Fuente de la imagen: ABC Color – Periodismo Joven (2016).

No, no era mamando gallo: cuando el chiste se vuelve puñalada


Hace varias semanas fue expuesta por una persona con una sarta de improperios hacia mí, luego de hacer una reflexión a raíz de uno de esos chistes malos y violentos a los que estamos acostumbrados en nuestra costa caribe colombiana.

La foto era simple y, al mismo tiempo, brutalmente reveladora: dos hombres caminando en la playa y cargando un caldero ennegrecido por el hollín. La imagen, popular en las playas de Cartagena es sinónimo de trabajo duro, de cocina sabrosa. Eran dos hombres negros, que caminaban en chancletas bajo el sol. Sí de esos que salen a vender lo que muy posiblemente sus mujeres hacen con sus propias manos durante la mañana. Dos hombres trabajando en esa actividad que también sostiene la economía del turismo en mi Cartagena del alma.

Lo que llamó portentosamente mi atención fue el comentario que acompañaba la foto: uno de esos tantos que llegan con sonrisita de plástico, pero insuflados de veneno: “Eso lo deberían prohibir. Mejor que se compren una pantalla de HBO y se queden en su casa”. ¡No! no es chiste, ni juego aunque pareciera… sino más bien un comentario que se corona con  la misma jocosidad con la que se trivializan muchas cosas en el caribe y que significa así en negrillas: “tu pobreza no tiene derecho a circular”, “Tu olla negra no tiene derecho a existir en público” y “tu trabajo que es negro, pobre y feo es un atentado a la estética de la ciudad”. Y como el corazón descansa entre el chiste y la chanza, desde allí decidimos quien debe caminar y quien esconderse en cualquier parte la ciudad.

Las mayorías le llaman humor, pero yo le llamo control invisible. Y es que el control en nuestra sociedad no siempre viene con uniforme y mucho menos con choques eléctricos. También viene con risita socarrona, con una frase ‘inofensiva’, con carcajadas estrepitosas y otras veces con silencios, pero con miradas prejuiciosas…. y al final encarnan lo mismo: modulaciones suaves, insistentes y cotidianas que se ponen la chaqueta del ‘humor’. Un arma perfecta que no deja moretón, pero si un hueco profundo en el alma de quien las padece.

Estos controles empiezan a gestarse muy temprano, desde el colegio, con el compañerito que anota al que se porta mal. Ese vigilante odioso que decide con la venia del profesor quién merece vergüenza y quién requiere castigo. Sí. Yo sé que parece inofensivo, pero si miramos la situación cuidadosamente encontramos que el colegio es uno de esos primeros escenarios donde este control se cultiva. Solo se necesita a una persona que se crea o de mejor estrato o que se auto perciba superior moralmente para querer neutralizar al otro: haciéndole sentir vergüenza, haciéndolo sentir menos: menos merecedor, menos digno... O como dicen en mi pueblo: hacerlo sentir hijo de ‘menos mae’.

Y yo aquí en esta lectura les voy a revelar la ciencia social que hay detrás de todo esto… para no seguir dejándonos enredar con el famoso “era jugando” o el popular “Ya saben cómo soy… era broma”, que usualmente va acompañada de auto victimización.

El psicólogo Derald Wing Sue define las microagresiones como indignidades breves y cotidianas (intencionales o no) que comunican desprecio y se vuelven pan de cada día, clima y costumbre. No son grandes actos de violencia, pero significan la gotera incesante que termina pudriendo la dignidad ajena. 

Por su parte Thomas E. Ford investigador en Psicología Social Experimental del fenómeno del Humor Denigrante o disparagement humor y sus efectos en el prejuicio, específicamente a grupos sociales como mujeres y etnias, ha mostrado como esta práctica puede crear una norma social donde el prejuicio tiene permiso para caminar libremente y a pata pelá como cuando uno está en su propia casa haciendo lo que se le da la gana. Y ahí es donde está la trampa; porque cuando envolvemos en forma de chiste, la autocensura moral baja inmediatamente. Es decir: el chiste ya no es adorno, sino que se vuelve permiso para maltratar al otro. Que queda confundido y en ocasiones avergonzado: porque si pone límites y exige respeto es un amargado… un exagerado que no aguanta bromas. Y de ñapa le sale debiendo dignidades al perpetrador del chiste culo.

Entonces, cuando alguien remata con la risita o el jájájá no está curando el golpe, sino que está intentando borrar la escena del crimen con un papel higiénico emocional que ya viene sucio y que deja una estela escatológica en el ambiente.

En Lucas 6:45 dice que “De la abundancia del corazón habla la boca”, y los chistes, queridos lectores… son también ventrílocuos del alma. Aquí me permito citar a Freud, el padre del psicoanálisis y que no fue famoso por ser precisamente fan del autoengaño. Él consideraba el chiste como una vía por donde se escurre lo que la conciencia censura y como una forma de expresar pensamientos y deseos que de otra manera serían reprimidos por las normas sociales. Entonces lo que no se puede decir en serio se disfraza de broma. La crueldad sale a pasear con su mejor peluca, el clasismo se maquilla con smooky eyes y el racismo se pone tacones rojos y puntiagudos.  Porque si hay algo que NO podemos olvidar es que al clasismo le encanta la decoración, para parecer siempre más chic, más bonito, más estético… y en otros casos también más divertido.

