Más días para querernos: el amor como acto de valentía


El 14 de febrero llega con rosas rojas y rosadas, reservas llenas y vitrinas encendidas. Confieso que desconozco si las nuevas generaciones de jóvenes, dentro de su relacionamiento social, se dediquen canciones. De amor real y sano, por supuesto. Aunque en Colombia el Día del Amor y la Amistad se celebre el tercer sábado de septiembre, la brisa internacional también sopla en nuestros hoteles y restaurantes. Tirios y troyanos discuten aún si es comercio o sentimiento, si es moda o tradición. Yo prefiero creer que toda excusa es buena cuando se trata de abrazarnos más. Porque el amor, cuando es sincero, siempre encuentra su propio calendario.

En tiempos donde pareciera escasear el respeto y “la más poderosa energía que sostiene al universo” no solo en las parejas sino en la conversación pública, esta fecha nos interpela. Nos recuerda que la ternura no es debilidad y que la empatía no pasa de moda. Amar es también escuchar con atención, ceder con dignidad y cuidar la palabra. Es reconocer al otro en su diferencia y valorarlo sin condiciones. Es estar en todo momento, sobre todo cuando la dificultad arrecia. Y eso lo necesita Colombia tanto como necesita pan, justicia y esperanza.

No se trata de importar calendarios, sino de exportar humanidad. Si el 14 de febrero enciende una chispa, que septiembre la convierta en hoguera compartida. Que el amor no sea una campaña de temporada, sino una práctica cotidiana que se respire en cada barrio. Que aprendamos a celebrarlo en la casa, en la escuela, en la plaza y también en la política. Porque cuando el afecto guía nuestras decisiones, florece la convivencia.

Quizás el verdadero acto revolucionario sea decidir querernos más días al año, un tercer o enésimo día para la amistad y/o el amor que puede nacer a partir de ella: el psicólogo Robert Sternberg lo llama “el amor consumado”, como una mezcla de intimidad, pasión y compromiso en partes iguales – este tema merece una próxima columna –. Apostarle a la amistad como puente y al respeto como lenguaje común entre generaciones. Soñar un país donde el afecto sea política pública del corazón, cultura ciudadana permanente y educación ambiental constante. Entender que la reconciliación empieza en gestos simples y conversaciones honestas. Y asumir, con optimismo sereno, que cuando el amor se multiplica, el bienestar también.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social