Entre el concreto y la marea: la deuda ecológica de la administración de Dumek Turbay


La tala de manglar en distintos puntos de Cartagena no puede seguir tratándose como una intervención menor o aislada. Las acciones han sido bruscas, sin aviso público previo, sin socialización técnica visible y sin un debate abierto sobre si responden a nuevas proyectos de vías o a decisiones administrativas ya tomadas. Las denuncias circulan más en redes que en comunicados oficiales, como lo evidencian publicaciones en Instagram y Facebook y notas como la de Pluralidad Z, como nota de protesta por la tala en las islas de mangle ubicadas en el borde de la laguna de San Lázaro: justo donde, desde años anteriores a los 80 y parte de los 90, existía el patio trasero de las "Residencias Sincelejo", en el Pie del Cerro, con uno de los árboles de caucho más frondosos del barrio. La prensa tradicional ha guardado un silencio preocupante o da espaldarazos a estas cuestionadas gestiones, y las autoridades cívicas y ambientales no han ofrecido explicaciones convincentes. Lo que debería ser excepcional empieza a volverse paisaje.

Ejemplos mundiales siguen vigentes para la demostración de la clara importancia estratégica del manglar: el Sundarbans hindú y bangladesí protege a millones de personas de ciclones; en los Everglades de la Florida sostiene biodiversidad y amortigua tormentas; y en Indonesia es pieza clave en la captura de carbono azul. Ni hablar del manglar en áreas naturales colombianas como Sanquianga, Utría, Tayrona y Flamencos: el control en su protección suele ser fuerte. No es romanticismo ambiental: es ciencia climática y economía costera. En una ciudad calurosa y vulnerable al aumento del nivel del mar como la fantástica Cartagena de Indias, fragmentar manglares es debilitar su propia defensa natural. El manglar regula temperatura, filtra contaminantes y sostiene pesca artesanal. Negarlo es desconocer evidencia global y sentido común local.

Bajo la actual administración de Dumek Turbay, secundado por su Oficina Asesora de Asuntos Ambientales, la política ambiental parece dicotómica: es más lo que se acaba que lo que se compensa. Se anuncian compensaciones, pero muchos árboles mueren por falta de cuidado integral, no solo de mantenimiento básico. Mientras tanto, se han reportado talas en Juan Angola, en el Parque Espíritu del Manglar —donde ya perdimos cobertura verde en la plaza de variedades y otras zonas— y en el manglar aledaño al baluarte de San José, visible desde el puente Román. La memoria urbana también recuerda la desaparición de una cobertura considerable en isla Tintipán e isla Maravilla, la isla Diablo en la bahía de Cartagena y de isla Abanico, “la otrora isla de los pájaros", dentro del polígono principal de los Corales de Varadero. Entidades sin ánimo de lucro locales, antes críticas y con justa razón, hoy día guardan silencio —porque les toca por su contratación con el Distrito—. La historia reciente no es alentadora. Y ojo: no estoy diciendo que el paisajismo de plantas ornamentales, las palmeras y el neem sean una solución racional.

Por ello, esta columna se formula como un derecho de petición respetuoso y formal, basado en la normatividad legal colombiana: se solicita a la Alcaldía Mayor de Cartagena de Indias, a la Oficina de Asuntos Ambientales y al EPA Cartagena un pronunciamiento público, técnico y verificable sobre cada intervención denunciada en el manglar, así como del alcance de sus decisiones:  ¿qué estudios respaldan las talas?, ¿qué planes de manejo existen?, ¿qué empresas las están realizando, o si están siendo hechas por particulares?, ¿qué tasas reales de supervivencia tienen las compensaciones?, ¿qué cobertura de manglar será la próxima en talar? La ciudadanía merece respuestas de fondo, claras y oportunas, conforme a la Ley colombiana y al principio de publicidad. No se trata de obstaculizar el desarrollo, sino de garantizar que no sea a costa de lo irreemplazable. Es más: las podas "técnicas" que dejan el árbol a ras de suelo o de agua pueden alterar la normalidad de su crecimiento, y así se le da más elementos a las empresas de aseo para que cobren más de lo que les corresponde. Negocio, bien sabido por todos.

El manglar no es “invasor". Jamás y nunca. Es infraestructura ecológica estratégica en una ciudad de altas temperaturas y con riesgos climáticos estudiados seriamente por entidades científicas del Sistema Nacional Ambiental. El EPA tiene el deber legal y moral de decirle a la Alcaldía qué está bien y qué no, y de negarse cuando la compensación sea de corto impacto y alcance. La autoridad ambiental está para hacerse sentir, no para convalidar la fragmentación de la escasa cobertura nativa urbana. Sin procesos serios de educación ambiental —más allá de campañas de sensibilización—, junto con sanciones fuertes para quienes insistan en deteriorar nuestro patrimonio biocultural, seguiremos normalizando la pérdida. No sé si decir que Cartagena aún está a tiempo de elegir entre el concreto inmediato o la resiliencia duradera, porque el tiempo que pasa no regresa. Pero de que las decisiones sean más sensatas, es algo más que urgente.

 

Foto de referencia: Fundación Planeta Azul Caribe.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

coralesdevaradero@gmail.com