FILOSOFÍA DEL EQUIPISMO
(Mentalidad de equipo y las taras del grupismo)
Por Argemiro Menco Mendoza
(Docente Investigador, Universidad de Cartagena)
«El espíritu de equipo es lo que da a muchas empresas la
ventaja sobre sus competidores” George Clements
Manos unidas
Una mano más una mano
no son dos manos;
son manos unidas.
Une tu mano
a nuestras manos
para que el mundo no esté
en pocas manos
sino en todas las manos. (Gonzalo Arango, poeta colombiano)
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El equipismo y sus benefactoras consecuencias. El egoísmo grupista, una tara que ultraja la convivencia
A grandes rasgos, intentemos tener bien claras las diferencias entre lo que es un grupo y un equipo. Recordemos que grupo, lexical y genéricamente, significa una “pluralidad de seres o cosas que forman un conjunto material o mentalmente considerado” (DRAE); que equipo, en una sus acepciones, es un grupo de personas profesionales o científicas, organizado para una investigación o servicio determinado” (DRAE). Por extensión, hoy en día, un equipo se concibe, a la vez, como conjunto de personas donde caben profesionales y gente de variados oficios. Como también, encontramos la existencia de equipos especializados y otros interdisciplinarios, multidisciplinarios y transdisciplinarios, en la ciencia, el arte, la técnica y en distintas actividades laborales o de servicios, cuya función es trabajar con una finalidad determinada u objeto social específico.
El trabajo en equipo supone conciencia de equipo, conocimiento de temas o problemas a tratar y a resolver; normas de funcionamiento y metodologías de acción y actuación. Mentalidad de equipo es trabajo creativo al interior del grupo, es construcción y producción germinativa de saberes de cada equipista, es autosuperación según su ritmo particular de producción y de aprendizaje. Significa edificar, apartando de lado las conveniencias particulares. Es una actitud de máxima labor cooperativa y colaborativa en las esferas del ordenamiento administrativo. La administración de conductas (del trabajador, del educando, del docente, del directivo docente, del gerente, del staff gerencial, del estamento administrativo o de cualquier otro sujeto laboral en distintas esferas organizacionales o tipos de trabajo, requiere de la aplicación de un enfoque sistémico flexible, pero regulado y controlado para lograr el mayor compromiso, rendimiento y lealtad de los actores del proceso en la conquista de los objetivos planteados.
Se entiende por equipismo la calidad de la labor de un sistema de acciones, todas ellas mancomunadas al interior de un equipo. En el campo social, cultural, político y/o institucional, un equipo es un conjunto de personas que se congregan para trabajar alrededor de ideales comunes. Equipismo es la dinámica sistemática (planeada, programada) de uno o varios equipos de trabajo que lideran procesos de administración, investigación, de creación, de transformación participativa, para el mejoramiento general del contexto. Sirve a la sociedad y a las instituciones, ayudándolas a alcanzar grandes metas de desarrollo, sobre la base de la unidad interna y alianzas con otros grupos de similar naturaleza. El equipismo es una concepción del rendimiento en el trabajo, que considera que el esfuerzo colectivo es más productivo y eficiente que la acción de un solo individuo, por demasiado competente y capacitado que éste parezca ser en su dimensión personal y profesional. Es una actividad grupal que precisa de actores o personas, tanto más sinceras cuanto más inteligentes. Sin embargo, la axiología del equipismo tiene la obligación ética de respetar las ideas originales de los miembros de un equipo de trabajo o de algún líder luminoso en particular que engendra soluciones originales y genera ideas novedosas, pragmáticamente realizables. El equipismo también podemos asumirlo como un torrente de esfuerzos autorregulados y una mística que inspira la acción humana en aras de potenciar y proyectar la identidad institucional.
