Débora Arango Medellín (Colombia) , 1907 - Envigado (Colombia), 2005  Maternidad 1944

Y tú... ¿por qué no tienes hijos?


El otro día, mientras practicaba el postre que iba a implementar para mi trabajo de grado de cocina —y tengo que reconocer que fue un fiasco total (pero eso se los cuento en otra publicación)—, una niña conversaba conmigo mientras acompañaba a su abuelo, que instalaba unos cuadros en una de las habitaciones de huéspedes de mi casa.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunté.
—Once —me respondió.
—¿Y tú? —me devolvió la pregunta.
—Treinta y ocho.

Me miró con una mezcla rara de inocencia, asombro e incredulidad.

—Y tú tan grandota… ¿por qué no has tenido hijos? Mi mamá me tuvo bien jovencita.

La miré pensando: Ay, Dios mío, niña… ¿qué has hecho? Acabas de tocar la puerta de la mente de una mujer demasiado inteligente, que ya elaboró su historia y es dueña de ella.

Respiré profundo, e invocando toda la sabiduría divina para responder con amor y sin veneno. Créanme: me he entrenado durante los últimos tres años para eso, y es de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. (No la logro siempre, pero seguimos practicando.) Entonces sonreí y le contesté con toda la reverencia que se merece un niño.

—Porque quiero hacer cosas grandes e importantes en el mundo. Quiero ser una escritora muy famosa. También quiero cantar, cocinar, bailar, actuar en la pantalla grande y en la chica… quiero mostrarle al mundo los talentos que he cultivado durante años. Quiero ser una gran artista. Y si soy mamá, no voy a poder dedicarle tiempo a mi hijo. Estoy completamente segura de que no voy a poder hacer bien las dos cosas.

La niña ni parpadeó y respondió como ametralladora:

—Eso es mentira. Mi abuela trabaja y también me cuida a mí y a mi hermanita. También nos cocina y a veces vamos de paseo. Nos divertimos.

Yo pensaba: nojoda, el universo tiene sentido del humor: siempre me manda unos maestros de primera calidad, usualmente recorridos… pero esta vez me mandó una maestra de once años, sin títulos y, por lo visto, sin gota paciencia.

Queriendo llevar la conversación a un lugar menos incendiario, le pregunté:

—¿Ya has pensado a qué te quieres dedicar cuando seas grande?

—No —me dijo, frunciendo el ceño, como si pensar en ese futuro siendo tan niña fuera un oficio inútil y aburrido.

Sonreí con una mirada que no sabía si era dulce o cínica, y le dije:

—Esto es interesante: le estás cuestionando a una mujer casi 30 años mayor que tú sobre su decisión de ser mamá, pero tú todavía no has empezado a pensar qué quieres ser cuando crezcas.

Sonrió con vergüenza… y con curiosidad.

—¿Qué te gusta hacer? ¿Algún deporte? ¿Algo que te llame la atención?

—Natación. Me gusta la natación.

Y ahí vi la oportunidad perfecta para enseñarle a soñar despierta. A visualizar. Porque durante años la improvisación manejó mi vida, y muchos hogares se fundan en la improvisación como principio, pero luego se atreven a llamarle a sus naufragios mala suerte o falta de oportunidades.

—Óyeme, qué espectacular —le dije—. El deporte te da disciplina. Y si te apasiona y te propones ser la mejor, vas a viajar por el mundo, conocer lugares increíbles, probar otras comidas, otros postres… sabores que ni imaginas que existen.

A la niña se le abrían sus ojos marrones con cada palabra, mientras yo dibujaba escenarios grandiosos en el aire con las manos.

—Imagínate en un podio, ganando medallas, siendo la mejor en eso que deseas… quizá representando al país, mostrando tu brillo. Y ahí sí, cuando te aburras o cuando conquistes lo que quieras, cuando hayas vivido, probado, experimentado, quizá si decides ser mamá. Porque usualmente las mujeres salimos de ser las niñas de la casa a amas de casa sin tiempo para conocernos en soledad o pensarnos. Además —y aquí lo digo sin filtro— una no viaja cómoda en bus con hijos, tareas, responsabilidades, esposo a bordo y un poco de problemas encima. Yo quiero tiempo suficiente para viajar cómoda. Quiero primera clase. Quiero además todos lujos que me dé la gana de darme. Quiero abundancia. Y quiero disfrutar mi vida a mi manera.

La niña volvió a su argumento, tercamente:

—Ángela, pero mi abuelita trabaja y también se va con nosotras de paseo. Así que puedes hacer las dos cosas.

Entonces se asomó, como un pececito bajo el agua, la pregunta capciosa… la que realmente importaba.

—Todo el tiempo me hablas de tu abuelita… ¿y tu mamá?

Su cara se descompuso.

—Mi mamá está con mi papá trabajando en Estados Unidos para mandarnos platica —dijo, y se le dibujó una tristeza profunda.

—¿Y extrañas a tu mamá?

—Bastante —respondió, suspirando—. Hace dos años que no la veo. Me hace mucha falta.

Ahí entendí el enfoque de nuestra trascendental conversación no era una discusión sobre los hijos, sino una conversación sobre la ausencia.

—¿Te das cuenta de por qué la conformación de una familia hay que planificarla mejor? —le dije con toda la suavidad—. ¿Ahora entiendes lo que intento decir cuando afirmo que no se pueden hacer todas las cosas al mismo tiempo?

