Introducción
- El problema no es que el presidente quiera pasar a la historia. El problema es que está dispuesto a incendiar el presente para lograrlo.
Antes de empezar, debo aclarar algo. Este artículo lo escribí el 31 de enero de 2026 y lo dejé engavetado, como tantos otros textos que esperan su momento. Nunca imaginé que su contenido terminaría materializándose —literalmente— en una película financiada con recursos públicos, utilizada para seguir alimentando el ego de “Narciso”*. Pero, como suele ocurrir en la política colombiana, la realidad terminó superando la ficción.
Hay una escena inolvidable del cine de finales del siglo XX.
En la llanura interminable, bajo un sol implacable, el teniente John Dunbar cabalga solo hacia las líneas enemigas. No porta estandarte, no grita guerra, no tiene causa que lo sostenga. Solo una camisa blanca sucia y unos brazos abiertos que no desafían: expresan hastío.
El enemigo lo ve acercarse y tarda en reaccionar. Los oficiales vociferan, los fusiles se alzan, el aire se llena de disparos torpes. Las balas zumban, rozan, levantan polvo junto a los cascos del caballo. Pero Dunbar no acelera ni esquiva. Sigue trotando con la terquedad absurda de quien ya no espera absolutamente nada.
No hay heroicidad en su figura. Es la lentitud de un hombre que se cansó de respirar. Un fracasado que entendió que ni siquiera merece el esfuerzo de suicidarse con dignidad: mejor que lo maten otros, de paso, sin mayor molestia.
Abre los brazos no por valentía, sino porque ya le da igual esquivar. Es el gesto nihilista de quien transformó el suicidio en una caminata lenta bajo el fuego.
Esa escena de Danza con lobos (1990) no solo definió la película: consagró a Kevin Costner. El teniente cabalgando solo, brazos en cruz, desafiando balas, se convirtió en un ícono y le abrió las puertas del Óscar.
Treinta y seis años después, esa imagen parece explicar con inquietante precisión la manera como gobierna Gustavo Petro.
Gobernar como si fuera una película
Petro actúa como si estuviera filmando su propia escena de consagración histórica.
Cada gesto extremo parece pensado para quedar registrado en la memoria colectiva.
Cada confrontación parece diseñada para construir una narrativa épica donde él siempre aparece como protagonista.
No gobierna con prudencia institucional: gobierna con gestos dramáticos.
No busca resolver conflictos: los intensifica.
No administra el poder: lo teatraliza.
En las últimas semanas ha confrontado a líderes internacionales, humillado públicamente a miembros de su propio gabinete, reactivado la idea de una constituyente sin base política clara, insinuado cambios institucionales peligrosos y provocado deliberadamente a sectores religiosos con interpretaciones polémicas sobre figuras centrales del cristianismo.
Nada de eso parece accidental.
Todo responde a una lógica narrativa: permanecer en escena.
El impulso de trascender
El teniente Dunbar cabalgaba hacia las balas porque estaba vacío.
Harto de la rutina, del sinsentido, como el Sísifo de Camus empujando eternamente su roca, su gesto era al mismo tiempo suicida y narcisista: prefería morir siendo visto antes que desaparecer en la mediocridad invisible.
Ese mismo impulso —la necesidad obsesiva de trascender— parece animar el estilo político de Petro.
Habla constantemente de su lugar en la historia, de su legado mundial, de cómo será recordado. Rara vez habla con la misma intensidad del funcionamiento cotidiano del Estado.
Cuando el deseo de trascendencia se desconecta de la realidad institucional aparece un fenómeno conocido en psicología política: el narcisismo mesiánico.
El líder deja de servir al país. El país empieza a servir a la biografía del líder.
La huida permanente hacia el conflicto
Dunbar cabalgaba hacia el fuego porque no soportaba la nada.
Petro cabalga hacia el conflicto porque no soporta la normalidad institucional.
La estabilidad no produce titulares. El consenso no genera épica. La administración tranquila del poder no construye leyendas.
El conflicto sí.
Por eso la agenda pública se llena de provocaciones, confrontaciones y escándalos que mantienen al país en estado de agitación permanente.
Mientras tanto, los problemas estructurales del país —salud, seguridad, crecimiento económico— avanzan sin soluciones claras.
Cuando la política se vuelve espectáculo
El problema es que la política no es cine.
En el cine el disparo fallido produce tensión dramática.
En la política el disparo fallido puede destruir instituciones.
Cuando un presidente gobierna desde la teatralidad constante produce un efecto psicológico profundo en la sociedad: ansiedad estructural.
La ciudadanía entra en estado de alerta permanente.
Cada día puede traer una nueva pelea, una nueva frase incendiaria, una nueva crisis fabricada.
Ese clima desgasta la convivencia, alimenta la polarización y deteriora la confianza pública.
El Estado deja de ser un espacio de estabilidad para convertirse en una fuente constante de incertidumbre.
El país como espectador
Pero hay algo aún más preocupante.
Una parte del país ha terminado atrapada en la lógica del espectáculo.
Los seguidores del presidente celebran cada gesto dramático como si fuera una victoria política. Sus críticos reaccionan con indignación permanente.
Ambos grupos, sin darse cuenta, alimentan el mismo escenario.
La política se convierte en entretenimiento.
Y el país termina viviendo dentro del guion del protagonista.
Apagar el reflector
Tal vez la forma más efectiva de enfrentar ese modelo de liderazgo no sea gritar más fuerte.
Tal vez sea apagar el reflector.
Dejar de amplificar cada provocación.
Dejar de convertir cada frase incendiaria en un evento nacional.
Reconstruir lo que el espectáculo destruye: confianza, diálogo local, acuerdos concretos, instituciones que funcionen sin necesidad de drama.
Las sociedades maduras no se organizan alrededor de un personaje.
Se organizan alrededor de reglas.
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* Polémica por actuación de Gustavo Petro en película financiada con recursos públicos. Y eso que no hay plata para la salud, la educación, la seguridad del país. para las emergencias invernales...