¿Qué es el Caribe?
Frank Báez, el joven —a mi edad todos los menores de sesenta años lo son— con quien conversaré este sábado sobre Las bocas del silencio, afirma en su libro de crónicas Bajo otras luces que «no tenemos una idea clara de qué es el Caribe». Es un tema sobre el que he hablado en varias ocasiones con Alfonso Múnera Cavadía, uno de los grandes caribólogos de nuestra patria, y al que volvemos con frecuencia para analizarlo desde distintos ángulos.
Coincidimos con Alfonso en que el Caribe cultural incluye todas las islas que pueblan este mar, sin dejar por fuera Las Bahamas y Barbados, unas primas hermanas asentadas más al norte; los territorios continentales de las costas entre México y las tres Guyanas; y dos extremos también continentales: Bahía, en el nordeste brasileño, y Miami, Nueva Orleans y ciertas partes de Nueva York, en la Unión Americana, a los que habría que añadir —de acuerdo con Sergio Ramírez— el puerto de Guayaquil, en el Ecuador. Con ello se reafirma lo dicho por Édouard Glissant, citado por Báez: «la versatilidad del Caribe para escaparse de sus límites y expandirse por el resto del planeta».
Afinidades caribeñas
Con Frank, hijo de un sociólogo dominicano nacido el mismo año (1948) que yo, nos unen varias cosas: escribir en el Caribe, pertenecer en Colombia a la misma empresa editorial, Yarumo Libros, y admirar al gran poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo.
Escribir en el Caribe impone hacerlo con una luz distinta: con claridad, con nostalgias sin oscuras melancolías, con colores brillantes. No es que no ocurran tragedias —en todas partes cae la noche—, pero la textura del mundo se ve modificada por esa temperatura cálida y húmeda que casi nunca desaparece y que acaba filtrándose en la manera de mirar, de contar y de recordar.
Bajo otras luces
El libro de crónicas de Frank nos transporta a distintos lugares del mundo, plenos de contrastes, pero siempre bajo el hilo conductor de la literatura, la música y el arte. En el primer relato, Padres, en el que nos cuenta su entrevista con el nobel Mario Vargas Llosa, vivimos el contraste entre la mala relación del limeño con su padre, Ernesto Vargas Maldonado, y la muy buena relación que el dominicano tuvo con el suyo, Frank Báez Evertsz. Mientras Vargas padre le reprochaba a su hijo que «se dedicara a escribir poesía» y no tenía en su casa un solo libro, Báez padre le leía a su hijo «novelas, cuentos y poemas» y tenía una biblioteca digna de ser donada a una universidad.
El texto final, Cuervos en Calcuta, cierra con una escena frente al río Hugli, afluente del Ganges, donde un niño indio leproso, después de tomarle una foto a Frank —turista y no al contrario, como es lo normal—, se despide diciendo «Adiós» y agitando su única mano.
La isla partida
Una de las crónicas que más me interesó fue El otro lado, donde aborda los lazos entre los dos países que ocupan la isla de La Española: República Dominicana y Haití, y las relaciones entre sus pueblos, marcadas por momentos muy difíciles.
En particular, me llamó la atención el temor persistente —al menos entre los dominicanos— de que algún día los haitianos rompan la frontera y los invadan, temor que contrasta con la indiferencia de la mayoría de los haitianos, para quienes República Dominicana simplemente no existe. Una situación compleja que ha atravesado episodios de extrema violencia, como la masacre de octubre de 1937, cuando miles de haitianos fueron asesinados por orden de Leónidas Trujillo, «El Chivo».
«A la matanza de 1937 los dominicanos la conocemos como “el corte” y los haitianos como “kout kouto-a” (el apuñalamiento). Pero también se conoce como “la masacre del perejil”. Entre los métodos que usaban las tropas dominicanas para identificar a los civiles haitianos, el más efectivo era ordenarles que pronunciaran en español la palabra perejil. Como en el créole haitiano no se pronuncia de manera suave la letra “r”, el lenguaje solía delatarlos y acababan convirtiéndose en potenciales víctimas:
“Una palabra mató 25.000 personas
el tres de octubre de 1937”»
Son los primeros versos traducidos al español del poema Perejil, del poeta haitiano Sony Ton-Aime.
La música que traspasa y une fronteras
A través de los distintos textos sobre el Caribe, me quedó claro que, sin duda, por encima de cualquier otra expresión cultural —excepto, quizás, el ron y, de pronto, la comida—, es la música el factor más importante que une a los distintos Caribes. El propio Báez hace música con un conjunto llamado El Hombrecito, con el que interpretan sonidos que buscan, como diría Sergio Ramírez, «sacudir más cuerpos que cualquier terremoto». En las últimas décadas, el Festival de Música del Caribe que se vivió y gozó en la ciudad fue el evento que unió a Cartagena de Indias con el resto del mundo caribeño.
Escribir desde esta orilla
Quizá por eso escribir desde el Caribe no sea solo una cuestión de geografía, sino de sensibilidad: de aceptar que el mundo se mira distinto desde esta orilla luminosa y dura a la vez, donde la historia pesa, la música aligera y la palabra intenta poner orden en medio del calor.
Conversar con Frank Báez sobre Las bocas del silencio será, entonces, una forma más de seguir explorando ese Caribe múltiple, extendido y contradictorio que no cabe en un mapa, pero que se reconoce de inmediato cuando aparece en la página escrita.
Nota bene: Para los asistentes al Festival Hay de este año en Cartagena, Frank Báez participará en cuatro eventos. Los interesados pueden revisar la programación en este enlace:
https://www.hayfestival.com/search.aspx?SearchTerm=Frank%20B%C3%A1ez
Nota bene 2: Cuando le leí a Anamarta esta cita de Fauré, que trae Báez —«que una sola gota de sangre de negro en un lago de sangre de blancos basta para darle el germen de las cadencias decisivas»—, se rió y me dijo: «si eso fuera cierto, tú, con el 8 % de sangre africana que la prueba de ADN dice que tienes, no serías el pésimo bailarín que eres». Con lo cual me quedó claro que se necesita algo más que una gota de sangre para tener cadencia africana.
Nota bene 3: La conversación con Frank tendrá lugar este sábado 31 de enero a las 3 p. m. en la Librería Remedios La Bella del FCE, en el Claustro de la Merced, contiguo al Teatro Adolfo Mejía (antes, y aún hoy para algunos, Teatro Heredia). Están todos invitados.