Bajo una de mis interpretaciones, eso se acerca a una sabiduría antigua, como la que guarda el libro de Mateo 6:24: “Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro”. Y esto no es para condenar el dinero, pero he escuchado a amigas quejarse, aguantar en silencio el estar drenadas por un trabajo que no les gusta, pero que deben aguantar en nombre de la independencia económica, porque usualmente cuando llegan los niños a la familia se suelen dar cuenta que una manutención de calidad vale dinero.

Entonces, sin darme cuenta, empecé a hablarle también a mi niña interior.

Le conté que mi mamá, muchas veces, tenía que dejarme con chicas que ni sabían leer, llenas de problemas, y con las que yo ni siquiera podía jugar. O con vecinas que no me soportaban, porque yo era una niña intensa: curiosa, rápida, hambrienta de experiencia. Y hoy lo entiendo: no todos los niños son iguales. Hay unos más calmados. Otros requieren cuatro ojos. Y una niña hábil, inteligente y temeraria… requiere cuatrocientos mil ojos encima.

Yo me trepaba a los techos, traspasaba balcones, saltaba camas y camarotes, me subía a los palos. Yo vivía marcada con los signos propios de la travesura en la piel: un morado, un chibolo, una cortada.

—¿Y mi momento más feliz del día? —le dije—. Adivina cuál era.

—¿Cuál? —preguntó ella.

—Cuando mi mamá llegaba de trabajar.

Pero llegaba cansada. Sin tiempo para el juego. Se levantaba a las cuatro de la mañana, atendía la casa, a mi papá, a mi hermano, a mí. Luego trabajaba en dos colegios y también iba a la universidad porque, además, hacía una especialización. Mi mamá, siempre tan culta, tan inquieta de conocimiento. Siempre le gustó superarse. Volvía en buseta con un cargamento de exámenes. Y llegaba a cocinar, a revisar tareas, a escuchar quejas sobre una niña a la que no se le agotaba la batería.

Te lo juro… a veces, en esa agenda copada por el cansancio, no había espacio para infancia.

A las mujeres —le dije— históricamente nos ha tocado duro: nos obligan a obedecer desde niñas y, de adultas, además de prácticamente tener que ser mamás (porque cuando no lo eres te lo cuestionan con una autoridad moralmente superior), tenemos que trabajar, ser buenas esposas, y además ser médicas, contadoras, cocineras, lavanderas… y a algunas hasta les toca planchar. Y por si fuera poco, el mundo exige que seamos ‘buen ejemplo’.

Y aun así mi mamá sacaba tiempo: me sentaba en sus piernas, me cantaba, me leía libros. Y, fundida por el sueño, además me tenía que acariciar la espalda para que yo pudiera conciliar el sueño. Y yo siempre perceptiva, veía el cansancio en su carita y la tristeza en sus ojos, pero no porque no me amara, sino porque amar también puede doler y pesar mucho cuando no te queda más opción que partirte en pedazos para sostenerlo todo. La diferencia entre la niña que fui y la mujer que soy es que en ese entonces no tenía las herramientas para entenderlo.

Mi mamá ha sido una mujer muy fuerte. Su papá murió temprano. Y ella empezó a responder por su familia desde los 17 años. Luego fue esposa y madre. Y eso es mucho. Además, tuvo el sueño frustrado de ser cantante, porque el arte, sobre todo en esa época, no era tomado en serio y además era un privilegio. Considero que nosotras las mujeres cargamos con tanto… y a la vez qué crueles podemos ser entre nosotras mismas.

Por eso yo creo que la maternidad —si se desea— es algo que hay que pensarse y planificarlo muy bien. Porque si al final vas a sacrificar el tiempo que le pertenece a tu hijo y encargarle la crianza a otra persona para buscar dinero … pues… ¿no te parece inútil?

La niña me miró, seria, y dijo:

—Ya entendí. No quiero tener hijos.

Y aquí viene mi confesión: ese día algo dentro de mí gritó: ¡yessssss! Porque sentí que logré sincronizar el cerebro, el alma y el corazón de una niña para conformar un universo de mujeres que cuestionan… que se atreven a mirarse con honestidad y a pensarse y repensarse completas.

Y agradezco a la vida la oportunidad de poder observarme y conocerme en cada una de mis diferentes dimensiones, porque eso fue lo que dio lugar a que se abriera una conversación que casi nunca nos permitimos: una donde una mujer puede decir “quiero libertad” sin que la lapiden o que la tilden de exagerada, y donde una niña puede ponerle nombre a su tristeza sin que el mundo entero la está apurando para que sea fuerte, porque la sensibilidad es un lujo muy caro al que difícilmente podemos acceder, pero que yo he aprendido a no negarme.

Hoy no creo que la vida se trate de ser ‘ejemplar’, porque si no habitáramos en el cielo. Creo que se trata ser honestas y para eso se requiere mucha valentía. Yo lo reitero: quiero ser una chispa que ayude a encender a otras mujeres; no deseo para nada seguir siendo cadena de juicio. porque esas cadenas que seguimos normalizando a día de hoy mañana se las ponen a otras… ¡y te lo juro! ni siquiera les dicen que pesan.

Por eso no me gusta mucho la obediencia: porque la obediencia no cuestiona, no piensa, se agacha.

Y yo desde niña supe que no nací para vivir agachada… ¿y tú?

Imagen tomada de:

Web Museo de Arte Moderno de Medellín

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