Vivimos en una ciudad maravillosa, deseada por muchos, cálida y llena de magia en sus calles, con historia en cada rincón y paisajes que la convierten en uno de los destinos turísticos más importantes del país. Cartagena es, sin duda, una ciudad turística por vocación. El Centro Histórico, Bocagrande, El Laguito y la zona norte han sido desarrollados para ese propósito y proyectan al mundo la mejor cara de nuestra ciudad.
Pero Cartagena es mucho más que turismo. También es la vida cotidiana de miles de ciudadanos que habitan y transitan por barrios y sectores que rara vez aparecen en las postales. La avenida Pedro de Heredia, la Bomba del Amparo, Olaya Herrera, El Pozón, María Auxiliadora, Blas de Lezo, El Carmelo y muchos otros lugares también hacen parte de Cartagena. Allí transcurre una realidad distinta, marcada en ocasiones por la violencia, donde la ley del más fuerte parece imponerse.
En muchos de estos sectores la presencia de la autoridad es poco notoria. Las motocicletas y el mototaxismo circulan sin control, las normas se incumplen con frecuencia y, en algunos casos, portar un arma se percibe como un mecanismo de supervivencia. Cuando la autoridad aparece, muchas veces pareciera mirar hacia otro lado, como si la aplicación de la ley fuera opcional.
El reciente caso de la agresión contra un vigilante, quien recibió varios impactos de bala por impedir el ingreso irregular a una sala de urgencias, es una señal alarmante de hasta dónde puede llegar la degradación del respeto y del sentido común. Un trabajador que simplemente cumplía con su deber terminó siendo víctima de una violencia absurda, reflejo del deterioro de la convivencia y del irrespeto por la autoridad civil.
Este hecho no es un episodio aislado; es un síntoma de un problema mayor. Cuando la autoridad se debilita y el control desaparece, el caos encuentra espacio para crecer. La seguridad deja de ser un derecho garantizado y se convierte en una incertidumbre cotidiana.
Cartagena necesita con urgencia mayor presencia de la autoridad, de la fuerza pública y de mecanismos efectivos de control. Sin orden ni respeto por la ley, cualquier ciudadano puede convertirse en víctima. Hoy fue un vigilante que hacía su trabajo; mañana puede ser cualquier persona que simplemente se dirige a su casa o cumple con su jornada laboral.
Lo más preocupante es que esta situación ocurre a plena vista de todos. No se trata de hechos ocultos ni excepcionales, sino de una realidad que se manifiesta en las calles que transitamos cada día.
La conclusión es inevitable: todos, absolutamente todos, estamos en peligro cuando la autoridad se ausenta y el control desaparece. Si no se toman medidas firmes y visibles, cualquiera de nosotros podría correr la misma suerte que ese vigilante. Y una ciudad que vive con miedo deja de ser la ciudad que soñamos.