Manual para (comenzar a) destruir una ciudad costera


Si usted quiere destruir una ciudad costera con eficiencia, empiece por lo básico: rellene manglares porque “no sirven para nada”. Son pantanos incómodos, llenos de mosquitos y cangrejos, así que lo lógico es convertirlos en urbanizaciones multiestrato, patios industriales o parqueaderos improvisados. Porque hay que seguir invitando al desarrollo, a costa del poco patrimonio natural que nos queda. Si aún quedan dudas, miremos los islotes de manglar que sobreviven dentro de la contaminada bahía de Cartagena: pequeñas manchas verdes que insisten en purificar el agua mientras todo alrededor las asfixia. Hemos perdido cobertura de manglar en el caño Juan Angola, en la laguna de San Lázaro, y hasta en el propio Parque Espíritu del Manglar —¡qué bien!: había que hacer urgentemente un homenaje a su nombre—. No olvide tampoco mirar hacia la ciénaga de La Virgen, ese enorme pulmón urbano que algunos siguen tratando como si fuera un estorbo. Con un poco de paciencia y varias retroexcavadoras, cualquier ecosistema puede desaparecer discretamente.

El segundo paso consiste en seguir convirtiendo la bahía en una respetable alcantarilla a gran escala. Nada de romanticismos marinocosteros: el progreso necesita tuberías, descargas, sedimentos y concreto, muchísimo concreto. Los Corales de Varadero han demostrado una resiliencia incómoda, pero eso se ha pretendido resolver con las viejas ideas en dragados, más muelles y más promesas de desarrollo. En el camino, procure que las aguas cambien de color y que el pescado cada vez aparezca menos. Firme más actos administrativos de control, porque el papel siempre aguanta todo. Si algo sobrevive, siempre habrá tiempo de organizar un simposio sobre restauración ecológica, las fotos y videos hoy día más espectaculares, compromisos vacíos y el extraño apretón de manos —de esos que no respetan ni un túnel carpiano— porque no solo es cuestión de voluntad sino también de recursos, y me refiero puntualmente a la carencia de presupuesto.

Tercer paso: ignore cuidadosamente a científicos, comunidades y pescadores. Escúchelos con paciencia extrema en los foros, asienta con la cabeza y luego haga exactamente lo contrario. Si mencionan pesca con dinamita en algunas zonas o el deterioro de los ecosistemas, diga que son exageraciones o susurre de ello con los vecinos de silla. Al fin y al cabo, el mar siempre se ha recuperado solo y sin ayuda —eso dicen quienes nunca han tenido que vivir de él, a pesar de que sí viven cerca de él—. La clave es mantener la ilusión de participación mientras las decisiones reales se toman en otra parte: en ese escritorio largo dentro de un frío salón, y donde no necesariamente es en Bogotá.

Un cuarto paso consiste en intervenir el paisaje como si la naturaleza fuera un obstáculo. Recordemos que el Cerro de La Popa y la sobreviviente Loma del Marión estorban cuando uno quiere imaginar la ciudad únicamente como cemento y turismo rápido: sí, ese turismo masivo que olvida sus derechos y deberes ambientales constitucionales. Peor cuando se usa la descabellada razón de que el dinero compra todo, hasta la pereza de pasar de la opinión a la práctica ambiental constante. Si alguna isla desaparece, como ocurrió con la vieja isla Abanico donde hubo deforestación, pérdida de suelo y hasta un posible envenenamiento del cual no he encontrado una sola prueba, pero sí es vox casi populi en la isla de Tierrabomba, no se preocupe demasiado: siempre habrá otra que pueda desaparecer pero que solo se le presta atención en términos de gestión del riesgo, mas no de recuperación y de conservación: la isla Draga. Mientras tanto, dentro del Parque Nacional Natural Los Corales del Rosario y San Bernardo, los manglares de Tintipán pueden seguir resistiendo en silencio, esperando que alguien recuerde para qué sirven. ¿Mencionamos además el histórico problema en Playa Blanca? Mejor no, porque "ya hay mucho sobre ello".

Y finalmente, cuando el daño sea evidente, o si quizás algo sobrevive, pierda cuidado y con gusto le recuerdo: organice un gran foro sobre sostenibilidad con aire acondicionado, coffee break, y expertos variados explicando cómo salvar lo que ya dejamos morir. Lleve su leal comité de aplausos, y asegúrese de que alcance la energía para que el clap sea armónicamente uniforme durante las, mínimo, dos horas de duración del evento. Imprima o suba a la nube unas memorias elegantes y prometa que ahora sí, una vez más, la ciudad entrará en una nueva era verde y azul. Nueva, pero no mejor; mucho menos, sin aprendizajes previos. No importa, porque las felicitaciones siempre ocultarán las corresponsabilidades. Nadie, o muy pocos, preguntarán demasiado por los islotes de manglar desaparecidos, por la bahía enferma o por las islas perdidas. Después de todo, destruir una ciudad costera requiere método, paciencia… y una extraordinaria capacidad para hablar de futuro mientras se borra el presente. 

Nota: esta columna está escrita con una mezcla de sarcasmo e ironía, así como una sátira de tipo cívico. Y exageración, no es: al poco paso que vamos, puede que las nuevas generaciones conozcan el paisaje real de la ciudad solo en PDF's. Si llegaste hasta este final y comprendiste claramente lo que no se debe hacer, bienvenido al club y retoma tu aporte social. Muchos sí podemos hacer mejores complementos a presente y futuro.

--

Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

coralesdevaradero@gmail.com