Cuando el poder no solo empobrece, sino que deforma al ser humano
Durante años nos han vendido el socialismo y el progresismo como proyectos de justicia social, redención histórica y reparación de desigualdades. Pero hay una verdad incómoda que casi nunca se dice en voz alta: estos modelos no solo fracasan en producir bienestar sostenible, producen un daño antropológico profundo. No empobrecen únicamente la economía; empobrecen al individuo. No erosionan solo las instituciones; reconfiguran la condición humana.
No todos los seres humanos triunfan. Todos intentan. Algunos logran, otros fracasan. La diferencia civilizatoria no está en el resultado, sino en la respuesta frente a la adversidad. Y es precisamente ahí donde el progresismo encuentra su terreno fértil: en el fracaso, en la frustración, en el resentimiento. Allí aparece para susurrarle al débil no resiliente una idea devastadora: tú no fallaste; el sistema falló por ti. El responsable nunca es la decisión, el riesgo o la omisión personal, sino “los ricos”, “los poderosos”, “el mercado”, “el otro”.
Ese es el primer daño antropológico: cercenar la responsabilidad individual y sustituirla por una culpa colectiva abstracta. El ciudadano deja de ser sujeto moral y se convierte en víctima administrada.
Cuba: el laboratorio del hombre domesticado
Cuba no es solo una dictadura política; es un experimento antropológico prolongado. El régimen utilizó el socialismo como instrumento de toma del poder y luego lo convirtió en mecanismo de perpetuación dinástica, con sucesiones de dictadores que heredaron no un país, sino un aparato.
El cubano moderno no es pobre por falta de talento. Es pobre porque fue entrenado durante décadas para no moverse, para no arriesgar, para no decidir. Perdió la dignidad no por debilidad genética, sino por diseño institucional. Aprendió que pensar distinto tiene costo, que destacar es peligroso, que innovar sin permiso es traición.
Hoy, el cubano espera el cambio… pero que lo haga otro. Quiere que alguien más lo salve mientras él sobrevive. No vive; administra el miedo.
Ese es el verdadero triunfo del régimen: no el control del territorio, sino el control del alma.
La mentira contrafactual: el chantaje perfecto
Todo régimen autoritario necesita una coartada intelectual. El socialismo la perfeccionó con una técnica infalible: el argumento contrafactual.
- “Si no estuviéramos nosotros, estarían peor”.
- “Si no fuera por nosotros, esto sería un infierno”.
- “Si no resistiéramos al enemigo externo, el pueblo sufriría más”.
Es una trampa lógica impecable porque discute un mundo que nunca ocurrió. No rinde cuentas por resultados reales, exige gratitud por un desastre hipotético. En Cuba el embargo se convirtió en el comodín narrativo: todo fracaso se explica por el otro; ninguna responsabilidad recae sobre el régimen.
Pero el verdadero embargo no es comercial. Es moral, político y creativo. Lo que el régimen bloquea no son mercancías, sino libertades. No impide dólares; impide ideas. No frena importaciones; frena la democracia.
No producen riqueza: la extraen
Hay una diferencia esencial entre los sistemas abiertos y los sistemas socialistas autoritarios: los primeros producen riqueza, los segundos la administran para el control y la extraen para sobrevivir.
En estos regímenes, el pueblo no es el fin; es el medio. La prioridad no es la prosperidad ciudadana, sino la supervivencia del aparato. La economía deja de ser un motor de progreso y se convierte en una herramienta de disciplina.
La inteligencia no sirve al Estado; la inteligencia es el Estado. Y cuando la inteligencia se vuelve aparato, el ciudadano se vuelve recurso.
Venezuela: el mismo daño, acelerado por petróleo
Venezuela replicó el mismo modelo con un agravante: renta petrolera. Durante un tiempo, el dinero ocultó el daño. Luego, cuando la renta se agotó, quedó al desnudo la devastación antropológica.
- Una sociedad entrenada para depender, no para producir.
- Un ciudadano habituado a recibir, no a construir.
- Un Estado que reparte pobreza con discurso épico.
El resultado fue el éxodo, la fragmentación familiar, la resignación cívica y la misma mentira contrafactual: sin nosotros sería peor.
Colombia: el riesgo no es ser Nicaragu , Venezuela o Cuba, es parecerse
Colombia no es Nicaragu , Venezuela ni Cuba. Aún. Tiene instituciones, pluralismo y una tradición democrática distinta. Pero el riesgo no es la copia burda; es la normalización gradual del daño antropológico.
Cuando desde el poder se instala la idea de que el ciudadano es siempre víctima y nunca responsable; cuando el éxito privado se vuelve sospechoso; cuando el Estado se presenta como redentor moral y no como árbitro; cuando el fracaso se convierte en identidad política… el daño ya comenzó.
El progresismo actual no oculta su ruta. El propio presidente Gustavo Petro ha manifestado su decisión de profundizar este modelo. Y ya se perfilan sus encarnaciones futuras: Iván Cepeda desde la línea ideológica dura, o —de manera aún más preocupante— Roy Barreras, quien ha anunciado públicamente su transfiguración camaleónica al progresismo, después de haber sido todo lo contrario en cada estación del poder.
Aquí no se trata de personas. Se trata de método. Y el método es siempre el mismo: resentimiento, dependencia, enemigo externo, excusa permanente y poder concentrado.
El hombre que espera: la victoria final del socialismo
El daño antropológico del socialismo no se mide solo en PIB o inflación. Se mide en algo más grave: en la fabricación de seres humanos que esperan.
- Esperan subsidios.
- Esperan salvadores.
- Esperan que el cambio lo haga otro.
Cuando un pueblo deja de creerse capaz, el autoritarismo ya ganó, incluso antes de cerrar el último medio o encarcelar al último opositor.
Bajo la hoz del socialismo y el progresismo no se cosecha futuro: se siega la libertad, se mutila la dignidad y se fabrica el daño antropológico del hombre sometido.
El socialismo y el progresismo no fracasan únicamente porque empobrecen a los países. Fracasan porque empobrecen al ser humano. Porque reemplazan la dignidad por dependencia, la libertad por excusa y la responsabilidad por resentimiento.
Cuba lo demuestra. Venezuela lo confirma. Nicaragua lo replica.
Y Colombia haría mal en creer que está vacunada.
Porque el peor embargo no es económico.
Es el embargo de la libertad interior.