Por consiguiente, la mentalidad de grupo no debe disolver la esencia de la autonomía personal. Tampoco limitar o vulnerar la autoexpresión del carácter, ni desconocer los ingredientes constitutivos de la individualidad, ni de la individuación; ni mucho menos, la constante del temperamento. Pero, es necesario que el equipista asuma el respeto a las virtudes de los demás, como expresión de convivencia y garantía de que el equipo, por esencia, es una escuela de trabajo. Cada ser humano puede ser un mundo en espiral de desarrollo; mientras más rico sea en experiencias vitales y cognoscitivas, más valioso y más indispensable será el sujeto en el grupo equipista. El egoísmo está mandado a recoger porque es basura moral que ensucia el tejido ético de la personalidad y del equipo. Otra cosa es el hombre que por su constitución vital y emocional colinda con la esfera del genio o del artista puro: seres que casi nunca se someten a las presiones sociales, pues viven “muy poco, o de ningún modo, el mundo moral y político” y “muy pronto se hacen insoportables para el hombre de mundo, para el ciudadano espiritual del universo” (Ch. Baudelaire). A estos seres les debemos comprensión en lo que atañe a su conducta de rara avis.
Contrario al equipismo, el egoísmo es disruptivo, despierta desconfianza, rencillas y hasta desprecio. Y quien gusta de disfrutar de odios y ser despreciado es porque nunca ha recibido amor, ni es capaz de amar, ni quiere ser amado. El egoísmo aísla y empobrece. El egoísmo perturba la salud mental, degrada el contexto y contamina la armonía del espíritu. Niega la comunicación, la obstruye, es factor que predispone a la división, ofende a los sentimientos unitarios, a la sociabilidad. El egoísta es una vergüenza social y humana que corre el riesgo de ser visto como un desadaptado, incapaz de ganar amigos y de entablar relaciones amables, sinceras y durables; es incapaz de ser artífice grupal del compartir, y de la sana de la alegría.
Trabajar en grupo o en grupo es de las experiencias educativas y laborales que mejores lecciones nos propicia para aprender a vivir en comunidad y para transformar los conflictos internos y externos de las organizaciones. El trabajo en grupo es una escuela de tolerancia activa. Ser tolerante significa respetar la dignidad de la persona humana, es aceptar la diferencia que distingue a los demás; “diferencia en contraste con la mía propia, que soy idéntico a mí mismo, y no al otro, al compañero semejante, pero jamás igual a los demás”, como dijeron en coro, cierto día, nuestros tatarabuelos.
Uno observa que en los grupos humanos algunos tipos de ignorancia siempre aparecen asociados a estilos intolerantes. El intolerante acude a su enciclopedia de ignorancias y a los ejércitos de su propio miedo para excluir y, si es preciso, eliminar a quien se le oponga a sus prepotencias y mezquindades. Pertenecer a un grupo con filosofía de equipo, es coaligarse a una membresía que se consolida alrededor de un bien común y de un horizonte de sueños y esperanzas posibles. El deber de conciencia de quien pertenece a una instancia colectiva, es luchar por el crecimiento cualitativo de cada uno de sus miembros. Si progresan sus miembros, se fortalece el equipo y se robustece la institucionalidad.
El grupo creativo, como entidad comunitaria, es un espacio taller donde sus eventos nos educan y nos intensifican la conciencia y la sensibilidad. A su vez, el grupo equipista tiene deberes insoslayables que cumplir, ante los demás grupos de una comunidad social, empresarial, educativa o académica. Los grupos tienen en la obligación moral de ser tolerantes, comprensivos y solidarios entre sí.
Tolerancia y solidaridad son los avales mayores del respeto mutuo entre los equipos. Es natural que los grupos entren en competencia. Es necesario que los equipos compitan sanamente, sin llegar a roces que debiliten u obstruyan los umbrales diplomáticos de la comunicación y el sentido de comunidad libre, autónoma, abierta y solidaria. La emulación es propia de la condición humana. Pero, la emulación ha de ser limpia, transparente, nada de zancadillas, nada de trampas que enturbien la conquista de un objetivo o de un sueño, legítimamente concebido, acariciado, merecido por alguien, algunos o por todos. La competencia morbosa es la antípoda de la emulación generosa, la cual, generalmente, es creativa, hija de la humildad y de la grandeza.
Las relaciones intergrupales o co-equipistas sufren descalabros cuando la mentalidad cooperativa es sustituida por el “grupismo” y por las taras grupistas, como suelen ser las emanaciones del sectarismo y las rivalidades inamistosas e irreconciliables, fruto de la alergia a la cultura de paz, del perdón, la reconciliación y el olvido.
