El lugar donde nadie debe dormir


Hay viajes que uno emprende por capricho, por juventud, por esa mezcla peligrosa entre curiosidad y terquedad. Y hay advertencias que, por alguna razón, decidimos ignorar. Aquella mañana de jueves santo de 2002, estando yo en Cartagena, elegí ambas cosas: salir sin pensar demasiado a visitar a una buena amiga de ese entonces… y no escuchar cuando ella misma me pidió que no fuera.

El camino hacia San Estanislao de Kostka —ese que muchos aún llaman Arenal— comenzó con la primera señal de que algo no estaba del todo bien: el silencio de los buses ausentes, la espera en la curva de Ronda Real que se alargaba como una advertencia muda, y ese carro gris que apareció casi como una tentación. Nos subimos sin pensarlo, como quien acepta un pacto pequeño sin leer la letra menuda: $50.000 pesos por pasajero, más de $150.000 al año 2026, y éramos cuatro pacientes en esa curva. El conductor sonreía con la prisa del oportunista, pero la carretera, en cambio, parecía observarnos por lo solitario del viaje.

Pasamos por pueblos como Santa Rosa de Lima donde lo sagrado y lo profano compartían pared, donde las iglesias de jueves santo competían con el estruendo de parlantes desbordados y sus habitantes que poco le valían los reclamos de los demás. Aclaro que esto era en el año 2002, y desconozco qué tanto ha cambiado ese asunto hoy día. En Villanueva, los recuerdos se me vinieron encima como visitas no anunciadas: nombres antiguos de personas que antes ayudaban a lavar en casa, risas heredadas, fantasmas vivos de la memoria. Pero la carretera siguió, empeorando, estrechándose, como si quisiera probarnos. “Aquí se chocaron hace poco”, dijo el conductor en esa curva cerrada que antecede al pueblo destino, refiriéndose a un accidente con sus muertos incluidos. Y en ese momento, uno entiende que el peligro no siempre avisa dos veces.

Llegué a la reja de su casa, y la vida volvió a su ritmo humano: conversaciones amenas de siempre, comida caliente y deliciosa, una vida muy tranquila como me gusta. Incluso cruzar el Canal del Dique en canoa fue más adrenalina que miedo, todo llegar a Soplaviento ("donde la inteligencia es peste") para visitar a una compañera de clases que casualmente también pasaba allí su Semana Mayor. Todo parecía una historia normal, casi alegre. Hasta que la noche cayó… y con ella, el verdadero motivo de ese viaje.


Dormir en casa ajena tiene un peso invisible. Esa noche, sin luz, sin ruido, sin distracciones, sin celular para perder el tiempo antes de realmente desconectarse del día, el silencio no era silencio: era presencia. Cuando la electricidad regresó débil, apenas lo suficiente para dibujar sombras, miré al techo, al ventilador viejo y cansado… y luego a la izquierda.

Ahí estaba.

No era una sombra difusa ni un juego de luces. Era alguien. Rostro claro, ojos azules, cabello claro. Mirándome. Acercándose con una intención que no era agresiva… pero tampoco era humana. Era la curiosidad de quien reconoce que algo ha cambiado en su espacio. Que alguien ocupa su lugar. El cuerpo reacciona antes que la mente. Me giré, paralizado, sintiendo ese miedo primitivo que no necesita explicación. Ese que no viene de la calle, ni del ruido, ni del peligro visible. Ese que nace cuando algo rompe las reglas que uno cree inquebrantables.

A la mañana siguiente, el mundo volvió a su forma lógica. Café —muy raro beberlo—, saludos, luz plena. Pero cuando conté lo ocurrido, la casa entera cambió de temperatura. Los ojos de mi amiga Jania se llenaron de agua. Su abuela dejó de mirar por un instante ese presente.

Mi abuelo—, dijo ella.

En esa cama, donde yo había dormido sin saber, él había muerto hacía pocos días.

Desde entonces, entendí que los pueblos no son solo geografía ni costumbres. Son territorios donde la memoria no siempre se va. Donde las historias no se cuentan… porque a veces siguen ocurriendo. Donde lo invisible no pide permiso. Y donde, si decides no escuchar una advertencia, puede que no regreses igual.

Nota: jamás había contado públicamente esta historia, así que consideré hacerlo oportuno hoy jueves santo, originalmente vivido hace veinticuatro años. Hay noches en que la muerte no duerme, no perdona curiosos, tampoco olvida sus costumbres para cumplir con lo suyo, y siempre tiene la última palabra.

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Maestrante en Educación

Especialista en Educación Ambiental, y en Pedagogía para el Desarrollo del Aprendizaje Autónomo

Psicólogo Social

coralesdevaradero@gmail.com

 

Imágenes de referencia.