Varadero y La Popa: ¿Por qué la justicia en Cartagena ahora debe ser biocultural?
Siguiendo el espíritu de la cátedra biocultural Rafael Vergara Navarro, hablar hoy de la naturaleza como sujeto de derechos no es un ejercicio retórico, sino una urgencia ética, jurídica y política para Cartagena. Reconocer ríos, bosques, ciénagas y arrecifes como sujetos de derechos implica pasar de verlos como “recursos” a entenderlos como entidades vivas, con valor intrínseco, cuya protección no depende de su rentabilidad económica inmediata. Este enfoque, ya adoptado en Colombia con el río Atrato y otros ecosistemas, interpela directamente el modelo de desarrollo urbano que ha predominado en la ciudad.
El arrecife coralino de Varadero es un ejemplo elocuente. A pesar de estar rodeado de presiones portuarias, sedimentación y contaminación, Varadero ha demostrado una resiliencia propia. Si se le reconoce como sujeto de derechos, el debate deja de centrarse en cuánto puede soportar para que otros se desarrollen, y pasa a preguntarse qué necesita el ecosistema para existir, regenerarse y cumplir su función ecológica. Lo mismo ocurre con el bosque seco tropical del cerro La Popa y la Loma del Marión, relictos ecosistémicos estratégicos para la regulación climática, la biodiversidad urbana y la memoria ecológica de Cartagena. Allí, cada árbol talado en nombre de la “valorización” del suelo no solo degrada el paisaje, sino que vulnera el derecho del ecosistema a mantenerse y evolucionar naturalmente.
La ciénaga de La Virgen y los caños internos de Cartagena representan quizás la herida más visible de esta contradicción. Históricamente vistos como espacios marginales o focos de informalidad, han sido canalizados, rellenados y contaminados sin considerar su rol como sistemas vivos de regulación hídrica y cultural. Reconocerlos como sujetos de derechos implicaría garantizar su restauración, el flujo natural del agua, la recuperación de manglares y la participación de las comunidades que históricamente han convivido con ellos. No se trata de frenar el desarrollo, sino de redefinirlo desde una lógica ecológica y socialmente justa.
Si las actuales políticas distritales de Cartagena continúan alentando la deforestación, la ocupación de zonas de protección y la falsa “valorización” de áreas donde no se puede ni se debe construir —como el cerro La Popa—, el escenario es previsible y preocupante: mayor riesgo de deslizamientos, aumento de islas de calor, pérdida irreversible de biodiversidad, colapso de sistemas hídricos urbanos y una profundización de la desigualdad socioambiental. La ciudad ganará metros cuadrados de concreto, pero perderá resiliencia frente al cambio climático y calidad de vida para sus habitantes.
Las soluciones existen y no son utópicas. En primer lugar, es necesario incorporar explícitamente el enfoque de derechos de la naturaleza en el ordenamiento territorial, con figuras de protección vinculantes y no solo declarativas. En segundo lugar, fortalecer la educación ambiental y biocultural, como lo propone la Cátedra Biocultural Rafael Vergara Navarro, para que la ciudadanía comprenda que proteger estos ecosistemas es proteger su propio futuro. En tercer lugar, promover modelos de restauración ecológica participativa, donde comunidades locales, academia y autoridades co-gobiernen los territorios. Finalmente, urge revisar el concepto de “valorización urbana”, sustituyéndolo por indicadores de valor ecológico, cultural y social, que reconozcan que hay territorios cuyo mayor valor está precisamente en no ser urbanizados.
Cartagena no puede seguir creciendo de espaldas a su naturaleza. Reconocerla como sujeto de derechos no es un obstáculo al desarrollo, sino la condición mínima para que este sea justo, sostenible y verdaderamente humano.
Equipo de Trabajo Cátedra Biocultural Rafael Vergara Navarro
Cartagena de Indias, Colombia
catedrabiocultural@hotmail.com
Fotos: Valeria Pizarro, Colombia Travel.