En conversaciones con mi marido, quien se está doctorando en pensamiento complejo, me ha dicho varias veces que el gusto no puede volverse argumento siempre. Yo, que tengo maestría en llevar la contraria le rebatía indignada; sin embargo, indagando más allá para poder entender su afirmación, me topé con la teoría del gusto de Pierre Bourdieu, con la cual nos ayuda entender las relaciones entre las jerarquías sociales y las prácticas culturales. 

Bourdieu desde la sociología argumentó que el gusto no es inocente, porque funciona algunas veces como como frontera de clase, marcando la pauta todo el tiempo sobre qué cuerpo merece circular y cual no porque daña la vista… Entonces cuando alguien exclama frases como “¿Y ese pelo?, “Qué pelá maluca”, qué vaina tan corroncha o se hacen chistes con respecto a las cejas o el cuerpo ajeno, lo que está tratando de decir realmente es que “eso no es digno”. Por lo tanto, analizando el comentario de la foto en cuestión a la luz de Bourdieu la expresión “eso deberían prohibirlo”, realmente lo que estaba queriendo decir es: “que desaparezcan”.

Desde el marco que trazan Sue, Bourdieu y Ford este comentario no es una ocurrencia individual o un chiste más que hay que pasar por alto, sino una radiografía de nuestra cultura violenta y clasista que subrepticiamente convierte la estética en un instrumento de jerarquización y control.

En redes solemos burlarnos de Doña Florinda. Sí, la del El Chavo del Ocho. Nos reímos de ella como si fuera una exageración que vemos en la pantalla chica, en memes la señalamos como si el desprecio fuera solamente propiedad de “los otros”. Pero la verdad es más embarazosa de lo que creemos: esa actitud está instalada en nosotros mismos más de lo que admitimos. El desprecio lo llevamos puesto, así como ella lleva su delantal, y la superioridad la lucimos en la cabeza, así como ella lleva sus rulos rosados, esos que delatan nuestras propias inseguridades disfrazadas de clase.

Analizando el discurso de toda esta escena puedo entender que la ‘broma’ no era sobre una olla ennegrecida, sino una discusión inconsciente sobre el derecho a estar, a gozar, sobre el derecho a caminar en la playa sin pedir perdón por no cumplir con nuestros mismos estúpidos estándares estéticos.

Adela Cortina le quita la máscara al monstruo que se disfraza de humor bautizándolo… poniéndole nombre:  aporofobia, que no es más que el rechazo al pobre. Porque es cierto… no es que nos moleste el extranjero; nos molesta extranjero vulnerable. No es que nos moleste el negro, nos molesta el negro mondao’…  No es que nos moleste el vendedor; nos molesta que el vendedor camine afeando el paisaje donde creemos que debe ir un spot instagrameable.

Por eso el cierre del post que rezaba “cómprense una pantalla de HBO y quédense en la casa” no era un chiste sino una orden. Una de esas tantas fantasías fachas que se pasean en la cárcel de nuestra propia mente y que se pone chorcitos y sandalias trespuntás para salir a callejear de vez en cuando.

Y lo peor es lo fácil que lo vamos naturalizando… Un comentario hoy, otro mañana, y de repente contamos una masa convencida de que la playa es un mall al que hay que ir con código de vestimenta. Yo estoy segurísima de que hay gente en distintos sectores de nuestra sociedad convencida de que la pobreza debe ser imperceptible… mejor dicho, invisible solamente para que el privilegio pueda dormir tranquilamente y sin sobresaltos.

No. No da risa. Da grima.

Esta, almas mías, es una invitación para dejar de usar la risa como puñal, para que aprendamos a mirar el hollín como lo que es: trabajo duro y digno que sostiene a familias enteras... aprender a ver la chancleta como la única manera que tiene el trabajador informal de proteger sus pies durante largas jornadas en un trabajo que también es digno, aunque no sea de oficina y no tenga aire acondicionado. Y recordar, sin tanto cuento y sin tanta parla, una cosa básica: que la gente verdaderamente superior (si es que esa palabra sirve para algo) no humilla, sino que dignifica, y lo hace con voz bajita. Y no, no necesitamos atentar ni siquiera en pensamiento contra el derecho a la libre locomoción de nadie para sentir que valemos de verdad en este mundo.

Adenda: este es un bello regalo que le dejo a cualquier cristiano que esté leyendo este texto y quiera seguir creyendo que la burla es inocente, porque la Biblia no se hace la loca pa’ pasar la fiesta encuera como sí lo hacemos nosotros:

La palabra no bendice la burla, sino que la revela: 

“Quien se burla del pobre ofende a su Creador; quien se alegra de la desgracia no quedará sin castigo”. (Proverbios 17:5) 

“Maltratar a un pobre es ofender a Dios; ayudarlo es rendirle honor”. (Proverbios 14:31) 

“El rico y el pobre se encuentran; a ambos los hizo Jehová.” (Proverbios 22:2) 

“Que vuestra fe… sea sin acepción de personas… vosotros habéis afrentado al pobre.” (Santiago 2:1–9) 

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” (Efesios 4:29) 

“De la abundancia del corazón habla la boca.” (Lucas 6:45) 

“De toda palabra ociosa… darán cuenta.” (Mateo 12:36–37) 

“En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” (Mateo 25:40) 

Dios con ustedes. Y por supuesto conmigo también.

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Fuente de la imagen: ABC Color – Periodismo Joven (2016).