En Colombia nos gusta repetir que somos un país lector. Lo dicen los informes oficiales, lo celebran los planes nacionales de lectura y lo refuerzan las ferias del libro que cada año ocupan la agenda cultural. Sin embargo, basta observar con atención nuestras aulas, bibliotecas y conversaciones públicas para advertir una contradicción profunda: afirmamos leer, pero no hemos logrado formar lectores reales, críticos y constantes.
El problema no es anecdótico. Una sociedad que no lee —o que lo hace de manera superficial— es más vulnerable a la desinformación, al dogmatismo y a la simplificación del debate público. La crisis de la lectura en Colombia no es solo cultural; es educativa, política y profundamente democrática.
Las cifras suelen presentarse con optimismo, pero esconden una trampa conceptual. Cuando se afirma que la mayoría de la población “lee”, se incorporan prácticas mínimas, muchas de ellas más cercanas al gesto social o al snobismo cultural que a un verdadero hábito lector: mensajes en redes sociales, textos breves impuestos por la rutina académica o consultas fragmentarias sin profundidad ni continuidad. Leer, en un sentido cultural y ciudadano, exige algo más: tiempo sostenido, comprensión profunda, diálogo con el texto. En ese sentido, Colombia no enfrenta una escasez de textos, sino una pérdida del sentido de la lectura como experiencia formativa.
Durante décadas, el Estado ha impulsado planes nacionales de lectura y escritura. Aunque estos han permitido ampliar bibliotecas y distribuir libros, sus resultados han sido limitados. El problema no es la falta de iniciativas, sino su carácter discontinuo, su dependencia de los ciclos políticos y su énfasis en la infraestructura por encima de la mediación. Se entregan libros, pero no siempre se forman lectores. Se inauguran bibliotecas, pero no se garantiza su vitalidad cultural ni su articulación con las comunidades.
El sistema educativo, que debería ser el principal aliado de la lectura, también tiene una responsabilidad ineludible. En muchas escuelas y universidades, leer se ha convertido en un acto instrumental: se lee para responder cuestionarios, resumir capítulos o aprobar exámenes. Así, el libro deja de ser una experiencia de descubrimiento y se transforma en una carga académica. No sorprende entonces que muchos estudiantes abandonen la lectura apenas termina su etapa escolar.
Hay, además, un tema incómodo que rara vez se discute abiertamente: muchos docentes no son lectores activos. No por falta de capacidad intelectual, sino por un sistema que los sobrecarga, los burocratiza y los priva del tiempo y las condiciones para leer. Sin docentes lectores no hay política de lectura posible. La lectura no se impone; se contagia. Nadie puede despertar el deseo de leer si no lo practica.
La desigualdad territorial agrava el panorama. En numerosas regiones del país, especialmente en zonas históricamente marginadas, el acceso a libros, bibliotecas y espacios culturales sigue siendo precario. Allí, la lectura continúa percibiéndose como un lujo o una actividad ajena a las urgencias cotidianas. Sin una política cultural sostenida que reconozca estas brechas, la lectura seguirá siendo un privilegio y no un derecho.
A este escenario se suma el ecosistema digital. Las pantallas no son el enemigo, pero sí han transformado radicalmente nuestras formas de atención. La inmediatez, la fragmentación y la lógica algorítmica compiten con el tiempo lento que exige la lectura profunda. El error ha sido plantear esta tensión como una guerra entre libros y tecnología, cuando el verdadero desafío es integrar la lectura a la vida digital sin vaciarla de sentido.
Leer no es un acto neutro. Leer es aprender a pensar con otros, a disentir, a complejizar la realidad. Un país que no forma lectores es un país que renuncia a la deliberación y se acostumbra a las respuestas simples. Por eso, más que campañas simbólicas o cifras optimistas, Colombia necesita una transformación profunda de su relación con la lectura: docentes lectores, escuelas menos instrumentales, bibliotecas vivas y políticas culturales sostenidas en el tiempo.
Mientras sigamos celebrando estadísticas sin preguntarnos qué y cómo leemos, seguiremos atrapados en la misma paradoja. No se trata de leer más para mejorar indicadores, sino de leer mejor para comprendernos como sociedad.