El grupismo es un movimiento de grupo, o de grupos, por lo general de pretensiones tendenciosas que, en ocasiones, se disfraza de nobleza, de misión altruista. Ostenta capacidad para emprender proyectos colosales pero minados, desde la cúspide hasta la base por la hipocresía. El grupista, desafortunadamente, es misántropo, pues está convencido de que nadie más puede hacer mejor las cosas que él y sus cofrades. Pero, en plata brillante y menuda y sonora, este despropósito es expresión del exclusivismo, del egoísmo y del oportunismo. Quizás sea una versión degenerativa del auténtico proyecto de grupo y del esfuerzo colegiado. He ahí las confusiones que puede desencadenar. El grupismo es una desventurada manera de lesionar el entendimiento y la armonía intergrupal. El grupismo socava la integridad de los grupos. Deteriora la confianza en el equipismo y en los principios de la unidad y de la unión; de la pluralidad en la unidad, y de la unión en la diversidad.
El individuo grupista es aquel que cree que sólo él o su grupo tienen derecho al bienestar y a la existencia y al reconocimiento. El grupista es un insigne exponente de la secta, por lo tanto, sectoriza, y coloca en último lugar la lucha por el entendimiento basado en el ejercicio responsable de las razones, de la argumentación, de la racionalidad. Por supuesto que entorpece el crecimiento cualitativo de los organismos institucionales. A la persona que desvía al camino y a los caminantes, y que no analiza, sino que adjetiva descalificando apresuradamente a los demás, le queda fácil ser grupista.
El grupista es lo contrario del equipista. El grupista, con su veneno de secta, o de otra índole oscura e inconfesable, enerva la sanidad de los ambientes, desorganiza, sabotea y vicia las costumbres, por culpa de su sed febril de figuración, de gobierno y de poder. El equipista verdadero se capacita para flexibilizar entornos de alta turbulencia; es líder integral, cogestor, colaborador, aperturista, organizador, pluralista; es sutil, es proactivo, es propositivo, es prospectivo, es demócrata, es holista, y sinérgico en el estudio y solución de los problemas, en la emisión y recepción integral del conocimiento y del saber; es comprensivo, dialéctico, dialógico, soñador, puede y debe tener ternura, sacrifica felizmente su interés personal y cede ante el bien general o institucional. El grupista es defensor soterrado y descarado del grupismo. El equipista es un defensor a ultranza, (vivo, agonizante, o muerto) de las ideas fecundas, de los ideales y de las prácticas que enaltecen el espíritu de comunidad y el sentido de pertenencia.
El equipista tiene capacidad de indignación frente a los atropellos y las injusticias. El equipista no se solidariza con la chabacanería, rechaza la insolencia y el desparpajo derivado de la nula urbanidad. Le dice no a al tedio y al pesimismo porque sabe que éstos son lastres del hombre mediocre que pasa “pastando en tedio su estupidez, en una sociedad que ignora su existencia” –mil gracias, don José Ingenieros–. El equipista defiende la visión y la misión de la universidad, de la empresa o de la institución a la cual sirve. Es un campeón de la fraternidad y número uno en la alegría y la defensa de la vida. Por tales motivos, la orientación pedagógica y política es asumir, como hecho inaplazable, la vida de equipo humano, humanizado, humanitario, humanitarista y humanizante, la de círculo viviente y convival, siempre abierta al intercambio, a la oxigenación del pensamiento, a la circulación de los afectos; vida y empeño de generoso circulista de calidad, encaminado a servir, a compartir los beneficios y angustias que deparan los conflictos típicos e ineludibles de la condición humana, y, por tanto, inspiradores del deseo de sana superación; deseo como fuente de cultura, de la necesidad de compromiso con la convivencia y las costumbres de paz positiva y creativa. A quien sea capaz de reconocer sinceramente que él es un ser imperfecto, y que hace amagos por mejorar, le queda justo el título de equipista porque fortalece el equipismo.
