"Mataron a Ligia", repetía en el año 2003 y delante mío un buen compañero que era guardaparque de la Vía Parque Isla Salamanca: la última área protegida que vio laborar a principios de los años 2000 a la señora Ligia Guardia Romaña, una chocoana cordial y berraca que no solamente protegía parte de las 56.200 hectáreas de ese parque, sino que coordinaba las tareas de los voluntarios que, en mayoría, llegaban del interior del país a prestar servicios por un tiempo. Muy pocos costeños, incluyéndome.
Aún recuerdo como si fuera ayer esa nota gráfica en la prensa roja barranquillera: Ligia, encorvada en la silla de un bus urbano en dirección a la sede de Salamanca ubicada —aún— en el kilómetro 11 de la vía Barranquilla-Ciénaga, uniformada con la famosa camisa azul de Parques Nacionales Naturales de Colombia (PNN), y cubriendo el bolso azul oscuro institucional con el que Totto dotaba, junto con otros elementos, a los servidores públicos de la entidad en todo el país. Fue la primera vez que sentí que "la vida es un soplo", como lo expresaba alguien con quien compartí labor, hace casi cinco años. Gracias a Ligia comencé a comprender mucho de la dinámica entre naturaleza y sociedad, y que hoy día aún me sirve. Le debo eso a ella.
Durante más de seis décadas incluyendo la época del extinto Inderena, PNN ha sostenido una de las tareas más decisivas para la existencia misma del país: custodiar la vida. No se trata solo de hectáreas delimitadas en mapas, sino de selvas, páramos, mares y culturas que respiran gracias a la presencia de sus guardaparques. No es posible que quienes protegen la herencia biocultural de Colombia sigan siendo tratados como funcionarios de segunda categoría. Ellos no cuidan únicamente naturaleza: cuidan el futuro. Lo han hecho, históricamente, con lo mínimo, aunque ellos también requieren ser cuidados.
Ser guardaparques en Colombia no es un empleo: es una forma de resistencia. Como lo ha documentado El Tiempo en múltiples ocasiones, estos servidores públicos han enfrentado amenazas, desplazamientos, e incluso la muerte en territorios donde el conflicto armado nunca se ha ido. Guerrillas, paramilitares y bandas emergentes han convertido muchos parques en zonas de alto riesgo, donde la autoridad ambiental es frágil frente a las armas, la vulgaridad y la sevicia. Aun así, los guardaparques tratan de defenderse con un discurso y la camisa azul, defendiendo lo que otros abusan. Es injusto. ¿Qué Estado permite que sus protectores vivan así?
A modo de ejemplo, es imposible haber creído que la misión de los guardaparques en Farallones de Cali fuese afectada en diciembre pasado como consecuencia de la aplicación de la ley en zonas mineras ubicadas dentro de ese parque: es que no debe haber ninguna represalia contra quienes cuidan lo que es de todos. Ninguna. Otra conocida nacionalmente, es cuando se recuperan áreas que fueron tomadas por políticos del momento y/o terceros para viviendas de descanso en los baldíos de la Nación, y después terminan "rodando cabezas" de alguna manera en PNN por haber cumplido el deber constitucional.
El riesgo no es solo externo: también es íntimo y devastador. La vida del guardaparques está marcada también por la distancia, la precariedad y el desgaste emocional, sobre todo en las áreas protegidas lejanas. Familias fracturadas, divorcios, enfermedades físicas y mentales son el costo oculto de un oficio que el país ha venido romantizando, pero no dignifica en absoluto. No hay estabilidad laboral real ni garantías suficientes para quienes pasan semanas alejados de sus hogares. Es un trabajo tan desagradecido como esencial, donde el sacrificio personal parece ser un requisito no escrito tanto en el manual de funciones como en las convocatorias de empleo.
Resulta inadmisible que, después de 65 años de existencia institucional, los guardaparques no cuenten con un régimen especial que reconozca la naturaleza excepcional de su labor. Los debates en el Senado de la República de Colombia quedaron varados en el año 2025, con una lentitud insultante, sin concretar un sistema específico de carrera administrativa digno para ellos. ¿Cuánto más debe esperar la dignidad? Ella no entiende de periodos electorales, leyes de garantías o esperas inconclusas.
Los documentos oficiales de PNN hablan de descentralización, de misiones amplias y de compromisos con el territorio. Algo que caracteriza a PNN es la tramitología y las reuniones eternas y agotadoras. Pero en el terreno, la realidad contradice el discurso: abandono estructural, falta de inversión y una deuda histórica con quienes sostienen la institución. Porque gracias a los guardaparques se mantiene un ecosistema, se defiende una cultura respetuosa, y se contará con una posibilidad de vida para quienes vendrán después de nosotros. Señor Director de PNN: tome nota, defienda a su gente.
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Maestrante en Educación
Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo
Psicólogo Social
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