañeros de trabajo o alguna vez compartieron risas, sobremesas y complicidades, y ahora se evitan, se desconocen.

Por otro lado, hay quienes subestiman el poder de un saludo negado. No saben que pocas formas de desprecio son tan contundentes como la indiferencia deliberada. No hacen falta insultos, reclamos ni palabras gruesas: basta con dejar una mano esperando en el aire, esquivar una mirada o fingir que el otro se ha vuelto invisible. Es una descortesía que no distingue jerarquías: ocurre en la esquina del barrio, en los despachos presidenciales y hasta en los escenarios deportivos.

Ahí aparece el monstruo: el culto exagerado al yo, esa especie de totemismo del ego. El individuo se contempla como el centro del universo y considera que su tiempo, sus preocupaciones y sus asuntos poseen una importancia superior a los de los demás. Los otros quedan reducidos a la condición de mueble: están ahí, pero no cuentan. Y cuando el desprecio encuentra respuesta en otro desprecio, la indiferencia empieza a convertirse en una pequeña escuela de hostilidad.

Hay una diferencia entre guardar silencio y utilizarlo como instrumento de exclusión. En el segundo caso, la persona no está simplemente dejando de hablar: está negándole al otro su condición de interlocutor. Le está diciendo, sin pronunciar palabra, que no merece siquiera el esfuerzo de un saludo.

El cuchillo se clava precisamente en esa necesidad humana de ser visto. Desde la infancia buscamos una mirada que nos confirme, un gesto que nos integre a un grupo, una palabra que nos haga sentir parte de una comunidad. Cuando esa posibilidad de reconocimiento desaparece, algo del tejido social se desgarra.

Saludar supone un pequeño sacrificio para la soberbia. Obliga a descender del pedestal imaginario y admitir que compartimos la misma condición humana, las mismas incertidumbres y fragilidades. Hay una vanidad moderna que confunde la autosuficiencia con la mala educación; cree que la distancia otorga estatus y que la indiferencia proyecta importancia. Pero ocurre exactamente lo contrario. La verdadera grandeza nunca ha necesitado ignorar a nadie para sentirse superior.

Quizás ha llegado el momento de recuperar la sencillez de un gesto que parecía menor. Mirar al otro. Sonreír. Decir buenos días.

Reaccionamos a mensajes enviados desde miles de kilómetros, pero somos incapaces de mirar amablemente a quien está a nuestro lado. Así somos: una sociedad que se comunica mucho, pero se reconoce poco.

LA IMAGEN QUE ILUSTRA EL ARTÍCULO FUE CREADA POR I.A.