El manual es básico: perro acariciado, canción viral, sonrisa ensayada y tropa digital amplificando el mensaje.

Cenefas, stickers y poder


La política se volvió un meme rentable. Detrás de cada video de un político gesticulando con las palmas abiertas y mirando a cámara como si las acabara de descubrir, hay un culpable: el jefe de prensa. Los aspirantes suelen rodearse de personajes peculiares, escogen siempre a jefes de prensa que están convencidos de ser una mezcla de Steve Jobs y Maquiavelo, pero tienen una estética atrapada en los noventa y una fe ciega en los bodegueros digitales. Lo curioso es que aún no entienden que mostrar las manos dejó de significar transparencia hace rato.

Nada es improvisado: el ridículo político se planifica. Asombra ver a estos “estrategas” convencer a un político incapaz de freír un huevo de ponerse un delantal y sonreír a cámara como influencer gastronómico. 

Ahí va el candidato, consciente de su torpeza, pero dócil, ejecutando una coreografía más cercana al pilates que a la política. Sonríe, asiente y gesticula mientras el contenido brilla por su ausencia. Fuera de cámara, los bodegueros pulen el copy, preparan el ataque y programan la defensa automática en redes.

Estos asesores parten de una premisa cómoda: el votante no recuerda, no compara y no exige. El manual es básico: perro acariciado, canción viral, sonrisa ensayada y tropa digital amplificando el mensaje. Los problemas reales —corrupción, pobreza, vías rotas, hospitales colapsados— quedan fuera de cuadro. No es comunicación política ni neuromarketing: es una estafa emocional, cara y eficaz. El clímax llega con el informe: “¡Candidato, su video alcanzó 20.000 reproducciones!”.

No importa el ridículo; importa que circule, que se reconozca y que sea tendencia. La visibilidad no busca admiración, sino memoria. Con maquinaria, favores, miedo y bodegueros hiperactivos, eso termina en votos.

Tras posesionarse, el discurso solemne convierte todo en comedia. El jefe de prensa espera su pago —un puestico, un contratito— bajo el pacto tácito de siempre. Pero ya en el poder, el político sufre amnesia selectiva: el estratega pasa de “pieza clave” a “el muchacho de los videos”. El gobernante finge que nunca bailó ni mondó el diente. Así, entre carros con cenefas de manos abiertas, sonrisas en serie, bodegueros y promesas rotas, se gobiernan muchos municipios. Urge volver a la dignidad.