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El educador y sus alumnos, dos compromisos ante la pedagogía mutualista y exigente
Otro compromiso a tratar es el que subordina la calidad del profesor al estudiante y viceversa. Supongamos que ambos son partidarios del equipismo. El estudiante y el profesor, en lo abisal de sus esencias, establecen un pacto compromisario, de intenso rendimiento, de comunicación cualitativa y de diálogo de saberes. Pero antes, poco se logra si el docente en su función de sujeto corresponsable del proceso de enseñanza y aprendizaje, no tiene colmadas y satisfechas un conjunto de expectativas y menesteres propios de su calidad profesional y de su dignidad humana; o si como persona carece de desarrollo multilateral, la condición que permite que brille su inteligencia y esplenda su personalidad.
Si el docente disfruta estímulos y trato decoroso, su compromiso preferencial será con su familia, con sus alumnos, la academia y la sociedad. Nada justifica que este compromiso no sea fuerte y positivo, abnegado y hasta apostólico, de cumplirse las condiciones para ejercer un magisterio que tenga como lucero polar la reivindicación del desarrollo civilizado de la humanidad.
En tales condiciones, el educador podrá consagrarse con resolución y mística a su tarea de maestro, a su misión de educar, o sea, orientar, conducir, facilitar, encaminar, mostrar, abrir caminos, o de colocar en el camino al alumno y por qué no, de ser posible, construir nuevos discipulados. Podrá el docente entregar lo más acrisolado de sí, para luego ejercer la autoridad moral de exigir con justicia, y hacer de la acción pedagogía un canto de amor a la vida, un quehacer que propenda por más dignos niveles de existencia.
El compromiso del docente es estudiar, investigar y proyectarse como líder académico en las comunidades científicas y sapienciales. O, como líder de pensamientos libertarios que liberen de cualquier clase de pobreza a la comunidad social. En efecto, el docente que estudia es un paradigma de estudiante ante sus alumnos. Un docente que indaga, que les devuelve a sus alumnos lo que estudia, que estructura contribuciones, que participa y comparte sus hallazgos afortunados, amerita ser admirado. Tiene la obligación de exigir. Su compromiso es exigir. Su compromiso es comprometer a sus alumnos en el rendimiento plenario y exitoso, y en la aplicación de sus capacidades y aptitudes. Esto es, sin desconocer las características de cada alumno, lo cual, lo obliga a no estandarizar medidas, sino a personalizar, en el proceso; y a evaluar con justicia, equidad y objetividad los objetivos, los logros aprendidos, las manifestaciones virtuosas, o las carencias de cada uno de sus educandos.
El alumno debe saber que un docente integral, le exige integralmente al estudiante. Así como el alumno integral se merece un buen docente –un docente esclarecido, pero sin mancillar el don de la humildad–, de igual justicia el docente merece contar con alumnos que lo hagan crecer, estudiantes dispuestos a crecer, a sacrificarse por su propio bien y a llenar de orgullo y felicidad a sus maestros docentes y al Alma Máter, el patrimonio más querido y adorado, la universidad.
Insistiendo, otra vez, en la dimensión del estudiante y de su vida intelectual postsecundaria, debemos recordar que, estudiante, genéricamente es el que estudia. El estudiante tiene que responder por los serios compromisos que pacta con el profesor quien le da ejemplo de cumplimiento, de progreso moral e intelectual. No obstante, hay algo que suscita incomprensiones y hasta confrontaciones de mal gusto. Ocurre cuando el compromiso del alumno se vuelve riesgoso y más agudo al enfrentar la ingrata tarea de exigirles a sus profesores que cumplan con eficiencia.
Casi siempre, cuando esto surge, se rompe el equilibrio de las relaciones y del proceso. A menudo el estudiante siente temor reverencial a sus profesores, y prefiere no insinuarles evidencias sobre fallas que tienen que ver con cuestiones morales, o con el cumplimiento de las demás obligaciones. Sucede que, si el docente no es maestro, se le subirán los gases del estómago a la cabeza y se sentirá cuestionado en su orgullo y amor propio. Para que no ocurran incomodidades de esta magnitud, que el estudiante sepa que es imposible cohonestar con las inconsecuencias, que el compromiso es compromiso y que el profesor comprenda que el responsable del cumplimiento de sus propios deberes es él mismo y nadie más.
