Mujer indígena

Lunara: la vida que guarda memoria


Lunara no nace de un libro ni de una historia única, sino de una intuición profunda que muchos pueblos indígenas han sostenido por siglos: la naturaleza sobrevive, a pesar de ser víctima del conflicto armado en nuestro país. El agua, la tierra, el aire y el fuego no son recursos: son presencias con espíritu, memoria y equilibrio. En esa comprensión, los ríos no se cruzan sin permiso, se escuchan. Las lagunas no se explotan, se honran en su silencio. Lunara es, entonces, una forma de nombrar ese guardián simbólico que fluye, se adapta y sostiene la vida.

En Colombia, este entendimiento ha sido reconocido al otorgar a las comunidades indígenas el papel de autoridades ambientales dentro de sus territorios. No es un gesto menor, es aceptar que existen otras formas de cuidar, de habitar y de relacionarse con la naturaleza. Sin embargo, ese reconocimiento aún enfrenta retos en su aplicación real. Se requiere una relación sólida, respetuosa y constante entre el Estado y las comunidades. La protección de áreas terrestres, marinas y marinocosteras depende de esa alianza viva, siempre enfocados en el interés general.

En este camino, el Acuerdo de Escazú se convierte en una herramienta fundamental para garantizar el acceso a la información, la participación y la justicia ambiental. Pero su esencia más urgente es la protección de quienes defienden el territorio. Colombia no puede seguir siendo un país donde alzar la voz implique riesgo de muerte, como si aún todo pasara y nada se defiende. Es necesario cuidar a los líderes sociales, tanto los del campo como los de la ciudad. Defender la vida no puede seguir costando la vida.

Indígenas de la Amazonía Colombia. Foto: EFE (2024)
Indígenas de la Amazonía Colombia. Foto: EFE (2024)

Estos defensores, algunos con la experiencia diaria y otros con estudios formales, actúan desde el compromiso profundo y muchas veces sin ingresos estables ni garantías mínimas.  Aun así, sostienen luchas colectivas que benefician a toda la sociedad: algunas silenciosas, otras ruidosas y no pocas más reflejadas en los medios. Son personas que, desde el anonimato o con nombres propios, protegen ríos, manglares, bosques, arrecifes y mares. Su labor no debería implicar miedo ni ningún sacrificio extremo. Necesitan respaldo, dignidad y protección real. No solo discursos, apretones de mano o palmadas en la espalda.

Lunara es también una invitación a mirarnos y a asumir nuestro lugar en esta historia compartida. A dejar de ser espectadores y convertirnos en guardianes desde lo cotidiano y lo colectivo. A comprender que la vida que fluye también recuerda, y que protegerla es una responsabilidad común. Finalmente, gracias a quien inspiró estas palabras desde la distancia, por recordarnos que lo invisible también sostiene. Ojalá continúe escribiendo esa historia que aún no conocemos del todo, pero que ya nos pertenece.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

coralesdevaradero@gmail.com