URIBE: EL ENEMIGO N° 1 DEL EXPANSIONISMO DEL SIGLO XXI

URIBE: EL ENEMIGO N° 1 DEL EXPANSIONISMO DEL SIGLO XXI


Durante la primera década del siglo XXI, América Latina no solo vivió un giro político; vivió un intento de reconfiguración geopolítica. Bajo el discurso del llamado “socialismo del siglo XXI”, se impulsó un proyecto que trascendía fronteras nacionales: articulación ideológica regional, alianzas extrahemisféricas y una narrativa de confrontación permanente contra el modelo liberal occidental.

En ese tablero continental, emergió una figura que alteró el equilibrio: Álvaro Uribe Vélez.

Uribe no fue un ideólogo doctrinario ni un líder de extrema derecha. Proveniente del liberalismo colombiano, su proyecto se estructuró sobre tres pilares: seguridad democrática, economía de mercado y política social focalizada. Fue, en esencia, un líder de centro-derecha moderada con carácter firme, no un radical.

Su gobierno coincidió con la consolidación del eje bolivariano impulsado desde Caracas y respaldado por La Habana. Mientras algunos gobiernos avanzaban en una integración política de corte ideológico, con acercamientos estratégicos a Rusia, Irán y otros actores extrahemisféricos, Colombia optó por un modelo de integración al comercio global, fortalecimiento institucional y cooperación con Occidente.

La diferencia no fue menor.

Mientras el proyecto bolivariano hablaba de expansión política y reconfiguración regional, Uribe defendía soberanía estatal, inversión extranjera y lucha frontal contra los actores armados internos. En términos geopolíticos, se convirtió en el principal muro de contención del expansionismo ideológico en Suramérica.

Ahí nace el antagonismo.

No fue simplemente un choque doméstico entre derecha e izquierda. Fue un choque de modelos. De un lado, un proyecto que necesitaba cohesión regional bajo una narrativa antihegemónica; del otro, un liderazgo que no solo resistió esa expansión, sino que consolidó a Colombia como aliado estratégico de las democracias occidentales.

Paradójicamente, esa firmeza convirtió a Uribe en el “enemigo número uno” del socialismo expansionista, no por extremismo, sino por obstáculo estructural.

Hoy, más de una década después de haber dejado la Presidencia, su influencia política sigue siendo determinante. En Colombia, Uribe no es solo un exmandatario; es un referente que define líneas rojas ideológicas y activa o condiciona escenarios electorales. Su espectro de influencia atraviesa distintas sensibilidades democráticas dentro del espacio del orden institucional y la economía de mercado.

En #LaGran Consulta, donde convergen visiones conservadoras, liberales y de centro reformista, el debate no es de aniquilación ideológica, sino de dirección estratégica para el país. Todos sus integrantes representan matices legítimos dentro del pluralismo democrático.

Sin embargo, el desafío ahora no es reeditar una confrontación, sino garantizar conducción.

El desafío ahora es quién, con preparación y visión continental, puede conducir esa firmeza hacia una nueva etapa de estabilidad y transformación.

Colombia necesita liderazgo con carácter, no confrontación perpetua.

Necesita dirección estratégica, no relatos épicos.

En ese punto, la experiencia sí importa.

  • La experiencia en lo público, entendida no como retórica sino como gestión real del Estado.
  • La experiencia en seguridad, no desde la consigna, sino desde el conocimiento técnico del manejo de Fuerzas Militares y política de defensa.
  • La experiencia en relaciones internacionales, no desde el discurso ideológico, sino desde la diplomacia efectiva y la interlocución global.

Juan Carlos Pinzón reúne esos tres componentes.

Su paso por el Ministerio de Defensa, su responsabilidad en momentos críticos de seguridad nacional y su desempeño diplomático le han permitido comprender el tablero regional con una perspectiva estratégica, no emocional. No es improvisación; es formación, trayectoria y conocimiento del aparato estatal.

Si Uribe representó la contención frente al expansionismo ideológico del siglo XXI, la etapa que viene exige consolidación institucional con visión moderna. No se trata de nostalgia política, sino de continuidad responsable con actualización estratégica.

El liderazgo que logre articular firmeza, institucionalidad y proyección internacional será el que pueda interpretar ese amplio espectro que hoy gravita alrededor del uribismo, sin caer en radicalismos ni diluir principios.

América Latina sigue en disputa de modelos. Pero las democracias sólidas no se construyen sobre enemigos permanentes, sino sobre instituciones fuertes y liderazgo preparado.

La historia ya mostró quién fue el muro de contención.

La tarea ahora es que miremos quién está preparado para conducir la siguiente etapa.

#PorqueMerecesAlgoMejor #PinzónPresidente