¿Por qué insisten en hacernos Cuba?


«Un día así, y otro, y otro… No nos queda más remedio que incorporar toda esta miseria a la vida y, en muchos casos, callar». 

Leonardo Padura

Empecé el viernes pasado la última novela de Padura, Morir en la arena, una obra que recorre medio siglo de historia cubana y en la que encuentro tres palabras clave: mierda, miedo y no futuro. Esas palabras definen la Cuba actual, la de 2026.

No eran esas las palabras que prometieron los guerrilleros que, con Fidel y el Che a la cabeza, se tomaron La Habana. Todo lo contrario: venían, según decían, a recomponer el desastre y a darle futuro a quienes no lo tenían. Con ello repetían las promesas de los bolcheviques en 1917 y de los maoístas en 1949, promesas que terminaron siendo mucho tilín y nada de paletas.

La Unión Soviética cayó junto con el Muro de Berlín en los años noventa; la China popular mutó hacia un capitalismo de Estado donde los empresarios reemplazaron a los guardias rojos; y, en Cuba, sigue gobernando el mismo régimen que ha construido un país donde predominan esas tres palabras: mierda, miedo y no futuro.

Hoy, en nuestro país, tenemos un gobierno que ha querido —sin lograrlo aún— empujarnos en esa dirección. No ha sido por falta de intentos: disfrazar de “paz total” un proyecto que le ha dado aire a disidencias y carteles para que se consoliden en amplias zonas del territorio; desmantelar un sistema de salud que, con todas sus imperfecciones, cubría a buena parte de la población; tratar a los empresarios —grandes, medianos y pequeños— como ciudadanos de tercera; y manejar las finanzas públicas como si fueran la chequera personal del poder. Destruir, en fin, la institucionalidad colombiana.

Sin duda, Colombia era hace cuatro años un país muy desigual, y lo sigue siendo hoy. Reducir esa desigualdad es la primera tarea de un gobierno responsable. Pero la desigualdad no se corrige empobreciendo a todos —o a casi todos—, que es lo que ha ocurrido en la Cuba, la Venezuela y la Nicaragua de hoy. En esos países no han logrado que todos coman mejor; han logrado que casi todos coman peor. Y no digo todos, porque, como en el aparátchik soviético, hay una pequeña casta gobernante que conserva privilegios en medio de una población cada vez más empobrecida y sin salida, es decir, sin futuro.

Con todo lo que nos quejamos de nuestra democracia, aquí todavía —y ojalá esto no lo destruyan antes del 7 de agosto de este año— tenemos la posibilidad de votar cada cuatro años por un nuevo gobierno. Y esa posibilidad, con todas sus limitaciones e imperfecciones, nos ha traído hasta acá en condiciones mucho mejores que en Cuba. En 1960, un cubano promedio vivía mejor que un colombiano; hoy, un colombiano promedio vive mejor que un cubano promedio.

Y ni hablar de Venezuela: millones de venezolanos han buscado refugio en nuestro país, cuando hace unas décadas ocurría lo contrario y los colombianos emigrábamos allá en busca de oportunidades.

Personalmente, no tengo ningún interés en que Colombia se convierta en Cuba, Venezuela o Nicaragua. Por eso no le creo a este gobierno ni a su candidato, que tiene una condición que lo hace, a mi juicio, aún más preocupante: es un marxista-leninista convencido que no cree en la democracia liberal, sino en la dictadura del proletariado. Un modelo que, una y otra vez, ha demostrado su capacidad para producir exactamente lo mismo: mierda, miedo y no futuro.

El problema no es no saber cómo termina la historia. El problema es querer repetirla.