El compromiso del estudiante frente a su docente, ha de estar siempre iluminado por la madurez y la sabiduría del docente, para que aquél como alumno, entregue de sí los mejores tesoros de sus potencialidades y experiencias, y esté presto a estructurar capacidades intelectivas, científicas, morales, emocionales y creativas. Así podremos dotar de ingredientes gratificantes la empresa de generar y construir socialmente saberes y conocimientos, bajo el signo de la filosofía del equipismo y de la participación democrática de los actores: alumnos-profesores, protagonistas del proceso de aprender a ser, de aprender a conocer, de aprender para la vida, y de enseñar y aprender la teoría y la práctica responsable del valor de la libertad en todas sus dimensiones.
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El equipismo referido al administrador de organizaciones y al directivo docente
La filosofía del equipismo comprende campos de acción y aplicación de carácter multifacético, es decir, abarca la atención y tratamiento de todas las estructuras de la organización, generando procesos de evaluación procesual, continua, de autoevaluación y diagnóstico y de generación de planes de acción y programas de mejoramiento, en pos del crecimiento, y la sostenibilidad y sustentabilidad institucional. Imprimirle dirección y calidad a un proyecto empresarial, gubernamental, o educativo exige planear con objetivos estratégicos, programar, administrar y gestionar desde la perspectiva de equipo de trabajo.
Por otro lado, la filosofía de equipo exige institucionalizar y transversalizar el poder de la comunicación para que ésta cumpla varias funciones estratégicas: poniendo a circular los discursos atinentes a la naturaleza de los procesos, con leguajes acordes con la necesidad de comprensión y entendimiento: penetrando todos los ámbitos de la complejidad institucional y suministrando a los equipos de trabajo la información, veraz, relevante, pertinente y objetiva para garantizar la argumentación y la proposición en la toma decisiones inteligentes, creativas, responsables y exitosas. En materia de comunicación organizacional, estratégica y asertiva, los equipos deben asumir la comunicación como un valor que engendra sentido de pertenecía, espíritu organicista, compromiso, respeto, transparencia, solidaridad, sensibilidad, en la medida en que los sujetos equipistas se nutren de conocimientos sobre los problemas estudiados y trasformados. Una comunicación que enriquezca el conocimiento sobre el quehacer, que dignifica la conciencia y el esfuerzo laboral, al orientar el trabajo de sensibilización en favor de los cambios que buscan la eficacia, la eficiencia y la excelencia, es decir, una comunicación posibilitante del desarrollo multilateral.
Entre las cosas a emprender por el equipismo, en el seno de las instituciones y entes empresariales están las siguientes, de sumo interés primario para los verdaderos liderazgos: la organización de una cultura de respeto a la legitimidad y legalidad de las actuaciones del sistema que gobierna; el fomento de una atmósfera de gobernabilidad y gobernanza que propenda por la praxis de sinergias y solidaridades sistémicas. Simultáneamente, hay que vivir el equipismo a través de la administración y dirección colegiadas que han de comprometerse en comprometer, en sensibilizar, concientizar y organizar atmósferas de vida institucional, intelectual; de implementar ambientes de producción y emprendimientos creativos, de autonomía responsable, y espíritu de trascendencia local, regional, nacional e internacional.
Al mismo tiempo, al equipismo le concierne interactuar en contextos de interaprendizaje, de mutuo progreso científico y humanista, y hasta enriquecimiento de carácter espiritual, para robustecer el profesionalismo y “la calidad de vida”, como decía Alexis Carrel. Esto significa invertir en el aseguramiento de la cultura de calidad, en la formación continua y permanente del talento humano, en la gestión del cambio, en el liderazgo generacional, intergeneracional y organizacional, en la cultura de la creatividad e innovación, en responsabilidad social institucional, en la densidad de la academia, en la investigación (indagación y exploración), en el bienestar, en la extensión y/o proyección institucional.
En verdad, resumiendo, así de sencillo es todo este caudal reflexiones sobre el quehacer, el ser y el deber ser de los equipos de trabajo, estructurados a través de la filosofía del equipismo. Así es, jóvenes, señoras y señores, señores directivos, señores profesores educadores… Y sin temor a equivocarnos, uno, en este embalaje del pensamiento, el equipismo educativo –universitario y empresarial–, es el altar donde se inmola toda mezquindad, todo orgullo desmesurado y toda vana observancia del propio valer.
Cartagena de Indias, 2008
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