ABELARDO entró a dar la batalla cultural en el mismo terreno de los progres


  • "Por sus frutos los conocerán." — Evangelio según San Mateo 7,16

Durante muchos años, una parte importante de la derecha latinoamericana cometió un error estratégico que terminó costándole innumerables derrotas políticas. Mientras los movimientos progresistas avanzaban en universidades, medios de comunicación, redes sociales, espacios culturales y debates simbólicos, muchos sectores conservadores concentraban sus esfuerzos exclusivamente en la economía, la seguridad o la administración pública.

El resultado fue evidente: la izquierda logró instalar marcos narrativos, lenguajes, símbolos y relatos capaces de conectar emocionalmente con amplios sectores de la población, especialmente con los jóvenes.

Sin embargo, en el escenario político actual comienza a observarse un fenómeno diferente. Algunos líderes han comprendido que la disputa electoral ya no se libra únicamente en el terreno de las propuestas técnicas o de las cifras económicas. También se libra en el terreno cultural, comunicacional y simbólico.

En ese contexto aparece la figura de Abelardo, acompañado además de una fórmula vicepresidencial que fortalece significativamente su propuesta de gobierno. No se trata simplemente de una alianza electoral diseñada para sumar votos, sino de la construcción de lo que en el ámbito empresarial y organizacional se conoce como un verdadero Equipo de Alto Rendimiento: un grupo de liderazgo capaz de complementar capacidades, sumar experiencias y afrontar con solvencia los complejos desafíos del país.

Por esta razón, la campaña de Abelardo no solo apela al voto basado en afinidades ideológicas o en la simpatía personal hacia un candidato. También interpela a un sector creciente de ciudadanos que reflexiona desde la lógica del llamado “voto útil”.

El voto útil consiste en apoyar a la candidatura que tiene mayores posibilidades reales de alcanzar los objetivos que el elector considera prioritarios, incluso cuando no coincida plenamente con todas sus preferencias. En otras palabras, es un voto estratégico que busca maximizar el impacto político de la decisión electoral y evitar que la fragmentación de apoyos favorezca opciones consideradas menos convenientes.

Muchos colombianos podrían encontrar razones para considerar esta alternativa. Quienes valoran la experiencia administrativa, la capacidad de gestión, la construcción de equipos competentes y la posibilidad de generar consensos amplios podrían concluir que respaldar a Abelardo representa no solamente una expresión de apoyo a unas ideas determinadas, sino también una decisión pragmática orientada a fortalecer una opción con capacidad real de gobernar y producir resultados.

Lo interesante de su irrupción política es que no ha intentado combatir a los progresistas desde las viejas fórmulas discursivas. Por el contrario, ha decidido entrar al mismo escenario donde tradicionalmente la izquierda ha tenido ventaja: las redes sociales, la comunicación directa, la construcción de relatos, el contacto emocional con los ciudadanos y la disputa por el sentido común.

La diferencia radica en que Abelardo no parece apoyarse únicamente en consignas o eslóganes. Su principal fortaleza es que detrás de su discurso existe una trayectoria profesional concreta.

Mientras muchos políticos construyen su imagen alrededor de promesas futuras, Abelardo puede señalar realizaciones previas. Su experiencia en el sector privado le permite hablar desde la gestión, desde los resultados y desde la experiencia acumulada en la dirección de equipos humanos.

En una época marcada por el descrédito de la política tradicional, este elemento adquiere especial relevancia. Los ciudadanos ya no quieren escuchar únicamente lo que los candidatos prometen hacer. También quieren saber qué han hecho antes de pedir el voto.

La credibilidad se ha convertido en uno de los activos más escasos de la política contemporánea.

Por eso resulta significativo que buena parte del atractivo de Abelardo no provenga exclusivamente de una identidad ideológica, sino de una narrativa de ejecución y liderazgo.

Su discurso conecta con una idea sencilla: si fue capaz de obtener resultados en escenarios complejos del sector privado, podría trasladar parte de esas capacidades al ámbito de la administración pública. Tristemente muchos dudan de esa capacidad, para poner su esperanza en alguien que al parecer ni una tienda de barrio ha gerenciado (espero estar equivocado).

Naturalmente, gobernar una ciudad o un país no es lo mismo que dirigir una empresa. Son realidades distintas, con desafíos diferentes y responsabilidades mucho más amplias. Sin embargo, la ciudadanía suele valorar competencias que son comunes a ambos mundos: capacidad de liderazgo, gestión de equipos, planeación estratégica, toma de decisiones y orientación a resultados.

Otro aspecto relevante es su capacidad para relacionarse con distintos sectores sociales.

La política contemporánea ya no premia únicamente al experto técnico ni exclusivamente al líder carismático. Premia, sobre todo, a quienes logran combinar conocimiento, cercanía humana y capacidad comunicativa.

En este punto, Abelardo parece haber entendido una lección fundamental de la política moderna: los datos convencen, pero las historias movilizan.

Por eso su presencia en el debate público no se limita a exponer cifras o diagnósticos. También busca conectar con experiencias concretas, preocupaciones cotidianas y expectativas reales de los ciudadanos.

Mientras algunos adversarios centran buena parte de su estrategia en la confrontación discursiva, Abelardo intenta posicionarse como alguien que ofrece soluciones prácticas respaldadas por experiencia previa.

La verdadera batalla electoral no se decidirá únicamente por quién habla más fuerte o por quién domina mejor las redes sociales. Se decidirá por quién logra convencer a los ciudadanos de que posee la preparación, la experiencia y el liderazgo necesarios para transformar las promesas en resultados.

Y precisamente allí radica la apuesta de Abelardo.

No pretende disputar únicamente una elección.

Pretende disputar una narrativa.

La narrativa según la cual la experiencia empresarial, la formación profesional, la capacidad gerencial y el liderazgo humano pueden convertirse también en herramientas eficaces para el servicio público.

Si esa narrativa logra consolidarse, su impacto podría trascender una coyuntura electoral específica y convertirse en una referencia para una nueva generación de liderazgos políticos que buscan combinar gestión, comunicación y cercanía ciudadana.

La política, al final, no es solamente una lucha por el poder.

Es también una lucha por las ideas, por los relatos y por la confianza.

Y en ese terreno, Abelardo ha decidido jugar el partido completo.

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Nota: Este texto está redactado como artículo de opinión política y no como pieza informativa, por lo que presenta valoraciones e interpretaciones propias del autor.