Definitivamente, ya no provocan ganas de leer tanta insustancialidad en la prensa colombiana. Cada página parece escrita con la intención de convencernos de que el país se derrumba, como si la administración actual fuera el origen de todos los males y no la consecuencia de siglos de inequidad. No hay ni evidencia contundente ni investigación seria. Todo es superficial.
Según los autoproclamados expertos de la fácil «información o la desinformación», los colombianos somos ingenuos e incapaces de advertir y analizar la realidad, y por eso nos pintan un pasado idílico. En sus sapientes palabras, un supuesto edén donde todo funcionaba a la perfección se derrumbó. ¡Qué ironía tan cruel, pensar que estudiaron en prestigiosas universidades y escuelas de periodismo! Ese paraíso nunca existió, salvo para los pocos que siempre han tenido el dinero a borbotones, mientras la mayoría sobrevivía en la pobreza y la desigualdad con la esperanza de los subsidios o el mísero salario mínimo. Es triste ver a mi país convertido en caricatura por quienes se niegan a aceptar que las transformaciones son necesarias y urgentes. No se dan de la noche a la mañana como por arte de magia.
La gravedad de esta práctica mediática trasciende las fronteras. El 26 de noviembre de 2025, en la gala de los Premios Ondas celebrada en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, José Miguel Monzón (conocido como El Gran Wyoming) fue galardonado como «Mejor Comunicador». En su discurso, articuló con vehemencia una tesis fundamental y plenamente vigente en nuestro contexto: «Un periodista deja de serlo cuando miente.» y yo reitero, cuando se cree que es el único que puede opinar y decir verdades.
Este planteamiento no se limita a una cuestión de decencia elemental desde su ética periodística, sino que constituye una defensa del propio sistema democrático, hoy gravemente amenazado por quienes utilizan la información como vehículo de falsedades con total impunidad sin que nadie los castigue. Wyoming subrayó que el periodista debe ser garante de la verdad y no cómplice de la desinformación ni del poder, un reclamo que resuena con fuerza en medio de la polarización y el alarmismo que caracterizan buena parte de la prensa nacional colombiana.
En Colombia, la política parece haberse convertido en un teatro de comedia barata donde los gritos sustituyen a los argumentos y los titulares alarmistas reemplazan la deliberación. El acabose del periodismo serio e investigativo. Basta revisar la prensa de los últimos días para advertir cómo se instala un relato de crisis permanente: «Gobierno Petro bajo críticas por contratos», «Petrosalud destruye el sistema», «Derrota fiscal agrava la crisis». No son análisis técnicos, sino consignas que buscan sembrar miedo y deslegitimar cualquier intento de reforma. Pareciera que antes vivíamos en un país lleno de felicidad donde no existía pobreza sino abundancia de oportunidades. El lenguaje de la alarma se repite como un eco que pretende convencer al ciudadano de que el cambio es sinónimo de caos.
Sin embargo, detrás de esa estridencia hay un programa que intenta corregir fallas históricas: dignificar el trabajo, universalizar la pensión, democratizar la salud, redistribuir la carga tributaria. Son propuestas que, más allá de los ajustes que sean necesarios, apuntan a un horizonte de justicia social. Que por lo menos la brecha se acorte. Pero ese horizonte es torpedeado por una alianza tácita entre cortes que marcan límites con dureza como nunca lo hicieron cuando debieron haberlo hecho, un Senado que bloquea con cálculo electoral sin vergüenza reformas que contribuirían a mejorar el estado actual de inequidades y abandono; y gremios empresariales que amplifican la idea de que las reformas son una amenaza para la estabilidad de sus riquezas. La estrategia es clara: convertir cada iniciativa en un escándalo, cada consulta en un gasto inútil, cada discurso en una prueba de autoritarismo. La intención es manipular a un grueso de pueblo iletrado a temer a las transformaciones de un partido político diferente a los tradicionales con unas ganas de equilibrar la anquilosada balanza de injusticias sociales.
La filosofía política nos recuerda que la democracia no es el arte de impedir, sino el arte de deliberar. Cuando la oposición se reduce a caricaturizar y a negar, pierde su función de contrapeso y se convierte en una talanquera de contención que impide la circulación de ideas. Como decía Héctor Rojas Herazo, «el hombre en la actualidad no habla: muge.» Y eso es lo que vemos en ciertos sectores: mugidos de odio, bilis convertida en consigna, incapacidad de elevar el debate a la altura de la razón. El problema no es que se critique al gobierno -la crítica es necesaria y saludable-, sino que se haga desde la desinformación y el alarmismo.
La oposición debería demostrar con datos por qué una reforma laboral podría afectar el empleo, o con cifras reales cómo una reforma pensional comprometería la sostenibilidad fiscal. Pero en lugar de eso, se opta por el ruido mediático y por titulares que niegan el valor de los cambios sin fundamento. La ciudadanía, por su parte, debe aprender a discernir entre el grito y el argumento, entre el miedo y la evidencia. Porque las reformas no son un capricho, son una respuesta a un país que lleva décadas con salud precaria, pensiones excluyentes y trabajo informal. Negarlas sin discusión es perpetuar la injusticia.
Hoy, más que nunca, creo que necesitamos una oposición que piense, no que muja, un empresariado que dialogue, no que amenace; unas cortes que equilibren, no que bloqueen; y un Congreso que legisle desde el discernimiento y la realidad del país, no que sabotee. La democracia se prueba en la capacidad de discutir con altura, de aceptar que el poder no es patrimonio de una élite, sino mandato de un pueblo que exige cambios. El reto filosófico es superar la cultura del miedo y del odio, y abrir paso a una cultura de la razón y la esperanza. Porque un país no se construye con titulares alarmistas, sino con reformas que, aunque imperfectas, buscan dignificar la vida. Y esa dignidad no puede seguir siendo postergada por quienes prefieren el ruido a la justicia.
Fuentes de algunos titulares: consultar en línea
https://docs.google.com/document/d/1WngUaCDdPwdeJ8TbujyaJdVH4cLqfAox9oMWa8Qr07g/edit?hl=es&tab=t.0
https://www.facebook.com/share/v/17mJt7E3jQ/