Ayer, las calles de Cartagena fueron escenario de una noche de terror y violencia absurda. Los enfrentamientos entre hinchas del Real Cartagena y del Junior nos obligan a hacernos una pregunta dolorosa, pero necesaria: ¿cómo es posible que un trozo de tela dicte el valor de la integridad de una vida humana? Hemos permitido que la pasión por un equipo de fútbol se convierta en un tribalismo salvaje, donde vestir los colores contrarios se convierte en una sentencia de enemistad y agresión. En ciertas ocasiones, la vida se vuelve desechable frente al fanatismo ciego de los hinchas.
Pero esta irracionalidad no es de mera exclusividad de las barras bravas; es un reflejo a pequeña escala de nuestra realidad nacional. Si cambiamos la camiseta deportiva por una bandera política o una ideología, el resultado es exactamente el mismo: el que piensa diferente se convierte en el enemigo que debe ser destruido o eliminado del panorama electoral. En el estadio, la intolerancia se mide a golpes; en la política, se traduce en una polarización asfixiante que históricamente nos ha costado mucha sangre y violencia. Nos hemos convencido, equivocadamente, de que pensar distinto es una cuestión personal.
¿Qué podemos esperar de una sociedad que responde con violencia a la diferencia? Si no somos capaces de tolerar que otra persona apoye a otro equipo, mucho menos lograremos construir consensos para nuestro país.
El cambio no llegará mágicamente por un decreto que refuerce la seguridad ni con más policías en las gradas y calles. La verdadera transformación debe nacer en lo cotidiano, en la costumbre social, en la forma en que nos expresamos en nuestras casas sobre el rival deportivo o el opositor político. Si normalizamos el insulto y el desprecio en la mesa familiar o en nuestras redes sociales, no podemos sorprendernos cuando esa misma violencia estalla de forma trágica en las calles de nuestra ciudad.
Necesitamos mejorar con urgencia. Es necesario e imperativo desarmar el corazón, las manos y las mentes. Ningún partido de fútbol, ni ninguna postura política, vale más que una vida humana o la integridad de la misma. El verdadero rival a vencer no es el que viste la camiseta contraria o vota diferente, sino la profunda intolerancia que hemos normalizado.