La democracia que podría votarse a sí misma al abismo


Las democracias no siempre caen.

A veces se entregan.

No siempre son derrotadas por la fuerza. En ocasiones, con una ironía casi trágica, son ellas mismas quienes abren la puerta, descorren el cerrojo y permiten el ingreso pausado del exceso.

Primero entra el discurso.

Luego la mayoría.

Después la justificación jurídica.

Y, cuando el país logra advertirlo, el poder ya no encuentra límites, sino espejos.

Colombia se aproxima a una elección presidencial que no puede ser leída en la estrechez habitual de nombres, campañas o alianzas. Esta no es, simplemente, una contienda electoral. Es una disputa sobre la arquitectura moral, jurídica y económica de la República.

Lo que está en juego no es solamente quién gobierna.

Es qué queda de Colombia después de ser gobernada.

Las democracias contemporáneas han perfeccionado una forma particularmente sofisticada de autodestrucción: ya no mueren con el estrépito de los cuarteles, sino con la serenidad engañosa de la legalidad.

La dictadura del siglo XXI no necesita abolir la Constitución.

Le basta con habitarla.

Le basta con usar su lenguaje.

Le basta con convertirla en un instrumento plástico, capaz de adaptarse a la voluntad del poder.

Eso es lo que el constitucionalismo moderno ha advertido bajo una expresión tan elegante como inquietante: dictadura constitucional.

Mauricio Gaona ha insistido, con la lucidez de quien entiende la fragilidad de las instituciones, en que el riesgo no es la ausencia de Constitución, sino su deformación desde dentro: el uso del orden constitucional como legitimación del poder sin contrapesos.

La ley permanece.

La República se ausenta.

Hay algo profundamente latinoamericano en esta escena.

Como en las novelas de García Márquez, la tragedia no suele anunciarse con claridad. Se instala como una bruma. Un día parece solo una tensión institucional; al siguiente, una diferencia entre ramas del poder; luego, una descalificación permanente del juez, del órgano autónomo, del regulador técnico.

Hasta que el país despierta y descubre que la excepcionalidad se volvió costumbre.

Que el exceso ya tiene domicilio.

Que la Constitución sigue allí, sí, pero como una fotografía amarillenta de aquello que alguna vez protegió.

La pregunta no es menor:

¿puede una democracia elegir su propia deformación?

La historia responde que sí.

Y ese es el tamaño del riesgo que hoy enfrenta Colombia.

Porque la erosión institucional nunca llega sola.

Siempre trae consigo la sombra económica.

Adam Smith comprendió que las naciones prosperan cuando la libertad económica descansa sobre reglas previsibles, seguridad jurídica y confianza. El mercado no le teme únicamente a la pobreza; le teme, sobre todo, a la incertidumbre.

Hoy Colombia transita precisamente por ese territorio.

Las tasas de interés continúan siendo un muro para hogares y empresas. El costo del crédito ralentiza inversión, consumo y expansión productiva. La política monetaria exige serenidad técnica en un momento en que cualquier pulsión ideológica podría desestabilizar el delicado equilibrio macroeconómico.

Milton Friedman lo advirtió con precisión quirúrgica: la inflación es el impuesto más cruel, porque no necesita ley que la apruebe ni Congreso que la discuta. Castiga silenciosamente el salario, el ahorro y la confianza.

A ello se suma una deuda externa que presiona la hacienda pública como una sombra que se alarga al caer la tarde.

Cada incremento en el costo del financiamiento internacional significa menos margen para infraestructura, educación, ciencia, empresa y productividad.

En términos simples: menos futuro.

Y en ese escenario, Ecopetrol se convierte en símbolo y termómetro.

No es solo una empresa.

Es una pieza crítica del andamiaje fiscal colombiano.

Sus dividendos, su gobernanza y su credibilidad afectan directamente las finanzas públicas, la percepción de riesgo país y la confianza inversionista.

Cuando la técnica es desplazada por la pulsión política, la señal es inmediata.

Los mercados no castigan el discurso.

Castigan la incertidumbre.

Pero quizá la mayor herida sea la competitividad.

Colombia enfrenta un deterioro progresivo en productividad empresarial y capacidad de crecimiento sostenible.

Robert Keohane y Joseph Nye demostraron que el poder moderno no se limita a la coerción estatal: también reside en la capacidad de generar atracción económica, interdependencia y confianza global.

Un país que ahuyenta capital pierde influencia.

Un país que desestimula empresa pierde futuro.

Desde el realismo clásico, Hans Morgenthau habría sido aún más severo: ninguna nación conserva poder cuando debilita sus fundamentos económicos.

Hoy muchas empresas colombianas avanzan como un corredor exhausto bajo la lluvia.

Corren.

Pero el piso resbala.

Y en medio de esa escena aparece la música.

Fito Páez lo dijo mejor que muchos analistas: al final del camino siempre queda la verdad.

No la del discurso.

No la de la plaza pública.

No la del entusiasmo electoral.

La verdad del país que amanece.

La verdad del país que queda.

La verdad del país que sobrevive.

Por eso esta elección no es una cita ordinaria con las urnas.

Es una prueba de madurez histórica.

La Constitución puede seguir siendo el dique frente al exceso.

O puede convertirse en el espejo roto de una democracia que, sin advertirlo, votó su propia erosión.

Las naciones no suelen precipitarse al abismo.

Primero lo bordean.

Después lo contemplan.

Finalmente lo normalizan.

Y un día descubren que ya están cayendo.

La pregunta, entonces, no es quién será presidente.

La pregunta es si Colombia seguirá siendo República cuando termine el conteo.