Memoria Electoral. Los conflictos que la Universidad de Cartagena no ha resuelto


Los procesos electorales en la Universidad de Cartagena parecen inaugurar una nueva etapa de tensión y conflicto constante. Discursos más firmes, posiciones más marcadas y debates más emocionales marcan el ambiente. Sin embargo, sería ingenuo pensar que la polarización nace exclusivamente en esta temporada de campaña.

Las elecciones no crean los conflictos; los visibilizan.

La Universidad de Cartagena, como cualquier institución pública, arrastra conflictos históricos que no han terminado de subsanarse. Diferencias sobre el modelo de universidad que se quiere construir, dificultades en la toma de decisiones, percepciones de exclusión y cuestionamientos en materia de transparencia y representación. Nada de esto empezó ayer ni hace un año. Y tampoco terminará cuando se cierren las urnas.

El problema no es la diferencia de opiniones. Las universidades, particularmente las públicas, existen precisamente para el debate plural. El problema surge cuando el desacuerdo se convierte en descalificación y cuando la crítica deja de ser argumentativa para transformarse en trincheras. Ahí es cuando la polarización deja de ser un momento electoral y pasa a convertirse en cultura institucional.

Y ese es el verdadero riesgo.

Cuando normalizamos la confrontación, la confianza de los actores del proceso educativo se erosiona. Los sectores moderados se desmovilizan, las posiciones se radicalizan y el diálogo pierde terreno frente a la sospecha. Una institución académica no puede permitirse que la lógica partidista reemplace la lógica deliberativa.

Si algo deberían enseñarnos los procesos anteriores es que los problemas recurrentes no se solucionan ignorándolos ni reaparecen por casualidad. Se perpetúan porque no han sido enfrentados de manera estructural. Tal vez la Universidad de Cartagena necesita algo más que campañas: espacios previos de deliberación, debates públicos fundados en el respeto, compromisos éticos entre aspirantes y mecanismos permanentes de resolución de conflictos.

Las elecciones no deberían ser el momento en que explotan las diferencias, sino la oportunidad para canalizarlas con madurez democrática.

La Universidad de Cartagena no necesita enemigos internos. Necesita contradictores responsables. No necesita bandos irreconciliables, sino una comunidad académica con memoria institucional.

Porque, al final, más importante que quién gane, es que la Universidad esté bien.